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‘El 7º de caballería al rescate de PP y VOX’

El general Custer figura entre los personajes más tenebrosos del genocidio perpetrado contra los pueblos originarios (los “indios”) de los territorios que hoy conforman EEUU. Sin embargo, una bazofia cinematográfica, proyectada en España con el nombre Murieron con las botas puestas, elevó a la categoría de héroe a un psicópata asesino. Custer no fue una excepción: formó parte de una extensa nómina de militares, políticos y empresarios estadounidenses que, desde la independencia de las Trece Colonias hasta la expansión territorial del siglo XIX y más allá, han ido diseñando y ejecutando políticas basadas en el asesinato masivo, el despojo de tierras, el desplazamiento forzoso, la esclavitud y el confinamiento de los pueblos nativos y guerras por doquier.

Aquel modelo de dominación no desapareció con el tiempo. Por el contrario, se consolidó en las élites políticas y económicas del país y ha llegado hasta nuestros días, y aunque adaptado a las circunstancias históricas de cada época, mantiene intactas las lógicas de exclusión, explotación y violencia estructural que marcaron sus orígenes. La historia ofrece abundantes ejemplos que avalan esta continuidad y, ya en pleno siglo XXI, podemos reconocer su huella en las pretensiones trumpistas sobre Groenlandia, Venezuela, Cuba o Irán y lo que le venga en gana.

Una prepotencia imperialista que acompaña de una intolerancia hacia cualquier forma de disidencia. Cuando surge oposición a sus intereses, la respuesta consiste en imponer medidas unilaterales porque, como diría Lorca, “pasan si quieren pasar y ocultan en la cabeza una vaga astronomía de pistolas inconcretas y tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras”. Todo ello envuelto en una narrativa religiosa que convierte a los EEUU en la nación elegida y sus dirigentes actuando bajo la inspiración de un dios que bendice y orienta sus decisiones. Y en manos de este tipo de chamanes se encuentra el destino de este mundo. Y así nos va.

Frente a esta lógica de subordinación, el gobierno progresista de España encabezado por Pedro Sánchez (en el rol de “Toro Sentado” defendiendo su territorio frente a Custer), coincidiendo con el sentir de amplios sectores de la ciudadanía, ha salido “respondón” defendiendo que los límites éticos y jurídicos no son negociables; que el derecho internacional debe prevalecer sobre los intereses geopolíticos; que la intervención sionista en Gaza es un genocidio; que las guerras contra Irán y Líbano carecen de legitimidad; que no autoriza el uso de sus bases militares para una guerra ilegal; que los derechos sociales no se sacrifican para comprar armamento; que deben romperse vínculos comerciales con Israel y que, frente a la presión arancelaria, hay que diversificar las relaciones comerciales con otros países, entre ellos China.

En definitiva, reivindicando una política exterior inseparable de los principios democráticos y de la defensa de la dignidad humana y que la soberanía española que no puede ni debe quedar subordinada a los designios de un pederasta confeso y mentalmente inestable, a quien el PP y Vox, paradójicamente, le profesan una ciega admiración.

Este posicionamiento, sustentado en argumentos jurídicos, éticos y de visión estatal, ha encontrado respaldo mayoritario en la opinión pública internacional y en diversos gobiernos europeos que han ido abandonando el seguidismo con las directrices de Trump para avanzar hacia una diplomacia más autónoma y crítica. La posibilidad de que Europa articule una alternativa soberana frente al nuevo desorden mundial alerta a Washington, que atribuyen buena parte de esa “rebelión en la granja” a la España de Sánchez.

Y semejante osadía no puede quedar sin castigo con la eliminación política de quien consideran su principal referente: Pedro Sánchez, deslegitimándolo y desgastándolo. Y en esto que, acto seguido, aparece la imputación de Zapatero con datos procedentes de los EEUU en armonía con un PP-VOX que como en el sainete de “Bienvenidos Mister Marshall” andan jubilosos por ese golpismo auspiciado desde la administración Trump. Un compadreo que responde al interés de quienes desean controlar casa ajena con el beneplácito de los actores domésticos que aplauden esa injerencia a cambio de acceder al poder, en otras palabras: dispuestos a sacrificar la independencia de España por un puñado de escaños

Que Ayuso, Abascal y Feijóo pasen por capilla para rendir pleitesía al embajador de los EEUU en Madrid huele a podrido. En demasiadas ocasiones se ha reproducido ese tipo de reuniones entre USA y vendepatrias locales, acordando estrategias desestabilizadoras para derrocar gobiernos que Washington considera incómodos. España, para Trump, reúne los requisitos para justificar su injerencia y cuenta con el visto bueno de una derecha extrema y extrema derecha colaboracionista y vasalla del gran jefe naranja americano. Veremos cómo la ciudadanía responde ante esta agresión aplaudida por PP-VOX, pero esos que hoy abren esa puerta harían bien en recodar que “a todo cerdo le llega su San Martín”.

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