ARTÍCULO DE OPINIÓN
Cuca Santos, miembro del Partido Popular de Sabadell
La violencia de género se ha llevado la vida de 36 mujeres en lo que va de año, 426 han sido víctimas de agresiones sexuales y han aumentado alarmantemente los casos de mujeres y niñas víctimas de la trata para la explotación sexual.
Y no olvidemos, que deberíamos añadir como violencia contra las mujeres y las niñas, los casos de matrimonios forzosos, niñas víctimas de la ablación, el aumento de abusos a mujeres con discapacidad o la pérdida de autonomía de muchas jóvenes para decidir su futuro por motivo de imposiciones culturales que no encajan en nuestro ordenamiento legal.
Teniendo en cuenta que los programas presupuestarios con incidencia de género superan los 300 millones de euros, siendo los destinados a la violencia contra las mujeres los más cuantiosos, y la proliferación en la última década de múltiples oficinas, observatorios, comisiones, entidades y asociaciones dedicadas a combatir esta lacra y convenientemente dotadas económicamente a través de subvenciones públicas, debemos decir que sus resultados dejan mucho que desear.
Las estadísticas no sólo no han mejorado, sino que siguen siendo igual de preocupantes o incluso han empeorado como es el caso de las agresiones sexuales, disparadas con especial preocupación en Cataluña. Los que presumen ser el gobierno más feminista de la historia, no sólo no han dado la vuelta a las estadísticas, sino que gastan el dinero en políticas ineficaces que parecen creadas para colocar a cientos de asesores afines a los partidos que gobiernan en lugar de ayudar a las víctimas y prevenir la violencia. Urge una auditoria detallada de las cuentas de todas esas entidades públicas y subvencionadas para ver cual es el destino real de todo ese dinero.
Cuando una persona enferma y acude al médico, lo primero que se le solicita es que describa los síntomas que experimenta para poder diagnosticar la enfermedad y prescribir el tratamiento adecuado para poder curarse. Si en esos primeros momentos ocultamos al doctor algunos de nuestros síntomas por pudor o vergüenza, lo más fácil es que se yerre en el diagnóstico y en consecuencia en el tratamiento, lo que puede agravar nuestra situación y cronificarla.
Cuando diagnosticamos patologías sociales, pasamos por un proceso similar, hay que tener en cuenta todos los síntomas para poder atajar el problema con el tratamiento adecuado. Si ocultamos determinada sintomatología por una mal entendida corrección política, jamás atajaremos la infección.
La estúpida corrección política de la izquierda oculta síntomas claves de la enfermedad, el primero de ellos el no querer reconocer el hecho de que la llegada a nuestro país de personas procedentes de culturas en las que las actitudes machistas están fuertemente arraigadas y en las que la mujer es tratada como un ser inferior con derechos limitados han contribuido al repunte de los delitos contra la mujer y la niña. Y que, si no revertimos estas prácticas a través de cambios legislativos de las leyes migratorias y programas de integración más exigentes, no acabaremos con el problema.
Otro error de la izquierda es la de señalar al hombre como presunto culpable sólo por pertenecer al género masculino. Desde que tienen uso de razón los niños y jóvenes, reciben inputs negativos sobre las características de su naturaleza, simplemente, por haber nacido varón deben asumir que son violentos, violadores en potencia, maltratadores en incubación.
No hay ninguna evidencia científica de ello, simplemente la izquierda ha decidido que sea así. Si eres hombre hay que esperar lo peor de ti, excepto si perteneces al colectivo LGTB o a minorías culturales o socioeconómicamente oprimidas, en estos dos últimos casos la violencia viene dada por su precariedad social y no por su naturaleza, algo totalmente disparatado.
Es tan negativa la imagen de su género que la sociedad a través de la política progresista les asigna, que al final algunos la asumen como válida y propia, justificando así sus arrebatos violentos como inevitables. Si a cualquier niño o niña le dices desde pequeño que es malo y lo repites continuamente, al final termina por creer que es así y serlo. Esto es de primero de psicología.
Y el tercer error es el caso contrario, la pertenencia al genero femenino te convierte sin remedio en víctima, en un ser indefenso y de naturaleza pacífica, presa de ese depredador violento que es el hombre. Por su puesto la palabra de una mujer es ley, siempre debemos creerla por encima de la de cualquier hombre y, como seres débiles, necesitamos de políticas de protección y ayuda para alcanzar una igualdad a base de establecer cuotas, sin tener en cuenta más mérito que el de ser mujeres. Hay que empoderar a la mujer, hacerla ver que posee todas las capacidades para llegar a ser lo que desee, sacarnos del rol predominantemente doméstico que la historia nos ha asignado, pero con políticas igualitarias y no proteccionistas.
La maldad o la bondad es individual, propia del individuo, independientemente de su género, estatus social, adscripción cultural o religiosa. Otra cosa es que, el poso cultural de siglos de machismo estructural haya abonado el terreno de estas conductas violentas por parte de algunos hombres, eso es lo que hay que combatir y erradicar. Y ha de hacerse desde la implicación de toda la sociedad, de hombres y mujeres unidos contra una lacra que cada año se lleva muchas vidas destrozando familias.
Prevención, educación y acción, menos palabras y consignas huecas, menos enfrentamiento entre géneros promovido por el feminismo radical y más trabajar en políticas directas y efectivas.
