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Ahmed Masoud: la liberación a través de la literatura

Sonriente, sube al escenario. Se nota que está a gusto, que ha venido a Barcelona a mimetizarse con su mar, el mismo que lo vio nacer en Gaza. Se enamoró de ella leyendo a Carlos Ruiz Zafón. “Querido mar”, empieza diciendo. Ese acto de amor hacia la ciudad que lo recibe no huye, ya desde el primer momento, de la constatación de lo que está pasando en la otra punta de ese Mediterráneo que nos une: lo peor de la humanidad, la pérdida, el horror, el exilio. No obstante, casi al unísono, surge esa magia de la protección de la vida, donde las mujeres de vidas sencillas tienen un papel preponderante.

Ahmed Masoud afirma con verdadera pasión que, a pesar de los escombros que lo invaden todo, la historia de Gaza es mágica, una fuente inagotable de creatividad. Lanza un reto a las personas que atentamente escuchan su discurso en el CCCB. Imaginarla sin esa destrucción, dejarnos llevar por la imaginación, abstraernos, abrir las alas y volar. Es muy difícil. Lo muestra con un silencio corto pero intenso, un silencio donde en voz alta visualiza esa destrucción en los lugares donde vivió. La guerra conduce a más guerra, pero, vuelve a ello, Gaza es cultura, historia, un lugar de insistencia cultural donde el ave fénix resurge de sus cenizas a cada envite. Nada que ver con lo que los judíos israelies dicen cuando quieren enviar a alguien a la mierda: Vete a Gaza

La literatura nos hace viajar y nos recuerda esa Gaza viva, llena de comerciantes, de viajeros, de mercados bulliciosos, de artesanía. Palestina es un lugar único, un centro del mundo, un lugar de paso, un encuentro entre culturas. Entre las ruinas, lo sigue siendo. Recuerda a un vendedor de flores en un campo de refugiados que sigue con su trabajo, con lo que ha hecho toda la vida. Y, cómo no, la fuerza de la literatura del siglo XX, especialmente entre 1936 y 1984, donde fluye un sentimiento de compromiso con la Nakba, ese vergonzoso y humillante desplazamiento forzoso de la población palestina, y que se retrata en poemas y canciones, en unos escritores de la resistencia que transforman el duelo en poesía. “Eran pasos pesados, cargando la sombra, pasos sin mapa, sobre la tierra rota. No eran solo pies huyendo del hierro, eran la memoria de la casa, su eco y su cerro”.

Marah Khaled Al-Za’anin, artista de Gaza, de 18 anys. Font: @marahza91 via Instagram.
Marah Khaled Al-Za’anin, artista de Gaza, de 18 anys. Font: @marahza91 via Instagram.

Masoud expresa su solidaridad con varios de esos escritores. Nombra a Mahmoud Darwish, uno de los más grandes poetas árabes y leyenda viva, y al novelista y escritor de obras de teatro Ghassan Kanafani, asesinado en 1972 por agentes israelíes. Asesinado por escribir, por mostrar esa implicación con el sufrimiento de su pueblo. Su labor fue impresionante, nos dice Masoud, en ese impulso de la literatura de la resistencia que él, particularmente, prefiere llamar de la resiliencia, de la supervivencia. No olvida a una de las poetisas más influyentes del siglo XX, Fadwa Tuqan, cuya obra evolucionó del intimismo, del amor y de la naturaleza a la lucha, documentando el dolor y la memoria histórica de su pueblo.

Ahmed Masoud posee el don de las personas sabias. Sabe moverse entre el discurso cargado de tristeza y la esperanza, entre el recuerdo a sus amigos asesinados, a esa devastación cultural que se ha llevado a dos centenares de artistas, de pintores, de actores, de actrices, de cineastas, fotógrafos, y el amor a ese enraizamiento a la tierra, a ese hacer frente a la amenaza continua. Nos pide no olvidar sus nombres nunca. “Lo humano es algo poderoso; la risa es una estrategia de supervivencia. ¿Por qué no podemos imaginar los Juegos Olímpicos de 2036 en Gaza? Soñar es un acto de resistencia”.

Inevitablemente, nombra a Refaat Alareer y su último poema:

Si debo morir,
debes vivir
para contar mi historia​
​vender mis cosas
​comprar un trozo de tela
​y algunas cuerdas,
​(hazlo blanco con una cola larga)
​para que un niño, en algún lugar de Gaza,
​mientras mira el cielo a los ojos
​esperando a su padre que se fue en llamas
y no se despidió de nadie,
​ni siquiera para sí mismo,
​vea la cometa, mi cometa que hiciste, volando arriba
​y piense por un momento que hay un ángel allí
trayendo de vuelta el amor.
​Si debo morir
​deja que traiga esperanza
​deja que sea un cuento.

Masoud comparte esa idea, esa obligación moral de hablar de Palestina sin complejos, de no dejar de cantar, sin restricciones, porque a una persona se le puede negar todo menos sus convicciones. Y la literatura cumple ese papel de vuelta a la humanidad. Porque, a pesar de ese campo de concentración a cielo abierto que es Gaza, la gente lee, aunque sean las historias de Harry Potter. No importa, porque la educación es una fuente de esperanza. Se ruedan películas en pleno genocidio, afirma.

Antes de acabar, recuerda su infancia en la que ya se politizó desde muy pequeño, donde aparece la visión de los centros de racionamiento, del hambre, de los checkpoints y de esos soldados israelíes tirándole los pasteles que compraba para revenderlos y sacar un poco de dinero. Relata también una anécdota sucedida mientras pescaba con su tío y la llegada de una familia de colonos israelíes al otro lado de la valla. Masoud queda cegado, no por ese 4×4 que aparca cerca, sino por unos objetos que flotan en el mar y con los que otros niños disfrutan. ¿Se supera todo esto? ¿Se superan los más de treinta asesinados de su familia? ¿Se supera este castigo colectivo y esta política vengativa? Antes de responder, explica que, durante los atentados del 7 de octubre de 2023, muchas personas quisieron pasar al otro lado, vivir la experiencia de la liberación, salir de esa cárcel. Algunos niños solo querían coger una naranja colgada de un árbol. Fueron abatidos de un balazo. No solo ellos; también toda su familia. Tienen el nombre de todos y saben dónde viven. Cualquiera que traspasara esa línea sufría el ajusticiamiento de toda la familia.

Masoud cree en el espíritu de supervivencia, en la necesidad de reír ante la adversidad, como una terapia. Gaza es como Nápoles, donde hay de todo. Vuelve a nombrar el símbolo de Gaza, el ave fénix. Gaza ha sido destruida siete veces. La reconstruiremos de nuevo. Queremos vivir en paz. Nosotros perdonaremos; ellos no. Nuestra cultura es la que invita, incluso al invasor. Tenemos la responsabilidad de seguir hablando de Gaza, de Palestina, de escribir, de compartir poemas, aunque solo sea una línea.

Mañana iré a bañarme al mar, al mismo mar de Gaza. Gracias, Barcelona.

Gracias, Ahmed. No dejaremos de hablar de Gaza. Nunca.

L’espai d’opinió reflecteix la visió personal de l’autor de l’article. iSabadell només la reprodueix.

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