Cada 8 de marzo, las calles del mundo se tiñen de morado. No es un simple ritual conmemorativo, ni una celebración vacía de contenido. El Día Internacional de la Mujer es, ante todo, una fecha reivindicativa. Un grito colectivo que resuena desde las primeras manifestaciones obreras del siglo XX hasta nuestros días, recordándonos que la conquista de derechos nunca es definitiva, sino un proceso continuo que exige vigilancia, compromiso y acción.
La igualdad: un camino iniciado, no concluido. Es innegable que las mujeres hemos conquistado espacios impensables hace apenas unas décadas. Sin embargo, los datos nos devuelven a una realidad incómoda: la igualdad formal no garantiza la igualdad real. La brecha salarial persiste en nuestro país, situándose en torno al 10-15% según diferentes estudios, con especial incidencia en sectores feminizados y en la brecha de pensiones, que supera el 25%. Más allá de las cifras económicas, la violencia machista sigue siendo la manifestación más brutal de una desigualdad estructural que costó la vida a 52 mujeres en España solo en 2024 (en 2026 en 2 meses 12), sin contar los casos de violencia vicaria.
No son números accidentales ni residuos de un pasado superado. Son síntomas de un patriarcado que sigue operando en nuestras instituciones, nuestras empresas, nuestras familias y en nuestra cultura cotidiana. La normalización de micromachismos, la doble jornada laboral no remunerada, la infrarrepresentación en puestos de poder o la invisibilización del trabajo de cuidados son manifestaciones de un sistema que distribuye desigualmente el poder, el tiempo y los recursos según el género.
Ante esta realidad, la lucha por la igualdad no puede limitarse a las instituciones públicas o a los grandes discursos. Necesita instrumentos concretos que transformen nuestra vida cotidiana, especialmente en aquellos espacios donde la comunidad se organiza y relaciona. En esta línea, la FAVSabadell ha elaborado un Protocolo contra la violencia machista destinado a implementarse en las asociaciones vecinales.
No se trata de un mero documento burocrático, sino una herramienta operativa para detectar, actuar y acompañar situaciones de violencia de género en el tejido asociativo más cercano. Reconoce que la violencia machista no ocurre solo en la esfera privada, sino que se reproduce en los espacios comunitarios, en las reuniones, en las dinámicas de poder de las propias organizaciones. Dotar a las entidades vecinales de mecanismos de prevención y respuesta es, por tanto, extender la red de protección hacia donde las administraciones no siempre llegan.
Un punto y seguido, nunca un punto final. El 8 de marzo debe servirnos para recordar que la igualdad no es un estado que se alcanza, sino una conquista que se defiende cada día. Cada avance legislativo, cada protocolo vecinal, cada denuncia, cada huelga feminista son puntos en una oración que no admite punto final mientras una sola mujer sufra violencia, perciba menos salario por el mismo trabajo o vea limitadas sus oportunidades por el hecho de ser mujer.
La FAVSabadell, con este protocolo insiste en denunciar que la transformación social también se construye desde lo local, desde el asociacionismo, desde el cuidado mutuo entre vecinas y vecinos. Porque la igualdad real no será regalada por leyes ni decretos: será el resultado de millones de actos de resistencia, de solidaridad y de organización colectiva. Este 8 de marzo, que el morado no sea solo un color en nuestras calles, sino el símbolo de un compromiso renovado: seguimos escribiendo, punto y seguido, hasta que la igualdad sea plena.
