El fútbol actual funciona como un espejo deformado de las tensiones que atraviesan nuestro mundo. En su seno conviven la pasión popular con la manipulación política, la denuncia social con el lavado de imagen institucional, y un discurso oficial de unidad que contrasta con la arbitrariedad a la hora de decidir qué Estados son sancionados y cuáles pueden vulnerar los derechos humanos sin sufrir consecuencias. El Mundial 2026 no es una excepción, sino la confirmación de que este deporte ha sido distanciado de las aficiones para transformarse en una herramienta geopolítica. Ya no hablamos solo de un juego; hablamos de control de relatos, de legitimación de dictaduras mediante el fútbol, de contratos multimillonarios y una moral selectiva administrada según conveniencias económicas
Un ejemplo que retrata esta lógica absurda: durante el sorteo del Mundial 2026 en Washington, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, decidió inventar un «Premio de la Paz» para Donald Trump. Mientras el magnate recibía su medalla, a su alrededor ondeaban banderas con el lema «El fútbol une al mundo». En ese gesto, lo que pudo parecer una anécdota se convirtió en la metáfora perfecta del fútbol contemporáneo: un espectáculo de legitimación política disfrazado de celebración popular. Todo, menos deporte.
La FIFA sostiene que «el fútbol es políticamente neutral». Pero nada en la vida social es neutral, y el deporte tampoco. Además, ese pretendido principio de neutralidad se aplica con una hipocresía difícil de justificar: se excluye a ciertos Estados (Rusia, por la guerra en Ucrania) mientras se les abren las puertas a otros que cometen violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos, como el genocidio en Gaza, las deportaciones masivas de personas migrantes en Estados Unidos o la guerra ilegal contra Irán. Esta instrumentalización no es nueva. Dictaduras de todo signo han utilizado los grandes eventos deportivos para blanquear su imagen: la Italia de Mussolini en 1934, la España de Franco en 1964, la Argentina de Videla en 1978, la Rusia de Putin en 2018 o el Qatar de 2022. El patrón se repite, solo cambian las camisetas.
El fútbol moviliza pasiones profundas y emociones intensas en millones de personas. Esa fuerza afectiva, sin embargo, se instrumentaliza con frecuencia. Lejos de ser un mero entretenimiento, el deporte actúa muchas veces como una válvula de escape para frustraciones colectivas que, en demasiados casos, se canalizan hacia discursos de odio y prácticas excluyentes: el racismo que aún pervive en las gradas, en las redes sociales y en los relatos cotidianos. Detrás de la fachada de «fiesta global» se ocultan realidades preocupantes: la reproducción de desigualdades, la militarización de la seguridad, la precarización laboral (especialmente de migrantes y eventuales) y la marginación de las comunidades que habitan las ciudades anfitrionas. A esto se suman los estereotipos, los insultos y formas de discriminación sutil que, lejos de desaparecer, siguen alimentando dinámicas de exclusión dentro y fuera del estadio.
No se trata de negar el legítimo disfrute del fútbol ni de señalar a quienes lo viven con pasión. Se trata de exigir que el deporte se rija por los mismos principios democráticos que defendemos en la vida pública: transparencia, solidaridad, no discriminación y participación comunitaria real. Un fútbol más justo necesita debates rigurosos sobre la gestión y el uso de los estadios, el destino de los ingresos, la protección de los derechos de todas las personas y la inclusión activa de la ciudadanía en las decisiones que moldean su entorno.
Sin embargo, la FIFA ha dejado de operar como una federación deportiva para consolidarse como una corporación de entretenimiento con ambiciones geopolíticas. El balón pasa a un segundo plano; lo prioritario es el espectáculo, los intereses económicos y la naturalización mediática de decisiones arbitrarias. El Mundial 2026 vuelve a confirmar que el fútbol se ha desvinculado de su base social para convertirse en un instrumento más del poder. Frente a esta realidad, vale la pena recordar las palabras de Amnistía Internacional: «El fútbol no pertenece a los gobiernos, a la FIFA ni a los patrocinadores. Le pertenece a la gente, a la afición».
Y oído para navegantes: disfrutar del fútbol y analizarlo con espíritu crítico no solo es compatible, sino necesario. Es perfectamente posible emocionarse con un partido, vibrar con un gol en el minuto 90 (como el del CE Sabadell ante el Real Madrid Castilla) y, al mismo tiempo, preguntarse a quién beneficia el modelo económico vigente, cuestionar quién toma las decisiones, examinar los criterios para admitir o excluir selecciones, y reflexionar sobre qué relatos se legitiman a través del espectáculo. El Mundial 2026 no es solo un torneo deportivo: es una oportunidad cívica para plantear estas preguntas con mayor lucidez, rigor y urgencia colectiva.
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