Cada noche, mientras millones de personas cierran la puerta de su hogar con la certeza de un refugio seguro, otras tantas buscan dónde guarecerse del frío, de la lluvia o, simplemente, de la indiferencia de quienes pasan a su lado sin detenerse. En cajeros automáticos, portales y bancos de parque se revela la expresión más cruda de la exclusión: el sinhogarismo. Pero esta realidad no es el origen de una vida desordenada; es, casi siempre, la consecuencia de una cadena de fallos colectivos. El sinhogarismo constituye la manifestación extrema de una exclusión que combina la carencia de vivienda digna con la vulnerabilidad económica, social y sanitaria.
Sin embargo, el problema no se limita a quienes duermen en la calle. El sinhogarismo adopta formas menos visibles y mucho más extendidas: personas que viven en viviendas inseguras, en condiciones indignas o bajo la amenaza constante de perder su hogar. En España, según datos del Observatorio del Alquiler y del INE, unas 28.500 personas se encuentran sin hogar de manera directa, mientras que más de 8,5 millones -cerca del 18% de la población- sufren algún tipo de exclusión residencial, ya sea por hacinamiento, inseguridad habitacional o riesgo de desahucio. Cuando el alquiler absorbe más del 40% o 50% del salario, cualquier imprevisto -una enfermedad, un despido- puede marcar la frontera entre conservar la vivienda o perderla. Y una vez dentro de esa espiral, salir sin apoyo resulta muy difícil.
Por ello, analizar el sinhogarismo como un fenómeno aislado es, por tanto, un error. Detrás de cada persona que duerme en la calle hay trayectorias distintas, aunque con patrones que se repiten. Por un lado, causas estructurales como el precio inasumible de la vivienda y la precariedad laboral; por otro, causas institucionales, entre ellas la falta de un parque público de vivienda, la complejidad burocrática para acceder a ayudas sociales o la exclusión administrativa vinculada a procesos migratorios. A ello se suman factores personales y relacionales -rupturas familiares, ausencia de atención adecuada en salud mental o adicciones, que en muchos casos son consecuencia de la vida en la calle y no su origen-. Todas estas piezas actúan como un dominó que, al caer, puede acabar derrumbando una vida entera.
Las soluciones no son sencillas dentro de un sistema económico profundamente desigual. Sin embargo, si se quiere dar una respuesta real y urgente, es imprescindible ir más allá de las medidas reactivas. Los albergues temporales son necesarios, pero insuficientes. Se requieren cambios integrales: en primer lugar, el enfoque de Housing First o “la vivienda primero”, que garantiza un hogar estable e incondicional como base para trabajar la salud, el empleo y la reinserción social. En segundo lugar, una prevención efectiva, que refuerce la regulación del alquiler y evite los desahucios sin alternativa habitacional (lo que niegan PP-VOX-Junts). Y, finalmente, un acompañamiento integral: no basta con entregar una llave, es imprescindible un apoyo social y psicológico sostenido, consciente de que reconstruir una vida lleva tiempo.
En este contexto, los municipios desempeñan un papel clave, pero se enfrentan a importantes limitaciones, como la infradotación presupuestaria de los ayuntamientos y la falta de prioridad política que, en muchos casos, se otorga a este problema humano. Y aquí, cabe denunciar que Sabadell es el municipio de la comarca con mayor número de personas sin hogar y con una respuesta institucional claramente insuficiente (ni Pla d’Actuació Municipal 2023-2027, ni planes estratégicos de acción social están a la altura) y aunque las cifras varían según la fuente, la media comarcal se sitúa en 0,68 personas sin hogar por mil habitantes -ya por encima de la media catalana, que es de 0,5-, mientras que Sabadell alcanza una tasa de 1,46 por mil. En términos absolutos, esto implica que más de 300 personas viven en la calle, una realidad que exige un cambio de rumbo profundo y urgente.
El sinhogarismo no es inevitable. No es el peaje del progreso ni la consecuencia natural de decisiones individuales. Es el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales que pueden y deben cambiarse. La cuestión no es si podemos permitirnos acabar con el sinhogarismo, sino si podemos permitirnos, desde un punto de vista moral y social, seguir sin hacerlo.
