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‘Del ruido de la frontera de Ceuta al silencio del genocidio en Gaza’

Mientras Europa debate qué hacer con la migración y la extrema derecha la instrumentaliza para alimentar el odio hacia los más vulnerables, el sionismo israelí, con el apoyo incondicional de EEUU y la pasividad cómplice de buena parte de los gobiernos mundiales, sigue asesinando impunemente en Gaza. No resulta descabellado sostener que situar a las personas migrantes en el centro del debate político y mediático funciona como una cortina de humo para ocultar la complicidad internacional ante el genocidio y desviar la atención de lo que allí acontece. Las imágenes y noticias que llegan de la masacre en Gaza son estremecedoras; sin embargo, ocupan un lugar marginal en la conversación pública y en la agenda de la UE.

Y dado que en estos momentos de la historia las coincidencias son poco creíbles, no parece casual que ambos fenómenos se superpongan en el tiempo. La ofensiva discursiva contra la migración, impulsada por todo el espectro de la derecha extrema y extrema derecha, tertulianos agradecidos, medios de comunicación y redes sociales afines, ha convertido la xenofobia, junto con el feminismo y la justicia social, en su auténtico leitmotiv, ocupando los telediarios, las portadas y las sesiones parlamentarias.

Mientras tanto, la información sobre Gaza llega con cuentagotas: la hambruna declarada por la ONU, el bombardeo de hospitales, decenas de periodistas asesinados y una población desplazada sistemáticamente; el marcado de personas que evoca a la SS y el exterminio sistemático de civiles, incluidos niños/as. Son atrocidades de tal magnitud que resulta imposible entender que semejante crueldad (como la que se cometió en los campos de concentración nazis) sea perpetrada por seres humanos contra sus semejantes. Si Ana Frank o Primo Levi pudieran verlo, quedarían horrorizados ante la masacre que sus paisanos están cometiendo. El intelectual por los derechos civiles, el israelí Israel Shahak, lo expresaba sin tapujos: “Los nazis me hicieron tener miedo de ser judío y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío”. Sin embargo, la discusión en Europa sigue centrándose en quién cruza el Mediterráneo en patera, en lugar de señalar a quienes bombardean escuelas y campos de refugiados.

No se trata de una coincidencia. Como antaño, el fascismo hoy necesita construir un enemigo interno, visible y racializado, al que atribuir problemas estructurales como la falta de acceso a una vivienda digna, los salarios precarios o el deterioro de los servicios públicos. Por su proximidad y extrema vulnerabilidad, la población migrante termina convirtiéndose en el chivo expiatorio ideal. En cambio, la tragedia de Gaza obliga a poner sobre la mesa las contradicciones de Europa: el comercio bilateral con Israel, el tráfico de armas, la pasividad diplomática y la complicidad expresada mediante abstenciones en organismos internacionales. Resulta mucho más fácil estigmatizar a quienes ponen en riesgo su vida en el Mediterráneo que exigir responsabilidades a quienes autorizan la venta de bombas.

No debe perderse de vista quién sostiene este andamiaje macabro. Israel no actúa solo: cuenta con el apoyo militar, económico y diplomático de Estados Unidos y con la connivenciade buena parte de los gobiernos europeos, que mantienen sus vínculos comerciales y de cooperación mientras se limitan a expresar su preocupación por la “situación humanitaria”, un eufemismo insultante para las víctimas. Pese a que existe un procedimiento abierto ante la Corte Internacional deJusticia sobre el genocidio en Gaza y relatores de Naciones Unidas y diversas ONG de derechos humanos emplean explícitamente ese término, la negativa de Occidente a nombrar por su nombre lo que ocurre no constituye una muestra de prudencia diplomática. Se trata de una complicidad activa, hipócritamente presentada como neutralidad. La historia ha demostrado, con un coste inmenso en vidas humanas, que la pasividad ante el exterminio de un pueblo nunca es neutral: equivale a una forma de participación por omisión.

Negar alimentos y agua a la población de Gaza, provocando hambruna y enfermedades, responde a una lógica de exterminio. En esencia, esta crueldad no difiere de lo que hace el fascismo español y quienes son parte del mismo o lo alimentan, como es el caso de VOX y PP, al obstaculizar el trabajo de la Cruz Roja y las ONG en los asentamientos de migrantes de Ceuta, privando a personas hacinadas de asistencia sanitaria y de recursos básicos. Afortunadamente, a día de hoy, quienes se erigen en defensores de una supuesta “españolidad”, no representan a la mayoría de este país y hay que decir alto y claro que no son “patriotas” en el sentido noble de la palabra, sino renegados “cutres” cuyo objetivo es dinamitar la imagen internacional de una nación que ha logrado un prestigio y respeto reconocido mundialmente por su compromiso con los derechos humanos, el derecho internacional y la resistencia frente a la extrema derecha.

Lo más perverso de estas ideologías fascistas es que se alimentan del caos y del sufrimiento que ellos mismos contribuyen a provocar: primero generan o agravan el problema y después se presentan como la solución. Es en este círculo vicioso de miedo, odio y deshumanización donde encuentran su hábitat. La historia está llena de ejemplos que lo acreditan. Como demócratas y miembros de la especie humana, habrá que hacer lo posible para no tropezar con la misma piedra.

Desde la defensa de los derechos humanos, corresponde denunciarycombatir esta barbarie. Es inaceptable que el uso político del miedo a la migración siga actuando como una especie de anestesia colectiva, mientras en Gaza las víctimas son decenas de miles. Defender a los migrantes frente a la deshumanización que sufren en el discurso público y exigirelcese del genocidio en Gaza no son causas separadas: ambas forman parte de la misma lucha contra una lógica que determina qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser descartadas.

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