Foto portada: Pablo Iglesias y Gonzo, en la entrevista de 'Salvados'.

‘No, Pablo, no’, por Josep Asensio

“No hay nada peor para una fuerza política que romper el vínculo emocional con su gente. Está pasando con las declaraciones de Pablo Iglesias sobre Puigdemont. No es una anécdota. Llueve sobre mojado”.
Joan Coscubiela

“Los exiliados republicanos lucharon y defendieron la legalidad vigente. Otros la quebrantan”.
María Jesús Montero

Que no, Pablo. Que no. Las palabras las carga el diablo y corres el riesgo de autoexiliarte en Galapagar. Desgraciadamente, una frase, una mala interpretación de un vocablo que conlleva sufrimiento, malogra todo un trabajo bien hecho. Puigdemont es un prófugo de la justicia. Nada, absolutamente nada que ver con los que huían de una muerte segura, con los pies ensangrentados, por caminos y senderos oyendo las ráfagas del ejército fascista acercándose peligrosamente. Muertos de miedo y muertos de hambre. Y muertos que caían agotados y que eran dejados en las cunetas porque era imposible llevárselos. Y niños y niñas; y mujeres embarazadas. Y una playa, la de Argelès-sur-Mer, vergüenza del gobierno francés de la época.

Como te van diciendo por ahí, Pablo, nada que ver. A este respecto, te recomiendo la lectura del artículo Cruces amarillas en Argelers escrito en 2018 por la magnífica periodista Beatriz Silva. Ahí te darás cuenta del uso partidista y vergonzante de un lugar cargado de simbolismo. Porque esa gente se exiliaba por motivos políticos, porque había habido un golpe de estado contra el gobierno legítimamente establecido. Y Puigdemont intentó cargarse esa Constitución que tú tanto nombras, que llevas en tu mochila y que repasas antes de ir a dormir. Porque, aunque la RAE pueda más o menos equiparar de alguna manera las dos situaciones, hay una cosa que se llama dignidad que impide hacer paralelismos. Y me indigna que tú, persona inteligente y aparentemente prudente en tus discursos, te vuelvas a equivocar en esos conceptos, tú precisamente que eres un defensor de la memoria histórica, de abrir las fosas para sanar las heridas de una contienda que todavía hoy produce dolor.

A mí me hubiera gustado que hubieras vivido desde dentro la situación de la Cataluña fracturada, la que, ese al que tú llamas exiliado, quiso llevar al precipicio, ignorando a la mayor parte de tus votantes y a la mayoría de catalanes. Muchos de ellos te dieron la espalda apoyando a Ciudadanos.

¿Acaso no has mirado los barrios que votaron a tu candidatura en las generales de 2016 y que se decantaron por la fuerza de Arrimadas en 2019? De 12 a 8 diputados en tres años. ¿Todavía no entiendes el por qué? ¿Qué pretendes con ese guiño a Puigdemont en vísperas de unas elecciones autonómicas? ¿Seguir distanciándote de tus bases, de tu electorado que, como sabes, está muy lejos de los postulados de Podemos en Cataluña?

Me hubiera gustado que hubieras vivido el desasosiego de miles de personas, de empresas y de mucha gente que trasladó sus cuentas y sus empresas fuera de donde llevaba cuarenta años viviendo dándolo todo por una Cataluña que no se lo puso nada fácil. Una gente que tuvo que construirse sus casas por la noche, pisoteada por una burguesía catalana que había abrazado el franquismo y que, décadas después, sus hijos, sus nietos, continúan mostrando ese racismo, ese clasismo, ese supremacismo que vuelve a ignorar a los que vinieron y a sus descendientes. Nos llaman analfabetos, incultos, inadaptados, fascistas… Y tú crees que Puigdemont es un exiliado.

