Foto portada: Eliud Kipchoge, el primer hombre que ha corrido la Maratón en menos de dos horas.

‘La mediocridad, un valor en alza’, por Josep Asensio

“Lo único seguro es la mediocridad, por eso debes correr tus riesgos y hacer lo que deseas.”
Paulo Coelho

En las últimas semanas vienen apareciendo en la prensa diversas opiniones sobre la importancia de las emociones. En mi último artículo del mes de julio, Restar para sumar, ya hacía referencia a la necesidad de saber gestionar las emociones para lograr avanzar. Nuestra sociedad valora el conocimiento, pero desdeña las competencias que harán posible conseguir los objetivos deseados, apostando por sujetos aparentemente inteligentes, pero con pocas herramientas para desarrollar aquello que se le propone. Victor Küppers, al que ya cité en mi anterior artículo, sostiene que la inteligencia está sobrevalorada, que el triunfo se encuentra en la mediocridad, en personas que sistematizan el trabajo, aportan optimismo y empatizan con sus compañeros, sean estos subordinados o no.

El abogado estadounidense Tim Wu, al que recomiendo le sigan la pista y lean sus reflexiones, expone las incongruencias de una sociedad que valora únicamente la excelencia, un primer lugar digno de unos pocos, pero al que, si no se llega, se cae en la más profunda de las frustraciones. Wu pone diversos ejemplos como que dejamos de hacer actividades porque tenemos miedo a no ser los mejores.

“Si te gusta correr, ya no es suficiente con que des un par de vueltas a la manzana: ahora hay que entrenar para los maratones”, afirma.

Wu reitera sus planteamientos evocando situaciones en las que las personas nos movemos en ámbitos donde podemos ser los mejores, para mostrarlo a nuestras amistades a través de las redes sociales, que, según Tim Wu, se han convertido en ese escaparate maléfico donde quedas apartado indefectiblemente si no adquieres un rango destacado. Basta con ver entrevistas a adolescentes que solo quieren ser youtubers o famosos.

Las consecuencias de esta circunstancia son múltiples. Por una parte, “los sobresalientes” se jactan de ello y combaten entre ellos para conseguir el lugar más destacado. Todos hemos visto conversaciones en los que diversos corredores se declaran ganadores en competiciones a cuál más agotadora, desgranando una a una las dificultades de su gesta. Mientras, a su lado, cohabitan personas que consideran el deporte una manera de pasarlo bien, una forma de quemar calorías, si se quiere, pero sin una meta concreta, sin objetivos alcanzables solo para unos pocos. De hecho, parece que esos busquen un respeto que no tienen los aficionados. Desgraciadamente, se está perdiendo la afición a tener un talento modesto y a disfrutar de una actividad que se hace bien, aunque no se publique a los cuatro vientos.

Hace unos días, leí una entrevista a Imma Puig, ex psicóloga del Barça, en la que afirmaba lo siguiente:

“Sólo el egoísta sobrevive. Estamos en una cultura basada en la religión judeocristiana que te dice que hay que compartir y que lo más importante es el otro. Desde el punto de vista moral, es cierto. Pero desde el punto de vista de la supervivencia de la especie humana, sólo sobrevive el egoísta”.

Me sorprendió la frivolidad con la que decía esas palabras, en una sociedad que se va a pique por culpa del egoísmo de la gente. Poco después sentenciaba:

“Estamos en la sociedad de bienestar, del bienquedar y del bienparecer. Tenemos que estar divinos de la muerte 24 horas. Esto es negar la realidad porque la vida consiste en momentos alegres, tristes, de soledad, de compañía… La felicidad permanente no existe. No hay nada que sea permanente en los sentimientos”.

Así pues, evidenciaba la actitud mayoritaria de una sociedad que se divide, no ya en ganadores y perdedores, sino en los mejores (no muchos) y los peores (la mayoría aplastante).

¿Qué hacer ante esta situación? Es evidente que la palabra “mediocre” contiene unas connotaciones negativas. En la RAE dicen primero que mediocre es “de calidad media”; la segunda acepción es “de poco mérito, tirando a malo”. Si alguien nos lo dice, seguro que nos va a doler. Pero si desde el primer momento aceptamos que genios solo hay unos pocos y que el resto pertenecemos a ese espacio de “mediocridad”, las cosas cambian. Naturalmente que, si asociamos el término a vagancia, entonces no hacemos nada. Se trata de valorar lo efímero, de disfrutar con las pequeñas cosas, de bajar nuestro nivel de autoexigencia, pero, especialmente, de no estar continuamente mostrando a los demás lo buenos que somos. El capitalismo y la meritocracia nos obliga a ser guays, a hacer viajes a lugares donde no va la masa, a vestir diferente y, sorprendentemente, aunque no guste; el caso es destacar por arriba. Las redes sociales nos permiten ver todo de todos, pero si solamente nos quedamos con lo que reluce, tenemos grandes posibilidades de caer en una frustración permanente.

Por eso es tan importante y gratificante estar en medio. Parece que es más sano y nos acerca a la felicidad. La constatación de que no somos genios es esencial. Después hay que dar el paso a descubrir nuestras potencialidades y trabajarlas; si es necesario, mostrarlas a los demás, pero sin esa ansia, sin ese estrés por lograr una excelencia que agota física y psíquicamente, muy al contrario, con una pausa que consiga ese disfrute que buscamos. No se trata de demostrar nada a nadie ni de correr una carrera. “No vivir en una carrera no implica no vivir, al contrario, acaba siendo vivir mejor”, he leído en alguna parte.

Para acabar, un ejemplo. Hace unas semanas un compañero de trabajo me enseñó varias fotos en las que la naturaleza era plasmada de una manera sorprendente. Había adquirido una buena cámara y dedicaba su tiempo libre a captar momentos especiales de insectos, árboles, arbustos y cualquier otra situación que valiera la pena, siempre donde la vivacidad de los colores quedara patente. Ya en la primera foto descubrí una sensibilidad especial, pero mi educación, mi situación esta sociedad egocéntrica, me jugó una mala pasada. Le espeté a exponer las fotos, a ayudarle a encontrar una sala donde pudiera mostrar y demostrar su genialidad. Me respondió con un simple “¿para qué?”. En ese momento lo entendí todo.

Foto portada: Eliud Kipchoge, el primer hombre que ha corrido la Maratón en menos de dos horas.