Desde hace años, observamos un avance sostenido de discursos de extrema derecha o neofascista en nuestra sociedad, y de manera especialmente preocupante entre sectores jóvenes. Ante este fenómeno, resulta tentador señalar a las redes sociales como únicas responsables. Y es cierto: los algoritmos diseñados para maximizar la retención de usuarios privilegian contenidos provocadores, simplistas y cargados de discursos de odio. Las plataformas digitales han demostrado ser terreno fértil para la desinformación organizada y la manipulación. Nadie lo discute.

Pero reducir el problema a este único factor nos exime de la responsabilidad colectiva. Si los jóvenes encuentran en internet respuestas que no obtienen en otros ámbitos de su vida, es porque existe un vacío que las redes sociales han ocupado y omitir esa realidad, es un error de diagnóstico que impide curar la enfermedad. Lo cierto es que, al respecto, la sociedad en su conjunto ha fallado. 

La precariedad laboral, la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, la desigualdad creciente y la sensación de incertidumbre sobre el futuro generan frustración y desafección social. En este caldo de cultivo, los discursos simplistas que señalan a falsos culpables —inmigrantes, minorías o instituciones— resultan atractivos al proporcionar supuestas soluciones sencillas a problemas estructuralmente complejos. Mientras tanto, la democracia, con sus procesos deliberativos lentos, se ve como ineficaz frente a las promesas demagógicas -falsas pero seductoras-, de prosperidad inmediata y orden autoritario.

De otra parte, el papel decisivo de las familias, en muchos casos, se ha diluido. Existe una generación de padres y abuelos que, por desconocimiento, por cansancio o por la creencia errónea de que “eso ya no volverá”, no ha informado a sus hijos sobre los peligros que supone vivir bajo una dictadura. Cuando en casa no se habla de libertad, de derechos y de memoria democrática, ese silencio lo ocupa el ruido digital. 

No se trata de adoctrinar, sino de educar desde la memoria y los hechos: explicar que la libertad no es un regalo permanente, sino una conquista frágil; que los derechos sociales, laborales y políticos se ganaron tras décadas de lucha; y que los regímenes dictatoriales —los de Hitler, Franco o Mussolini— arrastraron consigo muerte, represión sistemática, terror y la aniquilación de toda libertad. Frente a ello, las opciones que representan Trump, Milei o Putin —ese nuevo autoritarismo disfrazado— se sitúan en las antípodas de la democracia social, humana y equitativa que necesitamos para convivir.

El sistema educativo tampoco ha estado a la altura. Durante demasiado tiempo, demasiados docentes han optado por una falsa neutralidad, por un equidistantismo banalizando la diferencia entre democracia y dictadura como si fueran opciones igualmente válidas. Esta postura, lejos de ser objetiva, es profundamente irresponsable. Cuando el docente calla, cuando no llama a las cosas por su nombre por miedo al conflicto o por una neutralidad mal interpretada, permite que el vacío de información sea cubierto por influencers de extrema derecha. Si en el aula no se desmontan los bulos históricos con rigor pedagógico, el alumno buscará respuestas en quien se las dé con más seguridad, aunque sean falsas.

El ejemplo es palmario: cuando un joven afirma que “con Franco se vivía mejor”, están mostrando una carencia histórica grave, no tienen idea de lo que es una dictadura porque nadie se ha tomado la molestia de explicárselo. No saben que significa no poder expresarse libremente, no poder asociarse, no tener derechos sociales ni laborales básicos, vivir bajo la amenaza constante de la persecución política. Esa frase no es solo una provocación; es el testimonio de nuestra incapacidad colectiva para ofrecerle un relato democrático sólido y útil. 

Al tiempo de reivindicar la regulación a las redes sociales, debemos asumir nuestra parte de corresponsabilidad. La lucha contra el auge del neofascismo juvenil no se gana solo bloqueando cuentas, sino construyendo ciudadanía. Requiere familias que hablen de política y memoria sin miedo; requiere una sociedad que ofrezca futuro y dignidad y requiere una escuela que tenga el valor de defender la democracia sin tibiezas. Si dejamos que sean solo los algoritmos quienes eduquen a nuestros jóvenes, no podremos quejarnos del resultado. La democracia no se hereda, se enseña y se defiende cada día. Y en esa tarea, visto lo visto, suspendemos todos. Es hora de recuperar el relato.

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