Foto portada: el pont del petroli de Badalona, destrozado por el temporal Gloria.

‘La misma piedra, el mismo tropiezo’, por Josep Asensio

“La humanidad debe tomar una decisión. ¿Viajaremos por la ruta de la desunión o adoptaremos el camino de la solidaridad mundial? Si elegimos la desunión, esto no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro. Si elegimos la solidaridad mundial, será una victoria no sólo contra el coronavirus, sino también contra todas las futuras epidemias y crisis que puedan asolar a la humanidad en el siglo XXI”.

Yuval Noah Harari, historiador y escritor

Lo más común en nuestra existencia es que, cuando se sufre una calamidad, una desgracia, tengamos un tiempo de adaptación, de comprensión hacia lo sucedido. El tiempo transcurrido entre el hecho inesperado y la vuelta a un orden más o menos normalizado, dependerá de cada persona, pero es indudable que nuestra mente tiende a olvidar con facilidad aspectos vitales, como si nuestro cerebro tuviera autonomía propia para guardar en algún lugar situaciones de índole diversa. No cabe duda de que en las sociedades del siglo XXI las informaciones que nos van llegando, las analizamos levemente, nos influyen o no, y pasan automáticamente al estadio de “olvido absoluto” rememorándose en contadas ocasiones.

Parece que hace siglos que “Gloria” nos visitó. Sus efectos son bien patentes en la costa mediterránea, pero ya casi nadie recuerda que se trató de un golpe muy duro, un toque de atención de la propia naturaleza hacia una humanidad que la desprecia desde hace décadas. Aun así, tanto políticos como ciudadanos en general, persisten en la idea de perpetuar los errores, no percibiendo que “Gloria” ha sido un aviso, quizás el último. Las administraciones se afanaron en su momento en pedir la declaración de zona catastrófica, por una parte, y, por otra, aprobaron partidas para recuperar en lo posible las zonas devastadas de cara a una temporada, la de Semana Santa, que estaba en ese momento a la vuelta de la esquina y que corría el peligro de ser desastrosa si no había un mínimo de infraestructura rehabilitada. Pero el Covid-19 se encargó de paralizarlo todo. Otro aviso a la humanidad.

Los expertos aconsejan plantearse la necesidad de tomar otros caminos. Es evidente que la situación va a agravarse en los próximos años, en eso están todos de acuerdo, y que ya se llega tarde en muchos ámbitos. Desgraciadamente, la economía diaria, el capitalismo desbocado, continúa su camino, ignorando los peligros que acechan a la humanidad, relegando a los científicos que llevan decenios advirtiendo de lo que se nos viene encima, a meros gurús catastrofistas, cuando no a locos que no saben lo que dicen.
Ante todo este panorama, surgen voces que empiezan a romper la norma. Son muy pocos, desgraciadamente. La mayoría pretende mentirnos, desinformar y manipular, haciéndonos creer que un lavado de cara de playas y paseos marítimos acaba con el problema y que lo importante es el turismo que tiene que abarrotar hoteles, apartamentos y restaurantes, aunque esa arena que llena las playas tape tuberías, plásticos y basura que antes arrastraron las ramblas y cauces de ríos secos. Se trata, pues, de una fachada de cartón piedra para salvar la temporada turística, sabiendo, porque lo saben, que el cambio climático acecha a cada instante y que, a pesar de estrategias falsas y adulteradas, tarde o temprano el golpe volverá a llegar.

Entre los valientes que han dicho basta al despilfarro y a la reconstrucción de paseos marítimos ganados al mar, se encuentra el alcalde de la localidad valenciana de Bellreguard, Àlex Ruiz. Tiene en contra a su socio de gobierno, el PSOE. Pero se niega a volver a rehacer el paseo marítimo y apuesta por dejar la playa tal como está. Desde el minuto uno de la devastación, Ruiz mostró su completa disposición a abrir el debate sobre la gestión del litoral, convirtiéndose de manera inmediata en un referente de los sectores que abogan por un cambio en las políticas de ordenamiento de un sector que depende demasiado del turismo estacional. Las críticas le han venido especialmente de la hostelería, que vive con preocupación el cambio de opinión de electos y ciudadanos en general que empiezan a sopesar la conveniencia de hacer un receso y valorar otros rumbos.

Otro ejemplo de coraje lo representa el ayuntamiento de Ontinyent, que ha decidido derribar un barrio entero e invertir casi un millón de euros en la construcción de casas en lugares más elevados para evitar tener que aportar más dinero a la rehabilitación de esas viviendas y sus contenidos que quedaban anegados a cada crecida del río Clariano.

En el otro extremo, el de la irresponsabilidad, se encuentran las autoridades murcianas que insisten una y otra vez en la regeneración de pedanías afectadas continuamente por las avenidas de agua en el entorno del Mar Menor. Sus habitantes están algo desconcertados porque solicitan ayudas para la reconstrucción de sus casas, piden actuaciones urgentes para evitar nuevas inundaciones, pero no se dan cuenta de que la única opción posible pasa por abandonar cultivos intensivos, reorganizar parcelas y urbanizaciones y, seguramente, destruir algunas de ellas. Naturalmente que esto supone un desembolso económico millonario, pero, con toda seguridad, rentable a corto plazo y, lo más importante, con una real salvaguarda para las personas que allí habitan.

Mar del Norte

En el otro extremo, el de la responsabilidad y el realismo, se encuentra el proyecto para “hacer frente a una subida del mar de varios metros en los próximos siglos, publicado en la revista científica Bulletin of the American Meterological Society”, que prevé construir una presa de 475 kilómetros de longitud entre el norte de Escocia y el oeste de Noruega y otra de 160 kilómetros entre el extremo oeste de Francia y el suroeste de Inglaterra. Según informan diferentes medios, “los costes, de entre 250.000 y 500.000 millones de euros, son ‘simplemente’ el 0,1% del Producto Nacional Bruto anual durante 20 años de todos los países que estarían protegidos por tal presa”. No lo harán, pero quizás los afectados por las riadas de la zona del Mar Menor, así como el gobierno español, tendrían que, por lo menos, leer ese informe y actuar en consecuencia. La desaparición de esa importante laguna va a ser un hecho antes de 30 años. Así que, si no queremos perderla del todo, quizás vale la pena invertir el dinero en salvaguardarla. Al igual que en el Delta del Ebro.

A este respecto, recomiendo la lectura del libro Gracias por llegar tarde del periodista y escritor norteamericano Thomas Friedman. En él pretende explicar “cómo la tecnología, la globalización y el cambio climático van a transformar el mundo los próximos años”. En la introducción afirma que “en un momento como éste, optar por hacer una pausa y reflexionar en lugar de sucumbir al pánico o replegarse es una necesidad. No es un lujo ni una distracción. Es una manera de aumentar las probabilidades de entender mejor el mundo que nos rodea e interactuar de forma productiva con él”. En la misma línea, Marlene Wind, expone en su libro La tribalización de Europa los peligros de la vuelta a la tribu, de cerrarse en sí mismos con la falsa idea de que los problemas globales se pueden solucionar a pequeña escala, ignorando al resto del mundo. Habrá que escucharlos.

Foto portada: el pont del petroli de Badalona, destrozado por el temporal Gloria.