El president del govern espanyol en funcions i candidat a la investidura, Pedro Sánchez, al Congrés dels Diputats el 5 de gener del 2020. (Horitzontal)

‘Vértigo’, por Josep Asensio

Confieso que estuve escuchando la sesión de investidura la pasada semana. No es un acto de redención; más bien es una constatación. Dejando a un lado mi opinión sobre los diferentes discursos, admito que me tragué entero el de Pablo Casado, a pesar de los insultos, de los improperios y del tufillo facha que desprendía. En cambio, aun quedando fascinado por la verborrea de Santiago Abascal, con esa voz que recuerda al milímetro la de Francisco Franco, mi estómago no pudo digerir su disertación más allá de los cinco minutos. Fueron, muy a mi pesar, demasiados, los suficientes para notar una náusea y un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

El líder de Vox, Santiago Abascal, en la tribunal del Congreso. Autor: ACN.
El líder de Vox, Santiago Abascal, en la tribunal del Congreso. Autor: ACN.

A los que ya tenemos una edad y sabemos lo que ha costado alcanzar derechos elementales nos asombra la facilidad con la que ciertos políticos lanzan por sus bocas esa gasolina, sin prever, o quizás a sabiendas, la que se puede liar. Esa apelación a España y a la Constitución, sin más contenido que dos simples vocablos, nos duele a los que verdaderamente nos sentimos españoles y que, además, creemos que hay una oportunidad para desencallar una situación que se enquista y nos ahoga. Lo peor de todo es que ese alegato contra todos y todas, contra los homosexuales, en favor de la negación del cambio climático, en favor de un machismo puro y duro, en contra del estado descentralizado, de las lenguas regionales, cala entre una generación que ha vivido y vive sin sobresaltos. Son muchos los que, viendo el panorama, se atreven a demandar ya nuevas elecciones para que las gane la extrema derecha y nos demos cuenta de lo que teníamos. No seré yo quien pida eso. Muy al contrario, creo que se aproxima una época de lucha, de trabajo intenso de los demócratas para no ver mermados nuestros derechos.

Quizás, esa Constitución que muchos rechazan, nos sirva para defendernos de los que quieren destruir las bases de la convivencia que, todavía hoy, son frágiles. Mi abuela me decía constantemente que el fascismo nunca duerme y que, a pesar de la calma, a pesar del aparente silencio, éste sigue vivo, esperando el momento para atacar.

De lo ocurrido la semana pasada en el debate de investidura me quedo con varias instantáneas. La primera, el patético papel de una desequilibrada (no lo digo en el sentido mental del término) Inés Arrimadas, desesperada por chupar cámara y apelando a la ilegalidad como fórmula para dinamitar el acuerdo PSOE-Unidas Podemos. Soliviantar a diputados socialistas para que traicionen a Pedro Sánchez es una forma muy rastrera (algundos la tildan de choni) de ganar, sabiendo que se ha perdido. Buscar la deserción del contrincante como salida es, como poco, una infamia y una felonía (permítanme que por un instante utilice términos oídos en el Congreso de los Diputados). Y qué decir de los insultos (desde puta a traidor) sufridos por esos mismos diputados socialistas.

¿Es esa, señora Arrimadas, la manera de recuperar a los millones de sus votantes que se han ido a su partido amigo Vox? ¿Acaso no es su discurso el mismo que el de Abascal? ¿La ofensa es su estrategia para solucionar los conflictos? ¿Pretende emular a su antecesor mostrando una carpeta en vez de un trozo de baldosa con la intención de perder aún más su credibilidad? ¿Escucha ese silencio?

La segunda, la falta de corrección, por ser suave, de Adolfo Suárez Illana, dando la espalda a la representante de Bildu, Mertxe Aizpurua, cuando esta trataba de explicar la posición de su partido en la votación que iba a tener lugar más tarde. El diputado popular quedó retratado como un espantapájaros nauseabundo (así calificó este señor el discurso de la diputada de Bildu) al que nadie observa y, como Arrimadas, intentó captar la atención, olvidando que el PP ha pactado presupuestos con Bildu en diferentes ayuntamientos vascos y de que dentro de esa formación muchos también trabajaron para que la paz se impusiera. ¿Acaso no se acuerda que su partido votó en contra de la ilegalización de Bildu y Amaiur llevada al Congreso por el UPyD de Rosa Díez y votada el 21 de febrero de 2012? Cuesta creer que este individuo sea hijo de su padre, al que los ciudadanos le debemos gran parte de la España democrática que ahora tenemos.

Adolfo Suárez Illana, dando la media espalda a la portavoz de Bildu.
Adolfo Suárez Illana, dando la media espalda a la portavoz de Bildu.

La tercera, la triste estampa de la CUP en el Congreso. Triste porque nunca entenderán esa España que odian. Y que la opción de presentarse y estar representados era para algo más que para disculparse de sumar sus votos a la derecha y a la extrema derecha. Lo mismo con los representantes de Junts per Catalunya. Poseerán para siempre el triste honor de verse al lado de los fascistas que con su vocabulario belicista tienen objetivos oscuros (¿los mismos?). En este sentido, Bildu, que ya lleva varias legislaturas enviando diputados a Madrid, entendió desde el primer momento su papel y así actuó. Tanto pedir diálogo y cuando éste se pone encima de la mesa se desdeña. Queda claro, pues, que nunca en las mentes de destacados dirigentes independentistas hubo la más mínima idea de sentarse y hablar. Poco a poco se evidencian las mentiras del procés. Rufián confesó que el famoso “España nos roba” era una falacia. Ahora vemos que el “Spain, Sit and Talk” también forma parte de esos eslóganes que solamente pretenden mantener las apariencias con una oquedad más que aparente detrás.

El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. Autor: ACN.
El líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. Autor: ACN.

La cuarta y no menos importante, la frase de Pablo Iglesias al diputado del PP Javier Maroto, recordándole que nunca hubiera podido casarse con un hombre si su partido gobernara  en España.

La quinta, la postura de la mayoría de diarios españoles contra el pacto de gobierno firmado por Sánchez e Iglesias. Una vez más los poderes fácticos del estado trabajan en una única dirección y pretenden, con métodos antidemocráticos, destruir lo que los españoles hemos votado.

La crispación vivida la semana pasada es muy grave. La ilusión de gran parte de la sociedad española por esta nueva etapa que empieza contrasta con otra gran parte que se ha contagiado del miedo que la derecha y la extrema derecha se han encargado de expandir. No va a ser una legislatura fácil. La prensa por un lado y la ocupación de las calles por parte del trío de Colón va a ser una constante. También lo será la mentira, con el objetivo de desbaratar los posibles logros del gobierno de coalición.

Pero lo más importante a mi entender, es que, frente a las embestidas, a las injurias y a los insultos de esa España que nunca creyó en la democracia, precisamente los demócratas tenemos que estar unidos. Esa separación dolorosa entre constitucionalistas e independentistas debe ser superada, ya que somos muchos más los que defendemos ese sistema como solución a los conflictos. Las afrentas van a ser muy duras. Las dos Españas son más patentes que nunca, pero, como dice Francesc-Marc Álvaro “la sociedad española no está tan crispada como indica la actitud incendiaria de las tres derechas en el Congreso y de buena parte de la prensa madrileña”.

Yo añado que cada vez hay menos gente en las manifestaciones del odio, llámese corte de la Meridiana o defensa histriónica de la unidad de España. Al menos, una buena noticia.

Foto portada: el presidente del gobierno Pedro Sánchez, durante el debate de investidura. Autor: ACN.