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‘Aquí la Tierra’: lo humano frente a la mentira

“Da miedo que la gente no distinga la naturaleza real de la creada con IA”
Raúl de Tapia, biólogo y educador ambiental

No sé si recuerdan aquellas imágenes en las que unos monos roban paraguas a turistas en Bali y salen volando. Si no nos dicen lo contrario, parecen absolutamente reales, pero son una simulación, es decir, una auténtica mentira. Parece ser que los creadores querían alertar sobre esos animales que tienen la costumbre de robar a todo el que se pone por delante. Las imágenes, creadas por inteligencia artificial, tuvieron millones de visualizaciones y, como es perfectamente normal, provocaron la sonrisa en más de uno.

Otros vídeos que circulan por internet muestran a animales salvajes acercándose a zonas habitadas para pedir ayuda. Se trata de osos, ciervos o zorros que demandan ese auxilio porque alguien de su especie está atrapado o ha caído en un lugar inaccesible. Entonces, el humano lo acompaña y lo salva. A los pocos días, en prueba de agradecimiento, toda la prole se agrupa ante la vivienda del salvador. Todo es fruto de otra mentira, de una falsedad que ya ha provocado algunos fallecidos, la mayoría niños, que se creen que cuando un oso se acerca a casa, viene siempre en son de paz.

A pesar de lo bienintencionados que pueden ser estos vídeos, de que quieran transmitir algo de humanidad, el peligro es evidente. Y lo es, porque interfiere de manera muy brutal contra la realidad, ya lo hemos visto. Pero también porque, en la mayoría de los casos, no se informa de que son imágenes ficticias, creadas con unos fines no demasiado claros. O sí. Lo vimos con el resort de Gaza para regocijo de Trump y sus secuaces.

En toda esta absurdidad, hay un pequeño hueco para la verdad, para la visión más humana y humanista de la naturaleza, también cuando esta ruge y se transforma. Se trata del programa de TVE Aquí la Tierra, presentado magistralmente de lunes a viernes por el climatólogo Jacob Petrus. Ciencia, meteorología, clima, naturaleza, una recopilación exhaustiva de rigor donde nunca encontraremos animales creados por ordenador. Las imágenes que se muestran pertenecen a este mundo, a este planeta en constante evolución, con sus volcanes derramando lava incandescente, sus montañas nevadas en las que, de vez en cuando, un alud pone en aprietos a todo el que está por allí; y puestas de sol, flamencos en marismas en peligro de extinción, los flamencos y las marismas; riachuelos que se convierten en abruptos torrentes que se llevan por delante puentes y caminos; la caricia de una orangutana a su bebé o el nacimiento del primer rinoceronte blanco en el Bioparc de Valencia.

Todo cabe en un programa que, con una gran capacidad pedagógica, está destinado a todos los públicos, especialmente a los que poseen esa sensibilidad tan humana de estremecerse ante lo más sencillo de nuestras vidas. Es imposible no conmoverse con esos momentos en los que, con el impulso de la voz de Petrus, se nos muestra la naturaleza más viva que nunca. No obstante, el director y presentador no huye de la que nos produce dolor, la que ha sido maltratada por la mano del hombre. Esa simbiosis es la que nos hace revolvernos en nuestra zona de confort y, consecuentemente, levantarnos y tomar conciencia.

Aquí la Tierra es, sin duda y resumiendo, un pilar indispensable en esta sociedad manipulada, descolocada, en la que es muy difícil posicionarse, en la que cualquier movimiento basta para señalarlos, para bien o para mal, para ponernos una etiqueta que, inexorablemente, marcará toda nuestra existencia. Aquí la Tierra posee esa dualidad que conforma a los seres humanos, la necesidad de la naturaleza en estado puro y la incongruencia que supone dominarla. Pero, por encima de todo, es un catalizador de movimientos en favor de lo natural, de lo nativo, de lo sencillo, para percatarnos de la fragilidad de lo que nos rodea y, consecuentemente, aprender a valorarlo y respetarlo. En esta misma línea, el biólogo y educador ambiental Raúl de Tapia, nos alerta de que “la gente no va a saber reconocer la naturaleza real de la inventada si se educan por el móvil y la IA. Incluso pasa con los miradores paisajísticos. Antes, eran lugares de disfrute, para embelesarse un rato. Ahora son para hacerse un selfie. Es más, se saca el mirador de diseño y no ese paisaje detrás con una historia de 200 millones de años. Eso es estar desconectados”. Lo hace en una entrevista donde presenta su libro Un árbol de compañía.

No sabemos hacia dónde nos conduce la inteligencia artificial. Hemos abierto un melón sin saber demasiado bien qué consecuencias puede tener. Hace unos días, Japón presentó en sociedad a un cura-robot que da consejos espirituales con IA. “La máquina fue entrenada en escrituras budistas y puede responder a preguntas que los fieles a veces no se atreven a hacer a una persona”, aseguraron, así, sin vergüenza, añadiendo que podría paliar la falta de monjes. Ya existen psicólogos-robot que “ayudan” a las personas con problemas. ¿Nos estamos alejando de lo humano? ¿Seguro que una máquina va a ser más sensible que una persona para entender qué es lo que me pasa? Mientras exista Jacob Petrus, estamos salvados.

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