Tendrías que haber subido en uno de esos trenes repletos de gentes de toda condición el día 29 de octubre de 2017. Allí estaban también los tuyos, los que te habían votado un año antes. Y lo hacían con banderas españolas y catalanas, las constitucionales, las que nos unen a todos, en contraposición a la de Puigdemont y los suyos, la del destierro a los que no piensan igual. Una manifestación en la que estaba presente un Paco Frutos, nada sospechoso de comulgar ni con la derecha ni con el fascismo. Un valiente que levantaba la voz y el puño contra unas acciones (me reservo el nombre) de una ilegalidad patente, de una unilateralidad excluyente. ¿Recuerdas a la diputada de tu partido, Ángels Martínez, retirando las banderas españolas de los escaños a principios de septiembre de 2017 cuando se procedía a subvertir el orden constitucional? ¿Dijiste algo al respecto en su momento?

Mira, Pablo. Te has equivocado nuevamente. Y lo peor es que lo que has dicho lastra de nuevo a una fuerza que va convirtiéndose poco a poco en residual en Catalunya. Una fuerza que ha jugado deliberadamente con dos bazas. La primera, la ambigüedad permanente, representada de manera clara por Ada Colau. Ese sí pero no, ahora bueno y mañana tampoco, ha sido una constante durante estos últimos años, en los que, es verdad, el tema emocional ha calado muchísimo. La segunda, unos líderes abiertamente independentistas que no han empatizado para nada con las bases del partido, obreristas castigados por la crisis que, ante la afrenta de los transgresores de la democracia, han levantado la bandera de España, la que cree que aquí cabemos todos. Y, por si esto fuera poco, la exclusión de auténticos mediadores, de verdaderos defensores de la libertad y de los trabajadores.

¿Dónde enviasteis a Coscubiela y a Rabell? ¿Cuándo te darás cuenta de que Puigdemont representa el trumpismo en Catalunya, un antieuropeísmo  exacerbado? ¿Cuándo abrirás los ojos y verás que su único objetivo es la confrontación para la consecución de sus objetivos? ¿Dónde está esa izquierda verde defensora de los derechos de los trabajadores? ¿Hasta cuándo va a durar esa connivencia con la derecha extrema catalanista, tenga las siglas que tenga?

Mira, Pablo. La prudencia se impone siempre. Pero mucho más en el cargo que ocupas. Vi tu entrevista y quedé algo trastocado por tus palabras. Aunque sinceras, igual me equivoco, pienso que hay cosas que no se pueden decir ante una cámara. Y no me refiero solamente a la cagada de lo del exilio. Esa postura colegui es muy respetable, pero puede generar rechazo en mucha gente que no está acostumbrada a los cambios de hoy para mañana. Aunque haya que hacerlos. Tenemos el país que tenemos. Pero el trabajo que da resultados es el que se hace en silencio, sin aspavientos, sin declaraciones rimbombantes.

En lo referente a Puigdemont, Pablo, o no tienes ni idea o estás mal informado o buscas algo que desconozco. Te invito a pasearte por las calles de L’Hospitalet de Llobregat, de Sabadell, de Terrassa, de Badalona. Verás la Catalunya real, esa que se levanta temprano para poder subsistir. Pero también quiero que sepas un detalle que estoy seguro de que se te escapa. Esa gente levantó la bandera de Catalunya pidiendo libertad en 1976, apoyó el catalán en la escuela y aplaudió la restitución de las instituciones democráticas arrebatadas por el fascismo. Esa misma gente disfruta con la gastronomía, la arquitectura y la cultura de sus familias repartidas por toda España. Y cuando estos vienen a Catalunya, sus familiares catalanes les enseñan con verdadero orgullo sus paisajes, sus castillos, sus playas, en definitiva, la tierra que los acogió. Esta tierra es también nuestra. No somos invasores, como nos llaman las huestes de Puigdemont. Por eso es tan doloroso que equipares exilios. ¿Sabes lo que hacen los amigos de Puigdemont cuando se van los manifestantes de la Meridiana que protestan pacíficamente contra los cortes de tráfico de cuatro descerebrados? Echar lejía. Es una paranoia. Quizás deberías verlo.

Como dice Lluís Rabell, “un error es solo un error, cuando se comete por segunda vez es un error repetido. Y cuando se insiste y persevera deja de ser un error para ser una opción”. Una opción suicida, Pablo, te recuerda Joan Coscubiela.

Recapacita.

Foto portada: Pablo Iglesias y Gonzo, en la entrevista de ‘Salvados’.