
Miles de jóvenes marroquíes en una oleada de entradas irregulares sin precedentes. Provisionalmente, más de 90 muertos ahogados. Un drama humano que nos interpela como sociedad y exige una mirada ética, más allá del ruido político, mientras la UE sin una sola palabra de auxilio para las víctimas, solo el alivio cínico de que esos mugrientos no haya manchado sus asépticos países. Sin embargo, al examinar los datos objetivos y las imágenes, resulta imposible descartar la responsabilidad de las autoridades marroquíes dado que hablar de espontaneidad en algo de tal envergadura resulta inverosímil.
De otra parte, es sintomática la rapidez con que la Casa Blanca, culpó a las “políticas globalistas de extrema izquierda” (sic) de Sánchez. Un discurso que encuentra eco en el ejecutivo israelí, italiano y en actores nacionales (PP-Vox), que, primando su estrategia de confrontación (judicial, mediática y política), se suman a esta narrativa hostil contra España, sin olvidar que, “casualmente”, hace unas semanas Feijoo-Abascal se reunían con el embajador norteamericano. No es una hipótesis conspirativa, es una pauta de comportamiento más que documentada. Lo que cambia esta vez es el contexto internacional en el que esa presión se produce.
Nada de eso es casual ni necesita recurrir a tramas ocultas para destapar lo que esconde; basta con aplicar la pregunta necesaria: ¿a quién beneficia políticamente cada imagen que se difunde desde la frontera de Ceuta? Analizar los hechos con perspectiva revela que estas tragedias no son meras crisis humanitarias, sino piezas en un tablero geopolítico. Diversos poderes autocráticos y sus traidores aliados locales buscan desestabilizar a un gobierno progresista que se ha atrevido a defender el Derecho Internacional y la justicia social, convirtiéndose en un actor incómodo. Utilizar la precariedad y la desesperación de los migrantes como carne de cañón y arma arrojadiza contra la legitimidad democrática no solo es un acto profundamente ruin, sino también un indicio claro de quiénes se benefician del caos provocado intencionadamente.
A estas alturas, afirmar que la dictadura marroquí no es aliada de la España progresista no sorprende a nadie. Su régimen autoritario persigue unos objetivos y no duda en emplear todos los recursos para alcanzarlos. Entre sus aspiraciones históricas se encuentra la integración de Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental bajo su soberanía. Para ello, instrumentaliza a sus súbditos, explotando de manera cínica sus miserias y expectativas como evidencian la Marcha Verde de 1975, la presión de 2021 (por acoger en un hospital a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario) y la actual (por negociar con Argelia el gas para España).
Y a todo ello, no olvidar el escenario: Marruecos mantiene una alianza estratégica con el sionismo israelí y el trumpismo estadounidense y que, en la hoja de ruta de estos señores de la guerra figura, de manera explícita, la desestabilización del gobierno progresista español. ¿Por qué? Porque este ejecutivo se ha erigido en un referente democrático en Europa y el mundo al plantar cara a estas corrientes reaccionarias, convirtiéndose en un baluarte en la defensa del derecho internacional y de la justicia social. Esta postura, valiente y necesaria, resulta inaceptable para aquellos sectores autoritarios y sus redes de acólitos, que incluyen a la extrema derecha y a la derecha más reaccionaria que opera a nivel nacional (PP-Vox) e internacional mientras que, en paralelo, España ha levando una simpatía sin precedentes en el mundo democrático.
Lo que está en juego no es Ceuta, es el relato. El peligro no es solo la crisis humanitaria gravísima y que exige una respuesta con medios, planificación y humanidad. El peligro es que esa crisis se convierta en el argumento que legitime un giro autoritario en el discurso público: hablar de “invasión” en lugar de personas, de “hombres en edad militar” (Abascal) en lugar de jóvenes que huyen de la falta de futuro, de “enemigo interior” en lugar de gobierno legítimo. No es un lenguaje neutro, ni inocente. Prepara el terreno. Y cuando ese lenguaje coincide, semana tras semana, con los intereses de quienes buscan derribar a un gobierno que por las urnas no consiguieron, cabe preguntarse a quién beneficia el relato. Porque quien controla el relato, controla el presente; y quien lo utiliza para sembrar miedo y odio, allana el camino hacia un futuro que no hemos votado ni deseamos.
Llegados a este punto, conviene detenerse para hacer justicia a un hecho objetivo: el Gobierno de España ha demostrado, en apenas 48 horas, una extraordinaria eficacia para reconducir esta gravísima crisis. Una gestión que se inscribe en las eficientes y serenas respuestas ante emergencias complejas. Hemos visto como ha lidiado con claridad de criterio, escenarios de enorme presión: la Covid 19, el volcán en La Palma, la guerra en Ucrania, el genocidio en Gaza, la guerra contra Irán, los envites arancelarios y políticos de Trump, la DANA y los incendios y, por si fuera poco, una oposición política basada en la deslealtad y un tacticismo ruin y barriobajero.
Cada uno de estos episodios habría puesto a prueba a cualquier gobierno del mundo. Afrontarlos con éxito no es casualidad, es una apuesta por la gestión pública basada en la evidencia, la coordinación institucional y, sobre todo, una visión humanista que antepone la protección de las vidas y los derechos de la ciudadanía a cualquier relato de odio o electoralismo barato. Y, a pesar de todas estas adversidades, ser capaces de situar a España como motor de la economía europea resulta, sencillamente, brutal.
Reconocer la capacidad de gestión no implica de ningún modo olvidar los problemas estructurales existentes y que exigen soluciones urgentes, ni renunciar a la legítima lucha por resolverlos. Hacer un balance objetivo no es un acto de partidismo, sino un ejercicio de responsabilidad cívica. Y es que, frente a las graves crisis que hemos atravesado, el PP y Vox no solo han demostrado su absoluta incapacidad para ofrecer alternativas constructivas -eso sería pedir peras al olmo-, sino que se han limitado a instrumentalizar las desgracias con fines electoralistas, recurriendo a la demagogia y sembrando odio. En contraste, la gobernanza sensata, el sentido común y el firme compromiso con los valores democráticos se consolidan como nuestras mejores herramientas para superar la adversidad y blindar la convivencia, frente a quienes quieren destruirla.
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