Al hilo de Fito & Fitipaldis, ante el desorden establecido internacional y nacional podríamos decir que “nos ha cogido la tormenta sin saber cómo ha venido”. Pero no estamos ante un fenómeno casual ni imprevisible. Todo acontecimiento histórico responde a una secuencia lógica: causas que lo originan, un proceso de desarrollo y consecuencias que se proyectan en el tiempo. Si bien ciertos hitos pueden precipitar los acontecimientos, ninguno emerge del vacío; la historia no se construye sobre la improvisación. Esto es fundamental para comprender el presente, configurado como una confrontación radical entre dos paradigmas antagónicos en lo económico, social, político y ecológico: la socialdemocracia en sus distintas expresiones frente al neoliberalismo del “sálvese quien pueda” con sus diversas variantes.

Asistimos a una lucha cultural y de valores sin cuartel por lo que la equidistancia carece de sentido. Cuando están en juego el modelo de sociedad que queremos -es decir, cómo vivimos y convivimos- y la sostenibilidad del planeta, no hay espacio para una quimérica neutralidadni para actitudes pasivas: la supuesta imparcialidad invariablemente acaba favoreciendo al modelo ultraconservador que en síntesis se basa, por encima de cualquier otra consideración, en la defensa de la concentración de la riqueza, para que menos del 10% de la población mundial siga acaparando más del 75% de los recursos globales.

Puede afirmarse que estamos ante una emergencia democrática en la que, el neofascismo ha dejado de ser una amenaza marginal para convertirse en una fuerza política con capacidad de gobierno, influencia mediática y arraigo social. Este contexto -profundamente desestabilizador- debe ser tenido en cuenta en todos los ámbitos: desde la política institucional hasta la cultural, la educacional, los medios y la vida cotidiana. Y nos interpelaa demócratas, progresistas y personas de izquierda, para detectar con rigor y honestidad las causas de la deriva neofascista: la desigualdad extrema, la precarización de la vida, la desconfianza en las instituciones, la manipulación informativa, la crisis ecológica y la instrumentalización del miedo.

Y no son palabras vanas. La historia nos informa de las atrocidades cometidas por el fascismo: campos de concentración, guerras imperialistas, represión sistemática, aniquilación de la disidencia, culto a la obediencia y al líder. Durante décadas, creímos -ilusamente- que era un estadio superado de la humanidad, olvidando que el fascismo no es un accidente histórico, sino una derivación funcional del propio sistema a la que recurre cuando se siente amenazado: porque las urnas no le permiten imponer sus intereses o porque necesita movilizar odios para ocultar sus propias contradicciones o porque el imperativo de controlar recursos, mercados y cuerpos exige guerrear o porque los valores progresistas -la solidaridad, la igualdad, la justicia ecológica, la emancipación-comienzan a cuestionar su lógica de dominación y explotación.

Hoy, ese mecanismo está en marcha otra vez. Basta observar el genocidio de Gaza y/o la actuación y pretensiones del líder de la nación más poderosa del mundo, actuando según el parlamentario británico Erd Davis como un “gánster internacional” imponiendo aranceles con bravuconería, menospreciando alianzas multilaterales y el derecho internacional, socavando normas democráticas e impulsando la confrontación como estilo de gobierno. Una estrategia aplaudida por el vasallaje de la derecha y la extrema derecha americana, europea y española, “salva patrias” (más bien “vende patrias”): Orbán, Meloni, Le Pen, Milei, Trump, Bukele, Abascal, Ayuso, Feijoo, Silvia Orriols… cuya admiración por el autoritarismo es tan explícita como peligrosa. Un coro de sumisión trumpista que se perfila como nueva internacional de la reacción, donde la grosería se vende como autenticidad y la agresión, como fuerza.

Y “oído para navegantes”, dejar de lado las “verdades absolutas” (que no existen), los reproches y protagonismos estériles que solo fomentan la fragmentación y facilitan el avance de la reacción. No se trata de renunciar a las diferencias -legítimas y necesarias-, sino de subordinarlas, en este momento histórico, a lo que nos une: la defensa intransigente de la dignidad humana, la libertad, la equidad, la igualdad, la sostenibilidad y la resistencia activa frente al fascismo en sus nuevas y múltiples formas. Recuperando a Federica Montseny, es tiempo de reconocer que, más allá de matices ideológicos o estrategias tácticas, somos antifascistas porque conocemos, con lucidez y memoria, lo que el fascismo representa: una amenaza existencial para la democracia, la convivencia, la tierra y la vida misma.

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