Cada año, cuando llega el calor, Sabadell se llena de carpas, charangas, paellas populares, sardanas, sevillanas, castellets, correfocs, ferias, bailes en las plazas y calles vestidas de fiesta. Lo vivimos como algo natural, como si las fiestas mayores de nuestros barrios brotaran solas por pura inercia. Pero no es así. Detrás de cada atracción instalada, cada pregón, cada concurso infantil, de cada actividad o cada bareto vecinal hay decenas de personas de las asociaciones vecinales que han dedicado semanas y, a veces meses, de su tiempo libre sin esperar nada a cambio.
Vale la pena decirlo claro, porque el desconocimiento oculta este esfuerzo: es una labor que no tiene precio. No porque carezca de valor, sino porque al no está en el mercado, no hay forma de tasarlo. Quienes organizan una fiesta mayor no lo hacen por un salario. Lo hacen porque creen que su barrio, su gente, merece un espacio de alegría compartida.
Vivimos en una época donde casi todo tiene precio. El ocio se consume envasado, la comunidad se sustituye por las APP y el tiempo libre se ha transformado en un bien de consumo más. En ese contexto, que un grupo de personas se organice para regalar su tiempo a los demás es un acto de rebeldía silenciosa. Esa decisión demuestra que otra forma de hacer es posible: no desde el mercado, no desde la administración, sino desde el propio barrio, con sus propias manos y su voluntad colectiva.
Este altruismo ni es casual, ni es un fenómeno aislado. Hunde sus raíces en la esencia de las asociaciones vecinales, que se sostienen sobre cuatro pilares que pocas veces se explican pero que están detrás de cada fiesta mayor y de cada actividad que llevan a cabo.
El primero es la reivindicación: las entidades vecinales nacieron, y siguen existiendo, para reivindicar las mejoras que un barrio necesita, desde una farola, un semáforo, una guardería, una biblioteca, la limpieza y el mantenimiento de espacios públicos… El segundo es la dinamización cultural: las fiestas mayores son una expresión de ese trabajo como las rúas y cabalgatas, pero durante el año se multiplican talleres, semanas culturales y certámenes pensados para implicar al vecindario y crear comunidad. El tercero es ofrecer servicios y acompañamiento como las vocalías de decesos que agrupan a miles de ciudadanos/as y el estar al lado de quien lo está pasando mal, brindando apoyo. Y el cuarto pilar es la unión de fuerzas: a través de la FAVSabadell, esas voluntades de barrio se suman para defender causas que afectan a toda la ciudad, como la sanidad pública, la educación o el derecho a la vivienda, la erradicación del amianto, las residencias, una gobernanza participativa entre otras.
A estos cuatro pilares se suma, una función que en una ciudad como Sabadell resulta imprescindible: la cohesión social. Sabadell es una ciudad de barrios y nuestros barrios son un mosaico de orígenes, lenguas y culturas, y son las asociaciones vecinales las que, con sus propuestas y actividades, ayudan a construir puentes para que esa diversidad no se traduzca en distancia, sino en convivencia. Cuando una comisión de fiestas abre sus puertas a quien acaba de llegar, cuando un pregón se piensa para que toda la vecindad se sienta representada, o cuando una chocolatada popular se comparte entre quienes hablan distintas lenguas, el barrio está haciendo, sin grandes proclamas, el trabajo más difícil y necesario de una ciudad multicultural: el de sentirse, todos/as, parte de un mismo lugar, de un mismo barrio al que se respeta y defiende porque “es nuestro barrio”.
Por eso las fiestas mayores son mucho más que un fin de semana de música y tiovivos. Son la cara de un trabajo asociativo que, durante el resto del año, se libra en despachos municipales, en reuniones interminables y en campañas que no siempre ven la luz. Son el momento en que ese esfuerzo, casi siempre invisible, se transforma en celebración y en comunidad.
Merece la pena pararse y entenderlo y para eso basta con disfrutar de la fiesta del barrio sabiendo quién la ha hecho posible llevando semanas preparándola, basta con sumarse el año que viene a echar una mano. Porque mientras haya barrios capaces de organizar su propia fiesta y actividades desde el voluntariado, la generosidad y la solidaridad, Sabadell seguirá teniendo algo que el dinero no puede comprar: una ciudad que se cuida a sí misma, barrio a barrio, persona a persona, para lograr barrios en los que vivir y convivir.
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