Foto portada: una oficina bancària tancada a l'avinguda de Barberà. Autora: Alba Garcia.

‘Otra banca es posible’, por Josep Asensio

No hace falta ser un entendido en la materia para darse cuenta de la evolución de la banca en España en estos últimos diez años. Al cruel y despiadado despido de trabajadores, que va a alcanzar los 150.000 desde el inicio de la crisis en 2008, con las fusiones previstas, se une un cierre también dramático de oficinas que va a afectar, especialmente, a lo que se suele llamar la España vaciada. Muchos de esos bancos, al tener las oficinas dobladas, no tienen más remedio que cerrar alguna, dejando a los clientes huérfanos de cajeros, huérfanos de espacios donde poder reclamar alguna cosa y, en definitiva, huérfanos de humanidad (si es que alguna vez ese concepto podía atribuírsele a la banca).

Parece que una de las consecuencias de estas fusiones es el aumento de las comisiones. Ya no basta con tener una nómina o recibos domiciliados. Muchos bancos obligan a contratar algún producto de riesgo, algún seguro y a efectuar un número mínimo de compras con la tarjeta para poder ahorrarse las escandalosas comisiones que ya se están aplicando y que pueden ir hasta los 300 euros anuales. Más del 70 por ciento del capital español, de las cuentas de los ciudadanos, van a estar en manos de solo cuatro bancos si se confirman las fusiones previstas. Un grave ataque a la competencia y, lo que es más significativo, una completa y compleja red que incluye medios de comunicación, compañías aseguradoras y diversas empresas asociadas mediante mecanismos de todo tipo y que controlan ámbitos diversos como la construcción, la alimentación y corporaciones sanitarias privadas entre otras.

No quiero dejar de mencionar un aspecto que olvidamos muchas veces. Esos cuatro bancos españoles que van a copar todos los rankings son, además, los líderes en la financiación de la industria militar, siendo cómplices de la guerra y de las matanzas de civiles en varios puntos del planeta.

“Fabricar y exportar armas es legal, y financiarlas también lo es. Las grandes entidades bancarias españolas participan en el negocio. Los bancos, aseguradoras y empresas de inversión españolas han dedicado entre 2011 y 2015 casi 5.900 millones de euros al sector de las armas”, revela Jordi Calvo, investigador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

Pero es que, a pesar de las críticas de diversos sectores y colectivos a estas prácticas deleznables, según el último informe de la campaña Banca Armada elaborado por el Centro Delás, “el total de financiación a la industria armamentista por parte de las entidades financieras que operan en España alcanzó la cifra de 11.969 millones de euros en el período 2014-2019”. Más de 7.000 millones provienen de cinco grandes entidades españolas. Pueden leer en el informe cuáles son. Este es un dato que deberíamos tener en cuenta al contratar una cuenta si queremos contribuir, aunque solamente sea de una manera muy pequeña, al impulso ético que necesita nuestra sociedad. No olvidemos que los pequeños gestos, multiplicados por muchas personas, consiguen grandes cambios. Estos ya han empezado en materia energética, ofreciéndonos la posibilidad de contratación de empresas comercializadoras que suministran energía verde. Un palo enorme a las grandes que siempre coparon el mercado y que ahora se afanan a revertir sus prácticas mediante publicidad que, en la mayoría de los casos es, como poco, engañosa. También, desde hace ya años, en lo que se refiere al comercio justo.

Volviendo a las consecuencias del cierre de oficinas y al aumento de comisiones bancarias, es preceptivo constatar que el colectivo de personas mayores es el más afectado por estas decisiones. Estos empiezan a sufrir esa falta de humanidad de bancos y empleados que los echan literalmente de las oficinas para que operen única y exclusivamente en los cajeros. Algunas entidades bancarias ya cobran un mínimo de dos euros por sacar menos de 2.000 por ventanilla, lo que obliga a cientos de miles de personas a retirar su pensión en el cajero, con todo lo que eso puede conllevar. Me explicaba un octogenario hace unas semanas que nunca conoció el pin para poder operar con su libreta en el cajero y que cada mes saludaba al empleado de su oficina, que, muy amablemente le correspondía y le daba la cantidad establecida.

Ahora tiene que librar una batalla con el cajero. Le tiembla la mano. No recuerda el pin y lo lleva escrito. Tiene miedo de que alguien lo vea y le robe el dinero. Todo era más sencillo y más seguro cuando aquel empleado que, por cierto, ya no está en la oficina, se lo daba en un sobre. Su nieto le anima a llevarle las cuentas online, pero él dice que va a tener el mismo problema al sacar el dinero en el cajero.

Como siempre pasa, los más pobres, los más vulnerables, los que tienen pensiones más cortas, los que viven en núcleos aislados, son los que van a pagar esas vergonzantes comisiones, mientras los de arriba van a seguir cobrando cuantiosos dividendos, van a continuar echando a la gente de sus casas y van a impulsar su desarrollo financiando guerras que matan a gente anónima. ¿De verdad uno puede tener una cuenta en uno de esos bancos y dormir tranquilo? ¿O es que ya nos da igual absolutamente todo?

La banca ética (y no es un oxímoron) existe en España desde hace unos 20 años. Algunas entidades son un referente mundial en impulsar proyectos para generar nuevas oportunidades a la gente que lo necesita, invirtiendo únicamente en proyectos sociales, culturales, medioambientales, de turismo sostenible, agricultura ecológica o energías renovables. Sus productos suelen ser sencillos y transparentes. La mayoría están agrupados en una red internacional, la Alianza Global para la Banca con Valores, que diferencia claramente el ideario de los bancos éticos de otros que operan de la manera tradicional, y hace marketing de buenas prácticas puntuales. Curiosamente, la llamada banca ética española no forma parte de esta entidad mundial. Y, digan lo que digan, no cobran comisiones. A este respecto, quizás estaría bien que uno de esos pequeños bancos que ha logrado zafarse, por el momento, del bocado del monstruo de cuatro letras, abrazara la banca ética para, como pretende, crecer en España. Sus casi mil oficinas es un buen activo. Pero, claro, soñar siempre se puede…

Mis lectores saben que no es la primera vez que muestro mi convencimiento de que el mundo puede y debe ir en otra dirección con pequeñas decisiones individuales. Aunque pudiera parecer que estamos atrapados en una enorme telaraña de la que es imposible escapar, la verdad es que existen pequeños resquicios por los que lograr desertar de ese entramado de corruptos a los que estamos unidos sin querer y a los que, muchas veces sin saberlo, adulamos y, consecuentemente, acabamos convirtiéndonos en cómplices de sus actos. Lo peor que acontece a la sociedad actual es que nos creemos que no hay salida. Esa misma gente que desdeña a nuestros mayores imponiéndoles sanciones con el envoltorio de comisiones, trabajan con esa finalidad. Que caigamos en el hastío y que nos quejemos en soledad y que, finalmente, aceptemos esa subyugación al poder que les alimenta y luego nos destroza. Yo ha he dado el paso. Me ha costado un montón desembarazarme de mi antiguo banco, porque me ha puesto muchas trabas durante meses para que no me fuera. No obstante, ahora estoy satisfecho de haber dado un paso que considero importante. Creo que he ganado una batalla. Igual me equivoco, pero esta había que ganarla.

Foto portada: una oficina bancària tancada a l’avinguda de Barberà. Autora: Alba Garcia.