Foto: Igualdad Animal.

‘Dejadez, ignorancia o resignación’, por Josep Asensio

Todo está preparado para sucumbir al desenfreno que representa la compra de cualquier producto. En el supermercado, el envoltorio, el colorido de éste, las luces que retroalimentan la fascinación por lo novedoso, por lo visualmente atractivo, conforman un conglomerado de sensaciones que, como mínimo, logran que nuestras miradas se dirijan hacia ese elemento que tiene muchas posibilidades de acabar en el carro o en el cesto. Las grandes cadenas de alimentación intentan de manera desesperada que los consumidores caigamos rendidos ante nuevos productos que entran por la vista y los responsables de marketing y los publicistas deben renovar sus varitas mágicas para que sus ingredientes queden anulados por la magnificencia del envase. La procedencia, los componentes, el porcentaje de una determinada sustancia, los conservantes, colorantes y otros aditivos han de quedar en un segundo término si el artículo quiere tener salida.

Desgraciadamente, el consumidor o no es consciente de lo que se mete en la boca o ha llegado a una resignación absoluta o mira únicamente el precio. O todo a la vez. Pocos son los que investigan los ingredientes de ese producto procesado, pero, aunque lo hagan, ¿quién nos asegura que ese trozo de pollo, que es únicamente pollo, no contiene elementos dañinos? Precisamente el pollo, junto con la carne de cerdo, los lácteos, el queso y el jamón son los alimentos con más toxinas, que se van acumulando en nuestro cuerpo de manera que ya es un hecho demostrado que producen enfermedades graves y cáncer, según explica Magda Carvajal Moreno, investigadora del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ante esta realidad, cada vez más expertos nos recomiendan comer alimentos no procesados. Y ésta es una batalla casi perdida, puesto que, como he dicho, los supermercados son cómplices de las multinacionales del sector de la alimentación, especialmente cárnico, que se niegan a ofrecer datos fehacientes de las consecuencias del consumo de determinados productos.

Carne procesada, en un estante de un hipermercado.
Carne procesada, en un estante de un hipermercado.

Cuando se puso de manifiesto que la carne procesada, los embutidos, el jamón, podían provocar cáncer, saltaron todas las alarmas, pero no por las consecuencias en la salud de las personas, sino porque podía provocar un desastre económico y llevar a miles de familias al paro. Las grandes corporaciones se pusieron manos a la obra para desbaratar semejante atrevimiento con el argumento de que un producto tan español nos hacía fuertes en el mundo, pero obviaron interesadamente que los nitritos y nitratos del jamón son muy perjudiciales, de manera que se recomienda comer carne de cerdo no más de una o dos veces por semana, incluido el jamón. Jordi Évole quizás fue demasiado sectario en señalar a una sola empresa en esta cruzada contra las malas prácticas, pero el sector debería plantearse un giro radical en sus políticas y dejar de utilizar el marketing engañoso y desterrar aditivos, conservantes y colorantes que son muy nocivos y empezar a plantearse la utilización de medidas más ecológicas.

Productos con aceite de palma
Productos con aceite de palma

En otro orden de cosas, y con el único objetivo de abaratar costes, las empresas se han lanzado a utilizar el aceite de palma, palmiste o manteca de palma en sus productos. Además del daño ecológico que supone su plantación, está más que demostrado su efecto negativo en la salud de las personas, por su alto porcentaje de grasas saturadas. Si bien es verdad que deberíamos comer grandes cantidades de este aceite para enfermar, lo cierto es que ignoramos qué productos de los que comemos diariamente lo llevan y en qué proporción. La lista de los alimentos sospechosos de producir enfermedades es extensa, pero hace ya mucho tiempo que los empresarios optaron por llenarse los bolsillos, importándoles muy poco la salud de sus clientes. No les culpo. De hecho, vivimos en una sociedad en la que únicamente importa el dinero y la premisa de “sálvese quien pueda” es la máxima a la que nos agarramos. El consumidor queda atrapado entre lo que quiere, lo que puede pagar y lo que debiera consumir y seguramente para no volverse loco ha caído en la resignación y en su mente nace otro lema, “de algo hay que morir”.

Ante este panorama, se intuye una luz, la de los alimentos ecológicos, a los que no puede acceder la mayoría por sus elevados precios. Ellos dicen que con la salud no se juega, pero la economía familiar se resiente año tras año y por lo tanto las miradas en los supermercados se dirigen a los productos básicos y a los precios. El pez que se muerde la cola. Alguien podría ver aquí una conspiración de banqueros, empresarios de los sectores implicados, políticos y otros personajes de comprobada inmoralidad. De hecho, los ministros de agricultura y alimentación de los últimos gobiernos tienen intereses particulares en empresas del sector de la alimentación. Con ese único dato ya no necesitamos ningún otro para corroborar esa conspiración que Jordi Évole nos mostró en el Salvados del pasado 4 de febrero.

La solución, como siempre, está en nosotros mismos. De momento nuestras mentes son libres y nuestros deseos también. Si nos creemos a ciencia cierta que un supermercado va a vender únicamente huevos de gallinas criadas al aire libre y con eso nos basta, pues adelante. Otros supermercados harán lo mismo posteriormente, pero quizás debiéramos preguntarnos si este aparente cambio en favor del consumidor no pretende esconder, por ejemplo, que la mayoría de las gallinas están alimentadas con pienso de dudosos ingredientes y procedencia, con un elevadísimo porcentaje de maíz transgénico. Únicamente con nuestras acciones, no comprando o denunciando, podemos conseguir que algo empiece a cambiar. Somos más, no lo olvidemos.

Foto portada: una granja de gallinas. Foto via avicultura.es