He perdido la cuenta de las capas de pintura que se han desconchado de mi estructura; parece que ya a nadie le importa. Si me preguntasen cuántos inviernos llevo anclado a este trozo de acera en la avenida Concòrdia de Sabadell, tendría que mentir; la memoria se me ha ido pudriendo al mismo ritmo que los listones de madera que sostienen mi armazón. Hubo un tiempo en que fui marrón, un marrón brillante que competía con las hojas otoñales de los árboles cercanos. Hoy soy una amalgama de astillas grises, óxido devorador, en fin, una piltrafa.

Sin embargo, aunque mi cuerpo cruja con el viento que llega desde Sant Llorenç del Munt o desde el litoral, mi memoria emocional sigue intacta. Yo no soy solo un trozo de hierro y madera maltratado; soy el cronista silencioso de este barrio. Por mis listones ha pasado la vida en su estado más puro. Aún puedo sentir el temblor en las manos de aquel joven, que se sentó en mi extremo izquierdo para ensayar la declaración de amor más torpe y hermosa que he escuchado jamás; o recordar el llanto de alguien que recibe una triste noticia por teléfono. He sido el pilar de mucha gente… No obstante, son las personas mayores mis clientes más fieles, aquellos que entendían que el tiempo no es algo que se persigue, sino algo en lo que uno se sienta a esperar. Muchos de ellos aprovechaban el sol de la mañana, viendo pasar a los alumnos que entraban y salían del instituto. Sentados aquí durante horas y horas, decían que yo era el único que no les metía prisa. Nos hacíamos compañía mutua en nuestra lenta y digna decadencia.

Pero los tiempos han cambiado en la Plaça Sant Roc. Ahora, los despachos del Ayuntamiento huelen a laca, a superficies enceradas y a una urgencia cosmética que me resulta ajena. Me he enterado, más por los gorriones que me visitan que por las personas que se sientan aquí, de que la alcaldesa Marta Farrés ha sacado la billetera municipal. Nada más y nada menos que más de 545.000 euros. Un festival de billetes para comprar más de 2.300 nuevos elementos urbanos. Bancos relucientes, sillas ergonómicas de diseño vanguardista, quizás también papeleras con tecnología punta y mesas de picnic impolutas. Dicen que muy pronto empezarán a colonizar toda la ciudad. Huele a elecciones. Vienen a sustituirnos, a borrarnos del mapa.

Mientras los camiones del progreso pasan de largo frente a mí, ignorando mis tornillos sueltos y mi estructura coja, no puedo evitar que una risa amarga y astillada me recorra los ensamblajes. Es una ironía casi perfecta, una comedia de salón político que se representa a diario a pocos cientos de metros de donde agonizo.

He escuchado los discursos de nuestra alcaldesa. La he oído en las campañas, frente a los micrófonos y en los panfletos institucionales, con proclamas solemnes en favor de la gente mayor. Se le llena el pecho de orgullo democrático cuando habla de luchar contra el “edadismo”, esa palabra tan moderna que usan para definir el desprecio a lo viejo. La administración se rasga las vestiduras exigiendo respeto para esa franja de edad indefinida, prometiendo ciudades amables para la tercera edad, entornos accesibles y el fin de la exclusión de nuestros mayores. “No podemos dejar a nadie atrás por el simple hecho de acumular años”, dicen los folletos que el viento a veces estampa contra mis patas oxidadas. Qué maravillosa hipocresía. Qué elocuente contradicción de diseño y catálogo.

Porque mientras la alcaldesa firma decretos contra el edadismo humano, practica un edadismo urbano implacable, feroz y estético. A los viejos de madera y hierro nos aplican la eutanasia del olvido. Para nosotros no hay planes de rescate, ni proyectos de restauración, ni el tierno respeto que se le debe a quien ha servido con lealtad durante décadas. No interesamos porque no brillamos en las fotos de las redes sociales; un banco lijado y repintado no vende el relato de una “ciudad de referencia”. Es mucho más lucrativo, visual y políticamente rentable gastarse medio millón de euros en sustituirlos a todos por clones de plástico compuesto y acero frío, desprovistos de alma, de pasado y de rozaduras humanas. Con lo fácil y barato que hubiera sido que una vez al año pasara personal de mantenimiento a cuidar mi estructura. La madera no es eterna, pero si se la cuida, si esa mano de pintura se ejerce con cariño, no estaría pidiendo clemencia. Nos dejan morir en las esquinas mientras predican la sostenibilidad y el cuidado de los vulnerables. Nos condenan al desguace por el imperdonable delito de haber envejecido en el cumplimiento de nuestro deber. Es el triunfo de la fachada sobre la memoria.

Siento que mi hora se acerca. El crujido de mi travesaño central me avisa de que el próximo temporal de invierno será el último. No llegaré ni a la precampaña electoral del mes de mayo que viene. Me pregunto si cuando los operarios vengan con las palancas a arrancarme de la acera para tirarme a un contenedor de basura, la alcaldesa estará cerca, inaugurando con una sonrisa y un reel algún banco de diseño.

Que lo disfruten. Que se sienten en esos nuevos altares del gasto público. Pero les advierto algo a los que vengan detrás: la madera nueva no sabe escuchar. El plástico reciclado no guarda el calor de los que ya no están. Disfrutad de vuestro medio millón de euros en muebles relucientes, Sabadell, pero recordad que una ciudad que no sabe cuidar de sus viejos (ni de carne ni de madera) es una ciudad que está comprando, a precio de oro, su propia amnesia.

El diari digital iSabadell obre la possibilitat als representants d’entitats, partits polítics i altres col·lectius a enviar articles d’opinió, reservant-nos el dret a la seva publicació. L’espai d’opinió reflecteix la visió personal de l’autor de l’article. iSabadell només la reprodueix.

Comparteix

Icona de pantalla completa