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‘De cabeza al desastre (o un grito por el Mar Menor)’, por Josep Asensio

Las pequeñas y grandes catástrofes que se van sucediendo a lo largo y ancho de nuestro planeta, y que cada vez con más frecuencia afectan a nuestro entorno más próximo, parecen no tener efecto en nuestras conciencias. Hemos llegado a tal punto de resignación, de aceptación de una destrucción cada vez más evidente, que nuestra vida sigue igual y preferimos cerrar los ojos ante un cataclismo que solo los más iluminados niegan. Es verdad que son los gobiernos, los estados, las empresas, las grandes corporaciones energéticas, los que tienen que dar el paso para conseguir esa reducción del CO₂ tan necesaria, imprescindible para intentar revertir la devastación que se avecina. Pero muchos de estos lobbies prefieren hacer caer toda la responsabilidad en los ciudadanos, como si reciclar una botella, por ejemplo, o instalar placas solares en el tejado tuviera algún efecto positivo en la consecución de objetivos contra el cambio climático.

Naturalmente que toda acción, por pequeña que sea, es necesaria, y si todos, absolutamente todos, cumpliéramos nuestros deberes con la naturaleza, algo empezaría a cambiar. Pero no somos nosotros, los ciudadanos de a pie, los que tenemos los mandos de este planeta llamado Tierra. Y no lo somos porque, básicamente, aun teniendo algún tipo de conciencia por la salvaguarda de nuestro planeta y, consecuentemente, de nuestra especie, hemos llegado a tal punto de “progreso”, entendido como un “cúmulo de comodidades”, que seríamos incapaces de volver a aquel donde quedaran suprimidas esas prebendas, esos placeres, ese confort que se ha instalado en nuestras vidas.

Esa constatación, unida a esa resignación a la que hacía referenciaantes, no está reñida con pequeñas acciones que nos laven la conciencia: recogida de firmas, cadenas humanas, manifestaciones o resoluciones más o menos propagandísticas en ayuntamientos y parlamentos. Los firmantes, los promotores de esas actividades, saben que no sirven para nada, porque, a pesar de su buena fe, de esa necesidad con el objetivo de ir creando concienciación entre los escépticos y los resignados, no pueden nunca sustituir al poder de los poderosos, valga la redundancia. Y lo hemos visto a pequeña escala en nuestro Mar Menor. Convertido ya en un vertedero, en una charca pestilente de la que huye el turismo, las movilizaciones a favor de su recuperación son muy discretas. Los ecologistas son vistos allí como comunistas y los verdaderos causantes del desastre, como ciudadanos que tienen derecho a ganarse la vida como cualquier otro. Además de la criminalización de los colectivos en defensa de la laguna y del ecosistema marino más importante de Europa, las autoridades murcianas, una comunidad gobernada por el PP desde 1995, nunca han tenido ni el más mínimo interés en su preservación, autorizando instalaciones agrícolas y ganaderas contaminantes a su alrededor y no sancionando ni cerrando las que han ido construyéndose ilegalmente. Muy interesante el reportaje En nombre del Mar Menor, donde queda claro quién es el culpable del desastre. Jesús A. Gómez Escudero, un pescador ya jubilado dice con tristeza que “no puede ser que un sector (la agricultura) pueda doblegar a otros y aprovecharse de un medio que es de todos para beneficio suyo, para dinero fácil para pocos y ruina para muchos, que es lo que está pasando aquí”.

Parte de la sociedad murciana se ha movilizado creando una plataforma que promueve la personalidad jurídica del Mar Menor a través de una Iniciativa Legislativa Popular (ILP). En Sabadell no hay puntos de recogida de firmas pero sí en Terrassa (Un món a granel, en el Parc de les Nacions Unides y en Ecobotiga L’Egarenca, Carrer del Nord, 105). Son necesarias 500.000 firmas para que el Congreso de los Diputados debata y pueda votar para que el Mar Menor sea considerado como una persona (es decir, que lo dote de Personalidad Jurídica) y que así cuente con derechos y esté protegido. Una acción muy loable, muy valiente en una comunidad autónoma donde el voto mayoritario en el entorno del Mar Menor fue a Vox, un partido que niega el cambio climático y apoya a los agricultores que lo contaminan con sus fertilizantes.

La respuesta a tanta insensatez, a tanto disparate, la podemos encontrar en el tipo de trabajo que por allí se desarrolla, básicamente en negro, sin regularizar y en la nula intervención de las inspecciones que el gobierno murciano se niega a llevar a cabo. De hecho, muchos ciudadanos de por allí se preguntan por qué hay que salvar el Mar Menor si va a quedar inundado por la subida del mar mediterráneo en unas pocas décadas.

No obstante, esa misma gente se lamenta de que los turistas hayan huido de esa zona buscando aguas limpias algo, por otra parte, completamente normal. ¿Hay algo más incongruente que apoyar a partidos que niegan la situación, que prefieren seguir con una situación ya insostenible, que llama rojos a los que quieren salvar la laguna y que, además, se echen tierra encima atacando duramente al sector turístico? Es, sin duda, la constatación de una gran incultura. En fin, la última noticia en todo este asunto es el llamamiento desesperado que hace la plataforma de recogida de firmas por la ILP del Mar Menor en vista de la poca participación.

Y todo esto no acaba aquí. Porque, aunque parezca un tema que no tiene nada que ver, la relación es tan clara que no puedo por más que ponerla de manifiesto aquí. Se trata de los ataques de los peces a los bañistas en esa parte del Mediterráneo. Cada vez hay menos pesca, más plástico y los peces que quedan tienen hambre. A pesar de que en una parte importante del litoral levantino la posidonia es el claro reflejo de la calidad de sus aguas, nadie niega ya que el deterioro es irreversible y que los fondos marinos se llenan de plásticos que nunca van a poder ser recogidos. La cadena alimenticia ya detecta grandes cantidades de esos microplásticos en peces y mariscos que luego consumimos. Y tintoreras que nunca miraron a los humanos, se acercan a las playas en busca de comida, atacando a las personas. Y así empiezan a hacerlo peces más pequeños como doradas y magres. Eso se constata cada vez más en las playas de Alicante y Murcia. También en otros puntos del Mediterráneo. Muchos científicos ya han aseverado que estamos en un punto de no retorno y que hagamos lo que hagamos (hagan lo que hagan) nos vamos directos al precipicio. No se trata de pesimismo. A mi entender, es un realismo tan claro que me sorprendería un cambio radical que, por otra parte, es imprescindible para la supervivencia de la especie humana. La ONU ya nos advierte de un acelerón en la contaminación en la era post covid. Pero parece que no nos importa.

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