Foto portada: una escena del rodaje de 'Patria'.

‘Patria’: mucho más que el reflejo de un conflicto’, por Josep Asensio

Leí el libro de Fernando Aramburu dispuesto a encontrar respuestas al conflicto vasco, y descubrí una novela agria, dolorosa, llena de pequeños detalles, de diálogos cortos pero intensos, de una objetividad patente y con unos personajes únicos. Su éxito no es baladí. Pocas son las críticas negativas que recibió Patria en su momento y sí halagos de todo tipo, que convirtieron la novela en un best seller, en un icono como lo fue en su momento La sombra del viento.

La serie ya venía lastrada por ese triunfo, pero podría haber sido un bodrio. Nada más lejos de la realidad. Patria, la serie, llega de manera intensa y excepcional al público porque, además de plasmar el dolor de dos familias enfrentadas como consecuencia del terrorismo de ETA, posee todos los elementos indispensables para mimetizarnos con los personajes y los momentos de la historia. Todo, absolutamente todo, está elaborado con una precisión, con una pulcritud, con un cuidado y minuciosidad, que no deja lugar a la improvisación. En algunos momentos, diríase que estamos ante un poema visual, donde se conjugan ingredientes que no necesitan de diálogos, ni tan solo de silencios. Un par de imágenes bastan. La de las gotas de lluvia cayendo sobre la carta que Joxe Mari envía desde la cárcel y que recuerdan a las lágrimas y ese paraguas rojo sangre de Bittori (un rojo de gran simbolismo que también reflejaran los geranios que ella misma coloca en el balcón del piso de su pueblo, a pocos metros de donde fue asesinado el Txato) que contrasta con el gris, un gris que adorna incansablemente toda la serie, de las tumbas, del cielo, de todo el resto.

En Patria sobresalen los personajes, todos ellos. Muchos actores y actrices tan solo son conocidos en la televisión vasca, y destacan por su sencillez, por sus caracterizaciones, por sus cambios y procesos a lo largo de toda la historia. No existen los personajes secundarios. Cada uno de ellos aporta un sentido a la trama, creando una especie de lazo indispensable para darle persistencia a toda la historia. El continuo ir y venir en el tiempo es plasmado de manera excelente y la repetición de imágenes es un recurso que pudiera cansar en algún momento, pero que demuestra ser imprescindible para percatarse de los sentimientos de los personajes implicados. La escena del asesinato del Txtato, repetida hasta en ocho veces desde ángulos distintos, es, a mi entender, una de las más logradas. Quizás la última, donde se capta el asesinato en toda su crudeza, es la que más impacta, no tanto por la muerte pura y dura, sino por la mirada perdida de Joxe Mari que coincide en el tiempo con la salida desesperada de Bittori del portal de su casa corriendo hacia el puente, donde encontrará a su marido en un charco de sangre. Una sangre que se mezcla con la lluvia, una lluvia que es sinónimo de Euskadi, también de tristeza. Y un puente que se convierte en símbolo de soledad, de indiferencia de un pueblo que prefiere callar, que prefiere el silencio y la mirada hacia otro lado ante la muerte de un vecino. Los gritos de ayuda de Bittori, allí, en el puente, quedan ahogados por el propio puente, por la lluvia, por el gris perenne.

Miren es otra de las figuras irreemplazables en Patria. Con un carácter fuerte, agrio y desagradable, se pone al lado de su hijo, aunque este sea un terrorista. Su evolución se plasma con detalle en la serie y es, a mi entender, el personaje más controvertido, quizás el más vulnerable, el que cuenta con un rechazo generalizado, interpretado de manera magistral por la actriz Ane Gabarain. Su complicidad con el cura de la iglesia sufre altibajos, pues no entiende que San Ignacio de Loyola, al que le habla constantemente, no atienda a sus súplicas. Todos los intérpretes merecen un espacio, pero quiero destacar particularmente a Arantxa, el nexo de unión entre las familias afectadas por la situación. El dolor y la angustia por su panorama personal no le impiden ocuparse de la difícil tarea de la reconciliación. La necesita para ella misma, pero también para conseguir ese sosiego necesario, esa paz interior del resto de los personajes. Y qué decir de Gorka, un joven angustiado por toda esa situación en la que se ve envuelto y que rechaza la opción violenta de su hermano. Su papel representa a esa parte de la sociedad vasca que trabaja por la recuperación del euskera pero rechaza a ETA.

