Foto portada: un supermercat, dijous a la tarda al Centre. Autor: David B.

‘Apocalipsis zombi’, por Josep Asensio

Son las ocho de la mañana. Frente a un conocido supermercado se agolpan decenas de personas, casi todas mujeres, que esperan con ansiedad la apertura de puertas. Los rótulos verdosos del establecimiento se reflejan en sus rostros de preocupación. Bajo el brazo tres o cuatro bolsas; muchas con carro de la compra. Sorprendentemente reina el silencio. Es un síntoma de la psicosis que se lleva por dentro; también un reflejo del egoísmo de nuestra sociedad.

Una hora después, los trabajadores del supermercado accionan el botón de apertura y los cristales descubren un local límpido, con sus estanterías repletas de productos recién colocados. Una visión del mundo moderno donde no falta ni un detalle, donde todo está calculado al milímetro y donde todavía algunos trabajadores acaban de revisar algunos elementos mal colocados.

La entrada es accidentada y abrupta, y hay algunos empujones. Los más mayores quedan atrás y los carros más grandes son los codiciados. Los rezagados tienen que conformarse con un carrito en donde, con toda seguridad, podrán introducir muy pocas cosas. Como auténticos zombis, individuos de diversa condición social deambulan, corren y se precipitan hacia los estantes llenos a rebosar. Ninguno de ellos lleva lista. La compra es compulsiva, caótica. Diez geles de baño, cinco kilos de arroz, cuatro botes de lentejas cocidas, dos docenas de huevos, papel higiénico, mucho papel higiénico. Y carne, mucha carne para congelar, supongo yo. No hay nevera que aguante tan magno ataque. Creo que los compradores no son conscientes de lo que están haciendo. Muchos miran los carros de otros y dan media vuelta buscando aquel producto que les falta.

En poco más de una hora ya no queda casi nada. Permanecen intactos los artículos más caros: ventresca de atún, jamón ibérico y quesos curados. Las colas en las cajas se convierten en una pesadilla. La mayoría baja la cabeza como reconociendo que lo que está sucediendo no tiene sentido. El silencio ha permanecido durante todo este tiempo. En cierta manera es una incongruencia; pero la gente ha reaccionado de manera cívica, aunque la vergüenza encoge los corazones. Más de uno y más de una ha tenido tiempo en la espera ante las cajas para recapacitar sobre lo acontecido. A pesar de tratarse de un acto de insolidaridad absoluta, las cajeras van cobrando. El supermercado hace su agosto en pleno mes de marzo y parece que esto va a durar varios días.

A las once de la mañana se produce un paréntesis. Aunque siguen entrando clientes, estos quedan literalmente clavados al suelo al ver el panorama. Diríase que un ejército de zombis ha arrasado con la mercancía. Es justo lo que ha pasad3o. Zombis con la mirada perdida que ni tan solo han sido conscientes de lo que se han llevado a casa. Zombis que cuando intenten meter en sus frigoríficos el fruto del saqueo se darán cuenta (o no) de lo sucedido. Zombis que serán incapaces de compartir esa frustración con nadie. Zombis que, a la mañana siguiente, volverán a la cola para repetir su acción. No sabemos si sus ojos se llenarán de sangre, pero lo que sí es cierto que colmarán sus carros de papel higiénico. ¡Vaya incoherencia! El mundo se va a la mierda y preferimos llenar nuestras casas de papel higiénico antes que de comida. Me acuerdo de mi abuela que no lo disfrutó hasta bien entrada su juventud. Imaginen ustedes qué utilizaba…

El Mercadona del Passeig de Rubió i Ors, aquest vespre. Autor: David B.
El Mercadona del Passeig de Rubió i Ors, el miércoles. Autor: David B.

En un acto de sinceridad, una cajera me mira con la intención de que le diga algo. Esa mirada denota una indudable pena. Lo que acaba de vivir no le gusta, aunque ese histerismo, esa psicosis, represente poder conservar su frágil empleo. Igual hay que volver a las cartillas de racionamiento. No se debería permitir ese acaparamiento de productos de primera necesidad, me espeta. Sonrío y asiento. No me salen las palabras. Detrás de mí, la cola llega hasta la pescadería, donde tampoco queda nada. Empiezo a sacar cosas de mi carro y observo sorprendido que no difiere en casi nada de los que me preceden. Diez kilos de arroz, seis botes de lentejas, cuatro packs de atún, tres docenas de huevos y tres garrafas de cinco litros cada una de aceite de oliva. Hasta algún artículo que nunca había comprado y que detesto. Siento vergüenza pero sigo adelante. Los demás zombis me empujan a no pensar, a pagar y a callar. Tengo miedo de haberme convertido en uno de ellos. Salgo corriendo dejando el carro allí. La cajera suspira y se alegra. A pesar de lo sucedido, llama a un empleado para que retire lo que yo he abandonado y el engranaje vuelve a funcionar.

Llego a casa exhausto. No puedo entender lo que he hecho. Me tiendo en el sofá y recapacito. En el móvil leo que la compra on line del supermercado ha quedado bloqueada. Me siento culpable. Miles de personas que sí que necesitan ese servicio no pueden utilizarlo porque la solidaridad es un concepto que queda anulado en el cerebro cuando menos nos lo esperamos. Ante una circunstancia como la que estamos viviendo, el egoísmo se activa de tal manera que dejamos de ser nosotros mismos. Me despierto de repente y pienso que todo ha sido un sueño. Miro el móvil de nuevo y decenas de mensajes y vídeos me demuestran que no. Definitivamente, la sociedad zombi es una realidad. El humanismo ha muerto.

Foto portada: un supermercat, dijous a la tarda al Centre. Autor: David B.