“La eliminación sistemática de los niños es un elemento clave del genocidio, por cuanto los niños son el fruto de la procreación y representan la procreación futura. Esta eliminación se produce a través del asesinato al considerarlos como “la mala semilla” de una identidad negativa, pero también mediante el rapto o el robo y ambas acciones pueden ser complementarias”
Joan Frigolé, Catedrático de antropología social.

Se cumplen dos años de uno de los hallazgos más dolorosos en la fosa del Barranco de Víznar: los restos de un niño de entre 11 y 14 años con dos tiros en la cabeza junto a su lápiz de colores y una goma. Dos años en los que la noticia ha pasado muy desapercibida, en los que la mayoría de medios de comunicación ni han hecho mención. Un niño que fue asesinado el primero, porque ha sido hallado el último en una fosa donde había otros cien cuerpos. No me quiero imaginar por qué lo hicieron. Quizás para producir más dolor a las otras personas, quizás familiares o maestros. Unos hechos por los que asociaciones memorialistas están trabajando para que no prescriban, para que sean considerados crímenes de lesa humanidad. Me duele que, para poder ver el vídeo con las declaraciones de los arqueólogos que llevan a cabo las excavaciones, tenga que tragarme la publicidad de una galleta rellena de chocolate. Y me duele porque muestra una manifiesta insensibilidad, cuando no un blanqueo quizás interesado de una parte de nuestra historia reciente.

A l'esquerra, el crani del nen amb l'orifici d'una bala. A la dreta, la bala, la goma d'esborrar i les restes d'un llapis. Autor: Universidad de Granada.
A la izquierda, el cráneo del niño con el orificio de una bala. A la derecha bala, goma de borraz y restos de un lápiz. Foto: Universidad de Granada.

Pienso en ese chico, en sus anhelos y esperanzas, en esos últimos momentos en los que no cree que vaya a morir, en ese halo de venganza de sus verdugos en la oscuridad de la noche granadina, quizás también bajo la atenta mirada de Federico García Lorca, pues se cree que pueda estar enterrado allí mismo. Y en la goma y el lápiz, símbolos de cultura, de ilusiones, de imágenes presentes y futuras que quedan inexorablemente paralizadas en el tiempo. No es la primera vez que aparecen objetos al lado de los restos de fusilados por el franquismo: unas gafas, un anillo, un libro, un reloj de pulsera. Muchos de ellos han servido para identificarlos, para poner nombre y apellidos a ese amasijo de huesos que, en muchos casos, deja claras torturas antes de la muerte. En el caso de ese joven, ni la goma ni el lápiz de colores lo identifican. Un ser anónimo, de momento, que es algo más que la constatación de un asesinato.

Porque no olvidemos que hay intereses muy poderosos en hacernos creer que aquello fue una guerra, una batalla, aunque los miles de fosas de fusilados indiquen todo lo contrario. Esa misma gente que quiere que pasemos página, que también mira hacia otro lado cuando en pleno siglo XXI las redes nos muestran imágenes de niños gazatíes morir de un balazo en la cabeza, nos empuja a una amnesia global que pretende no ya olvidar, sino someternos a una indiferencia todavía más dolorosa. No puedo ignorar la historia de un exsoldado estadounidense que sirvió en el ejército de Estados Unidos durante 25 años y que realizó un viaje a Gaza para llevar comida a los civiles que están muriendo de hambre. Allí conoció a un niño de unos cinco años llamado Amir que había caminado 12 kilómetros para tomar unas migajas de comida. Cuando Amir recibió la comida, besó la mano del soldado y le dio las gracias, luego se dio la vuelta para regresar a su casa, pero el ejército de ocupación israelí le disparó y el niño murió al instante. Tampoco debemos dejar en ese olvido que nos quieren imbuir la de Hind Rajab, la niña de 5 años asesinada por Israel. El coche en el que se encontraba, junto con su familia ya fallecida, recibió trescientos cincuenta y cinco impactos de bala. La película La voz de Hind Rajab es uno de los más claros ejemplos de la limpieza étnica ejercida por Israel hacia la población infantil palestina con el objetivo de aniquilar cualquier posibilidad de supervivencia.

Ese joven del Barranco de Víznar me recuerda también las cacerías de humanos en Sarajevo en la década de 1990, de la que se van sabiendo más detalles. Unas expediciones de la muerte, unos safaris humanos en los que los asesinos pagaban más dinero si mataban a una embarazada, a una persona mayor o a un niño. Por este último se pagaban hasta 100.000 euros. Parece que los niños son el objetivo de fascistas y genocidas.

Resulta una infamia, pues, percatarse de la desfachatez de los gobiernos de PP y Vox que insisten en derogar las leyes de memoria, en suprimir las ayudas a la recuperación de los restos de los asesinados. A veces no acierto a entender el objetivo de esa obcecación. Seguramente porque piensan que es cosa de rojos el querer enterrar a sus muertos dignamente; otras veces pienso que rezuman odio por todas las partes de su cuerpo, que son incapaces de mostrar algo de empatía o de ternura por esa gente cuyo delito fue únicamente pertenecer a una asociación legal en esos momentos o ser maestro de escuela.

En el caso del joven que nos ocupa, ni eso. Quizás ignoraremos siempre si fue una venganza o un escarmiento. Sus dos balas en la cabeza permanecerán siempre, así como la goma y ese lápiz de colores con el que se aferró hasta su muerte. Aunque algunos pretendan lavarnos el cerebro diciéndonos mil veces que la concordia y el olvido van de la mano, se equivocan. Quien olvida es incapaz de aprender y está incapacitado para asimilar la historia de su colectividad. Es, con toda probabilidad, lo que desea una parte de esa España que sigue instalada en el rencor y en el desprecio al ser humano, por mucho que se den golpes de pecho ante una imagen de madera o delante de un hospital donde se practican abortos. La hipocresía de esos individuos debería explicarse en las escuelas e institutos. La historia no debería ser lineal. Somos fruto de lo que hicieron nuestros antepasados y esas lecciones que nos da la historia tienen que servir para no repetirla. Hago un llamamiento a no olvidar a ese joven de Víznar, a visualizarlo en teatro, en cine, en música, en múltiples ámbitos. Si lo sacamos y lo volvemos a enterrar, estamos aceptando que nada tiene importancia, que lo humano muere por el designio de unos asesinos y que no hay nada que hacer. Sí se puede. Y sabemos cómo hacerlo.

L’espai d’opinió reflecteix la visió personal de l’autor de l’article. iSabadell només la reprodueix.

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