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’11-N: cuando la huelga general defiende mucho más que un salario’

En ocasiones una huelga general deja de ser una herramienta exclusivamente laboral y se convierte en la respuesta colectiva a un problema social de primer orden. La del 11N es una de ellas. En este caso no hablamos solo de convenios, nóminas o condiciones de trabajo. Hablamos del derecho a vivir con dignidad. Y para poder ejercer ese derecho, resulta imprescindible contar con una vivienda digna, un hogar que nos permita desarrollarnos como personas y construir nuestra vida en condiciones justas.

Cuando el sueldo se evapora en el alquiler y quienes podían evitarlo votan en contra, la huelga es la consecuencia lógica. Y no fue la primera vez: fue la tercera en esta legislatura en la que el bloque de la (ultra)derecha española y catalana -PP, Vox y Junts- tumbó la protección contra los desahucios. Quien se pregunte por qué una sociedad acaba en una huelga general tiene aquí la respuesta: cuando los cauces ordinarios se bloquean una y otra vez, solo quedan la calle y el centro de trabajo. Y mientras se siga tratando la vivienda como un vehículo de inversión para fondos buitre y grandes tenedores, el problema no tendrá solución. No se puede garantizar el derecho a la vivienda y, a la vez, dejar que su precio, de compra o alquiler, lo fije la especulación.

Insisten en que la crisis de la vivienda es un problema ajeno al ámbito laboral. Nada más lejos de la realidad. Hoy, el acceso a una vivienda digna está directamente condicionado por los salarios, la estabilidad en el empleo y la distribución justa de la riqueza. La propia convocatoria de huelga lo pone de manifiesto: salarios y vivienda son dos dimensiones inseparables de un mismo problema. No podemos hablar de justicia social sin abordar ambas cuestiones de forma integral.

Llevamos años escuchando historias que describen una situación cada vez más insostenible. Hay personas con un empleo estable que no pueden emanciparse porque un derecho básico, el de la vivienda, se ha convertido en un negocio para forrarse los de siempre. Las consecuencias son dramáticas: los precios no dejan de subir, los desahucios persisten y los alquileres turísticos y de temporada reducen cada año las viviendas disponibles para quienes quieren vivir en sus barrios y construir allí su futuro. Mientras tanto, el parque público de vivienda sigue siendo claramente insuficiente para satisfacer la demanda social.

Por eso, cuando alguien no puede pagar el alquiler con su sueldo, el problema no es individual. Cuando una familia debe abandonar el barrio donde ha vivido toda la vida porque ya no puede asumir el coste de la vivienda, tampoco lo es. Y cuando miles de jóvenes ven frenado su proyecto de vida a pesar de estudiar y trabajar, no estamos ante una suma de casos particulares. Estamos ante un conflicto social de fondo. Y los conflictos sociales no se resuelven con esfuerzos personales, sino con respuestas colectivas: políticas públicas valientes, salarios dignos y vivienda asequible.

Conviene recordar la contradicción flagrante que se denuncia desde hace décadas: las mejoras salariales logradas en la negociación colectiva quedan anuladas cuando el coste de la vivienda absorbe cualquier aumento. Y, a la inversa, las políticas para limitar los alquileres se quedan cortas si los salarios siguen siendo precarios. Esa conexión entre trabajo y vivienda es una de las claves para entender el sentido profundo de la huelga del 11N.

Por eso, la huelga es mucho más que un día de protesta. Es una jornada para explicar, para debatir y para participar. Es una forma de ejercer la democracia desde la calle y de decirles a las instituciones, con claridad y a una sola voz, que no vamos a aceptar que la especulación decida quién puede tener un hogar ni que la precariedad laboral hipoteque el futuro de toda una generación.

Esta huelga nace de una idea clara: no se puede hablar de trabajo sin hablar de vivienda, ni de vivienda sin hablar de trabajo. Un sueldo pierde su valor si no alcanza para pagar un hogar, y un hogar asequible solo es posible con ingresos suficientes. Por eso defender salarios dignos es defender el derecho a la vivienda, y defender el derecho a la vivienda es defender salarios dignos. Dos luchas que son, en realidad, una sola.

La huelga general del 11N es legítima porque ejerce un derecho democrático. Es necesaria porque los problemas que denuncia afectan a la vida diaria de millones de personas. Y es urgente porque no admite más esperas. Es el grito de una ciudadanía que exige dignidad después de catorce años de recortes, de precariedad, de alquileres desbocados y de salarios que no llegan. Por eso el 11N no mira solo al presente, sino que abre un camino hacia un modelo social más justo, donde vivir, trabajar y construir un proyecto de vida sean derechos para todas las personas y no un lujo al alcance de unos pocos.

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