La selección española masculina de fútbol se ha proclamado campeona del mundo (en 2023 lo hizo la femenina) y millones de personas salieron a la calle. Plazas abarrotadas, abrazos, banderas, familias celebrando y una emoción colectiva que parecía borrar, al menos durante horas, las diferencias que habitualmente fragmentan nuestra convivencia: trabajadores y empresarios, personas de izquierdas y de derechas, jóvenes y mayores, votantes de partidos contrarios, inmigrantes y autóctonos, quienes viven con holgura económica y quienes apenas llegan a final de mes, compartían una misma alegría.

Y eso en un país con tensiones internas: conflictos territoriales irresueltos, polarización ideológica – derechas versus democracia-, fracturas que normalmente establecen clases y espacios estancos y casi inamovibles. ¿por qué un gol une a sectores social, económica y culturalmente tan opuestos?
Primero aclarar que ese sentimiento compartido no brota de forma espontánea. Los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones deportivas y las grandes empresas participan activamente en la construcción de ese relato. Las portadas muestran celebraciones, las televisiones repiten imágenes de felicidad compartida, las marcas comerciales convirtiendo el triunfo en campañas publicitarias y la victoria acaba transformándose en un símbolo nacional. No se trata de una manipulación, más bien de un proceso de construcción social. Los símbolos tienen la capacidad de organizar nuestras emociones y de hacer que millones de personas interpreten un acontecimiento de manera similar. Por eso un gol puede convertirse en patrimonio colectivo.

Para comprender este fenómeno, hay que acudir a la premisa de que los objetos no tienen significado por sí mismo, lo adquieren por el consenso social: una bandera es un trozo de tela; un himno, una secuencia de notas musicales; un gol, una pelota que cruza una línea blanca. Nada de eso tiene significado intrínseco. Somos nosotros quienes, mediante acuerdos tácitos y repetidos, en cada contexto espacial y temporal los cargamos de emoción, identidad y pertenencia. Son construcciones sociales y como tales, contingentes, mudables. Tampoco las naciones son entidades naturales, son construcciones simbólicas que permiten a millones de personas que jamás se conocerán sentirse parte de un mismo “nosotros”, pero no existe la “unidad de destino en lo universal” joseantoniano. Y en este caso, el futbol se convierte en un potente elemento creador de identidades.

Ese «nosotros» no aparece de la nada: se activa cuando un éxito deportivo deja de ser un simple marcador y se convierte en una historia que todos queremos contar como propia. El gol ya no es solo una pelota que cruza una línea; se lee como prueba del carácter de un pueblo, como motivo de orgullo común, como señal de que compartimos un destino. Para que esa emoción fugaz se fije en la memoria colectiva, el relato se apoya en símbolos sencillos y reconocibles: la bandera, el himno, la camiseta, el lenguaje de unidad que transforma un instante de alegría en una identidad visible.
Detrás de esa construcción operan, al menos, tres lógicas: 1) la simbólica: se refuerza la idea de nación y se genera un orgullo colectivo que, durante unas horas, hace sentir a millones de personas que pertenecen a algo mayor que ellas mismas; 2) la política: proyectar legitimidad, normalidad y capacidad para integrar a sectores muy diversos de la sociedad y 3) la ideológica: desplazar el foco de los conflictos estructurales hacia una emoción colectiva mucho más fácil de gestionar.

A todo ello, no se puede obviar, sin embargo, que el mundial (que como sabemos en esencia es un circo económicos) ha estado lleno de sombras y marcado por irregularidades para beneficiar a una selección en detrimento de otras mediante decisiones arbitrarias y trato vejatorio (lo de la selección iraní ha sido escandaloso), todo auspiciado por la FIFA, que a la postre ha provocado el desprestigio de la selección a la que presuntamente iban destinados los favores (la argentina) y la desmitificación de Messi. Un cúmulo de circunstancias que ha polarizado a la opinión pública global.
Para gran parte de la ciudadanía mundial (futbolera o no), la España “sanchista”, solidaria, plurinacional, mestiza y multicultural (Yamal, Williams), ha generado una ola de simpatías sin precedentes porque no solo disputaba una final, era la referente contra la corruptela y el derecho internacional frente a los señores de la guerra, el sionismo genocida y detractores de la justicia social: Trump-Netanyahu-Milei. El triunfo implicaba una dimensión que trascendía el mero ámbito deportivo. La percepción era que en el césped se enfrentaba más que dos selecciones, dos relatos del mundo y que ha vencido la que estaba en el lado bueno de la historia. La alegría manifestada en múltiples países lo corrobora.

Es evidente que la victoria no ha resuelto la crisis territorial, ni la falta de equidad, desigualdad de género (han aumentado un 120% las agresiones sexuales con las celebraciones), ni la xenofobia (la “fachosfera” sigue gritando “moro” a Yamal). Solo ha generado un breve paréntesis en los conflictos sociales. Pero sería un error menospreciar la capacidad de imaginar un “nosotros” inclusivo, aunque solo dure 90 minutos. Porque si hemos logrado construir una comunidad en torno a un balón, la pregunta es: ¿por qué no somos capaces de construirla en torno a la sanidad pública, la vivienda digna, la convivencia intercultural o la defensa del Estado de Bienestar?

Una copa del mundo puede llenar plazas; una sociedad justa llena vidas. Esa es la diferencia entre la euforia colectiva y la identidad democrática. La celebración compartida nos recuerda que es posible sentirnos parte de un proyecto común, pero esa posibilidad solo se vuelve real si somos capaces de trasladar esa energía efímera a los compromisos duraderos que nos hacen más libres, más iguales y más solidarios. En absoluto se trata de menospreciar la alegría que despierta el fútbol, el desafío consiste en preguntarnos cómo hacer que esa capacidad de unirnos sirva para construir el país que queremos ser: un país que defienda y amplíe los derechos conquistados colectivamente y que no permita que los de la “motosierra” desmantelen lo público y nos arrebaten aquello que hemos logrado con esfuerzo, organización y lucha a lo largo de la historia.

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