La denominada guerra cultural no es una mera metáfora ni una etiqueta que unos arrojan contra otros. Constituye un fenómeno político con características bien definidas: causas identificables, actores concretos y objetivos estratégicos. Comprenderlo, como cualquier conflicto, resulta fundamental para no quedar atrapado en su dinámica. En esencia, se trata de una disputa por el relato identitario: quiénes somos y qué valores nos definen y guiar nuestra convivencia.

Conviene recordar, sin embargo, que no se trata de un fenómeno natural, ni responde a un determinismo social, sino que es una construcción social que se alimenta de emociones auténticas, identidades reales y estrategias políticas deliberadas. Esto no implica negar los conflictos de valores que la sustentan ni reducir todos los desacuerdos a mera manipulación. Significa, más bien, aprender a distinguir entre el desacuerdo legítimo y su explotación interesada.

La guerra cultural refleja dos visiones del mundo difícilmente conciliables. La primera, de orientación tradicional, apela a una autoridad moral externa al individuo -Dios, la nación, la costumbre- y aspira a preservar un orden heredado. La segunda, de corte progresista, sitúa la razón y la experiencia humana como fuente de los valores que deben orientar la vida colectiva. El debate no se circunscribe a qué políticas implementar, sino a qué principios deben organizar nuestra convivencia. Quien domina ese relato controla mucho más que una elección: controla el marco simbólico desde el cual se decide lo que es justo, legítimo y deseable.

Mientras que, para el progresismo, la guerra cultural sirve para señalar a quienes se resisten a la igualdad, el feminismo, la diversidad, la justicia social o la memoria democrática, para la derecha retrógrada y la extrema derecha, en cambio, es un arma de propaganda utilizada para fabricar enemigos: gobierno progresista, feminismo, ecologismo, migración, ….. y presentar cualquier avance hacia la igualdad, la diversidad o la sostenibilidad como una amenaza al “sentido común” reduciendo problemas reales (desigualdad, de riqueza concentrada, el abandono sistemático de las clases trabajadoras) en una pelea de símbolos que generar polarización e indignación. Pero, en realidad, ¿qué objetivos tiene?

La movilización electoral. La advertencia de que “tu forma de vida está en peligro” tiene una capacidad de convocatoria muy superior a cualquier propuesta técnica o fiscal. Las promesas económicas llenan programas; el miedo, las urnas. Los programas se llenan de promesas económicas, pero son las urnas las que se decantan con el miedo. Se apela a la necesidad de seguridad y a la nostalgia por un mundo conocido. En política, esa es la moneda de mayor valor: el miedo constituye un combustible de alto rendimiento.

La distracción. Se trata de una tecnología política que traslada el conflicto desde el eje vertical -ricos contra pobres, clases poderosas contra clases populares- hacia un eje horizontal -ciudadanos contra ciudadanos-. Mientras el debate público se enzarza en disputas simbólicas sobre lenguaje, nombres de calles o corrección política, se desatienden cuestiones materiales como la vivienda, las pensiones o la creciente concentración de la riqueza. Pocas distracciones funcionan tan bien como convertir los problemas reales en disputas de símbolos.

La hegemonía cultural. El objetivo más profundo consiste en que ciertos valores se perciban como “sentido común”, en que determinadas ideas pasen de ser consideradas “radicales” a ser vistas como “normales”. Por poner un ejemplo, en materia migratoria no se busca ganar las próximas elecciones, sino asegurar que, gane quien gane, los valores de control, exclusión y sospecha constituyan los cimientos de cualquier ley futura. Cuando una idea deja de cuestionarse, la hegemonía es total.

Mientras en la sociedad debate sobre símbolos y lenguajes, los problemas materiales no desaparecen; simplemente dejan de ocupar el centro del debate. Y eso beneficia a alguien. Preguntarse a quién constituye, quizás, el gesto más político que podemos realizar. El primer paso para no convertirse en soldado inconsciente de ninguna guerra cultural consiste, sencillamente, en reconocer cuándo nos hallamos dentro de una.

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