En cuanto a la música, parece sensato pensar que solamente el compositor vasco Fernando Velázquez podía ser el elegido para este proyecto. Junto a su aportación con esa música sobrecargada de aflicción, destacan canciones que fueron más o menos conocidas en la época en la que discurre la historia. No obstante, cabe señalar Amor de hombre de Mocedades, que surge en momentos trágicos y que es el anuncio de que algo grave está a punto de pasar. Esas melodías, como todo lo demás, están situadas en momentos clave y nada sería igual sin ellas.

Por último, subrayar el envoltorio de Patria. Si ya los personajes son excepcionales, así como los diálogos, las miradas, los silencios y el colorido, no lo son menos los detalles referentes al mobiliario de las viviendas, a los objetos y enseres que se depositan en aparadores, cómodas o muebles de todo tipo, el papel pintado de las paredes, la olla en la mesa… Hasta la comida que se sirve tiene ese acento vasco que no ha escapado a los creadores de la serie. Y ese tiempo tan bien recreado en todas sus formas: la televisión, los vehículos (casi siempre Renault 5 y hasta Renault 7), esas cabinas telefónicas de antaño, las calles empedradas y hasta las farolas. Capítulo aparte merecen los diálogos en un castellano típico del norte, donde se utiliza el condicional en vez del subjuntivo (“como si sería” en vez de “como si fuese”) y se utiliza el “ya” a cada momento ( “Yo ya entiendo”), y se cambian de posición las palabras (“¡Cuánto tiempo ha costao el…el libro leer!”) y el leísmo es norma (“A la niña ya le bañé”). Una plasmación del lenguaje que también se hace esencial para darle más fuerza si cabe a toda la historia.

No quiero acabar sin hacer mención al humor dentro de esta narración impregnada casi en su totalidad por el asesinato. Ya desde el primer capítulo, a la resignación de Bittori por la muerte del Txato, y a la necesidad de conocer al autor del crimen, se le une esa especie de obligación de relativizarlo todo. Así pues, esos diálogos de Bittori en la tumba del Txato, pretenden relajarnos de la angustia de todo el relato, adquiriendo un protagonismo fundamental, porque nos incitan a conocer más profundamente la personalidad de la viuda. “Tú mientras, caliéntame la tumba como me calentabas antes la cama”, le dice poco antes de, entre lágrimas, leerle la carta de Joxe Mari.

La adaptación de Patria a la televisión tenía todas las de ganar. Yo diría que ha conseguido ennoblecer a la propia novela, dándole una visibilidad a personajes y decorados de manera que han dejado de pertenecer a la visión particular y exclusiva de cada lector. Un acierto, en suma, que, además, debe servir para que las generaciones futuras no olviden un conflicto que marcó a una generación entera. Patria contribuye al conocimiento de todo, a la visualización, al entendimiento, al sufrimiento, a la soledad, al silencio como solución, al reconocimiento, a la reconciliación, a la afectación a pequeña escala del conflicto. La escena final, la del abrazo de Bittori y Miren, bajo las atentas miradas del capellán de la iglesia y de Arantxa, acontece sin lluvia, pero con un fondo gris, el de paredes y aceras. Hasta las sillas de los bares circundantes son grises. El rojo ya no está presente. Un colorido neutro que se convierte en metáfora. A cada cual encontrarle el sentido.

Foto portada: una escena del rodaje de ‘Patria’.