VOX ha convertido la indignación en método y el bulo en herramienta de poder. Su éxito se explica por cómo construye un relato simplificando la realidad: un enemigo, una amenaza, una culpa y una respuesta autoritaria. No es una novedad: es la misma estrategia de polarización impulsada por el nazismo/fascismo que recorrió la Europa de entreguerras, basada en la pureza nacional, el chivo expiatorio y la deslegitimación sistemática de las instituciones democráticas. Un camino que el mundo pagó muy caro: la catástrofe de la IIGM con más de 70 millones de muertes. Hoy, sus herederos ideológicos, vuelven a señalar enemigos, amenazas y culpables.
1. Justicia social. VOX califica los derechos adquiridos, la redistribución y la protección pública como privilegios negando la existencia de desigualdades estructurales. Con tal premisa proponen recortes drásticos del gasto público al estilo de la motosierra de Milei en Argentina o Trump en los EEUU al tiempo que defiende rebajas fiscales que benefician principalmente a las rentas más altas y debilitan el Estado del bienestar. Cualquier política redistributiva o de protección de sectores vulnerables la etiquetan de “adoctrinamiento”, levantando la bandera de una meritocracia según la cual, “no hay pobres, hay vagos”, “no hay desigualdad, hay envidia”, “no hay derechos, hay privilegios que deben eliminarse”. De este modo, eximen al Estado de toda responsabilidad social. Las analogías históricas resultan evidentes: los regímenes fascistas también deslegitimaron los intentos de redistribución social, calificándolos como una amenaza ideológica bajo la etiqueta de “marxismo cultural”, y defendieron estructuras jerárquicas donde la fuerza y el poder económico justificaban la dominación frente a lo que denominaron “inferioridad racial o natural”.
2. Inmigración. El discurso de VOX, vinculando la migración con delincuencia, colapso y decadencia nacional, carece de respaldo en el análisis sociológico. Responde a la construcción deliberada de un “enemigo interno”, una estrategia retórica utilizada por el nazismo señalando a minorías como responsables de los problemas sociales, empleando términos como “invasión”. Cuando un partido presenta la migración como amenaza, no está planteando un debate sobre política migratoria, sino fomentando el odio y debilitando la convivencia. Sin embargo, los datos contradicen de forma ese relato: la población inmigrante es contribuyente neta (aporta más en impuestos y cotizaciones de lo que recibe en prestaciones) y alrededor del 94 % de las personas migrantes en España ha llegado por vías regulares. La imagen de la patera es excepcional, aunque resulte útil para sostener una política basada en el miedo.
3. Feminismo. VOX no se limita a cuestionar leyes concretas como la de violencia de género (que propone mutarla con la de “violencia intrafamiliar”) sino que rechaza el avance de las mujeres hacia la igualdad real negando la mayor: que la magnitud de la brecha en todos los ámbitos de la vida (económico, social, político) acumula tal cantidad agravios/injusticias que es imposible ocultar. Y para bloquear cualquier avance en la igualdad de género, recurre a la táctica de los movimientos totalitarios del pasado: presentar las conquistas democráticas sobre la igualdad de género como un atentado al “orden natural “. El símil es evidente: el nazismo redujo a la mujer a la fórmula “kinder, küche, kirche” (niños, cocina, iglesia), calificando el feminismo de “invención judía” (ahora “roja”) para destruir la “familia aria” (ahora “católica y española”). El discurso de VOX sobre “la familia tradicional patriarcal amenazada” no es una coincidencia retórica con el nazismo: es la misma gramática, con distinto vocabulario.
4. Ciencia. VOX, hoy y aquí, es el representante genuino de las actitudes retrógradas que han existido a lo largo de la historia que han ido condenando invariablemente cualquier avance científico y emancipatorio de la humanidad como en su tiempo lo fueron las aportaciones de Copérnico, Galileo, Newton, etc. hoy, tomando el testigo de los inquisidores y basándose en lo que llaman defensa de los “valores patrios tradicionales” desacredita sistemáticamente el conocimiento científico cuando contradice sus dogmas (una constante de los totalitarismos históricos, que defendían una verdad alternativa para sustituir a la evidencia racional: una verdad de sangre, fe o nación). Sirva de ejemplo la batalla cultura contra la Agenda 2030, el Pacto Verde y cualquier política ambiental que implique cambio, presentándola como una imposición contra el campo, la industria o la familia, eludiendo debatir cómo gestionar una transformación inevitable. Pero, no cabe engaños, que VOX niegue el cambio climático no es ignorancia: es complicidad con los grandes contaminadores.
Y, a todo ello, conviene recordar que el fascismo histórico no irrumpió de forma repentina, se fue gestando mediante la normalización del desprecio, la degradación del lenguaje y la conversión de la violencia verbal en práctica habitual (que, gradualmente, abre paso a la física, un modus operandi magistralmente retratado en la película Cabaret).
Al reducir problemas complejos a enemigos simples, VOX no ofrece una alternativa política, sino que reproduce un relato cuyas trágicas consecuencias conocemos. Un partido que convierte el resentimiento en programa político y el bulo en ideología, está corrompiendo la democracia y menoscabando las condiciones para que la política sea un espacio de convivencia. Por eso conviene ser directos: la democracia no se protege guardando silencio ante quienes usan las urnas para atacar la igualdad, la ciencia o la propia democracia. Se protege con la defensa firme de los derechos, fortaleciendo las instituciones y no olvidando de que, cuando un partido crece señalando culpables, lo primero que empieza a morir es la libertad de todos y todas.
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