Manuel Navas. Autor: David B.

‘¿Existe democracia en el Reino de España?’, por Manuel Navas

ARTÍCULO DE OPINIÓN
Manuel Navas, sociólogo.

Que el reino de España tenemos una democracia homologable con las occidentales es innegable. Por mucho que denunciemos la oleada reaccionaria que estemos padeciendo de manos de un partido de ideología no ya conservadora sino reaccionaria como el PP (sostenido con los votos de otros partidos como Cs abiertamente y el PSOE en temas claves como en la reforma del artículo 135 o hace unos días para evitar juzgar los crimines franquistas, o el apoyo dado en múltiples ocasiones por CiU y que el PDCat que hace apenas unos meses, se abstuvo en la moción de censura de Unidos-Podemos para echar a Rajoy), ningún organismo internacional excluirá del club de países demócratas al Reino de España y eso lo sabe el PP y sus amigos, porque, la mayoría de estados tienen, en mayor o menor medida, vergüenzas que tapar. Eso no quiere decir que puntualmente no reciban algún “tirón de orejas” o “recomendaciones” sobre determinados comportamientos chirriantes, por ejemplo con el caso de Jordi Sánchez, pero con escaso o nulo efecto práctico.

Debe tenerse en cuenta que para catalogar y aceptar internacionalmente a un estado como demócrata se señalan unos mínimos, pero el contenido, está condicionado por el contexto temporal y espacial en cada caso, esto es, por la correlación de fuerzas existente en un momento dado. En el Reino de España, el paso de la asesina dictadura a un escenario demócrata concluyó en un pacto que, recogiendo los mínimos exigibles para entrar en el club occidental (elecciones libres, división de poderes,…..), estuvo lleno de acuerdos ignominiosos para las clases populares y alejado de las aspiraciones de ruptura por la que lucharon y fueron represaliadas miles de personas. La historia ya está pasando factura por algunos de aquellos inadmisibles acuerdos.

Lo que dejó sin resolver la transición tienen como denominador común la no ruptura con el franquismo que entre otras cosas exigía, la depuración de activistas del franquismo desde el aparato militar-policial, judicial, eclesiástico, económico y político y al tiempo que usurpó al pueblo la posibilidad de decidir democráticamente sobre temas de extraordinaria importancia como el modelo de estado (república o monarquía), o una mayor concreción sobre qué entender por “Estado social y democrático de derecho” más allá de normas meramente programáticas y por supuesto, abordar el encaje territorial de los diferentes pueblos que coexisten en el Reino de España, que necesariamente pasa por regular el derecho a decidir.

El hecho que la división de poderes no exista más allá de lo meramente formal, ha supuesto un lastre durante 40 años para que la democracia caminase hacia escenarios sociales. Con una cúpula judicial designada por el poder político de turno, con un poder judicial altamente contaminado de viejos franquistas y de una ideología profundamente conservadora y/o neo fascista, es normal que se dicten resoluciones demenciales de todo tipo (la hemeroteca está llena de ellas: cantantes, tuiteros, titiriteros, violaciones, o rindiendo pleitesía al Gobierno del PP, metiendo en prisión a personas por razón de sus ideas, etc.) que contrasta e indigna con la benevolencia y manga ancha con actitudes y agresiones fascistas, o con las corruptelas de políticos de derecha o desmadres del poder económico pagados con dinero público.

Decía que formalmente vivimos en una democracia. Pero es una democracia de bajísima estofa, fruto de la correlación de fuerzas existente (que se refleja a estos efectos en los resultados electorales), y por eso, debe concluirse que es algo contingente, mutable. La democracia que tenemos y la que no tenemos, depende de nosotros/as: modificar la Constitución, evitar que nos roben el Estado de Bienestar, que nos recorten la sanidad pública, la enseñanza, los servicios sociales, que nos roben las pensiones, el disponer de un trabajo y vivienda digna, el avanzar realmente hacia la igualdad de género, o que podamos decidir democráticamente sobre el modelo territorial que queremos desterrando la represión física o judicial, o que demos un giro copernicano a los valores que interiorizamos y que deben presidir una sociedad más equitativa, tolerante y solidaria. Todo, absolutamente todo, depende de nosotros y nosotras. Y así será cuando el pueblo tome conciencia del poder que tiene.