iSabadell.cat
‘En nombre de la tradición’, por Josep Asensio

Todavía resuenan en mi mente las imágenes y las voces de aquel energúmeno que, desde la ventana de una habitación del Colegio Mayor Elías Ahúja en Madrid, se dirige a las vecinas del colegio mayor femenino de delante, el Santa Mónica. “¡Putas, salid de vuestras madrigueras como conejas!”, es una frase que quedará para siempre, señalada como el ejemplo más claro de humillación hacia las mujeres. No me olvido de esa parafernalia coreográfica bien estructurada donde decenas de jóvenes levantan las persianas al unísono, dotando a todo ello de una aureola amenazante que da miedo.

A mí, personalmente, no me sirven las excusas de esos jóvenes que, ahora, se sienten avergonzados de lo que han hecho. Estoy convencido de que se trata de una treta más de un colectivo que pretende pasar página de cara a la galería y seguir con su vida en esa burbuja de niños bien, de machismo repugnante, al que, no hay que olvidarlo, también aplauden algunas de las chicas que, desde sus ventanas, oían los cánticos que provenían del colegio de enfrente. Quizás eso es lo que más me preocupa; la banalización de la violencia machista, sea esta verbal o física, por parte de un sector nada despreciable de mujeres que siguen aceptando miradas lascivas y frases y aptitudes de denigración hacia ellas, porque, en el fondo, muestran al macho dominante, al hombre rudo, sexualmente poderoso y alejado de posicionamientos demasiado sensibleros.

A nadie se le escapa que este no es un caso aislado. El Colegio Elías Ahúja es un reducto de niños malcriados donde sus padres pagan religiosamente una cuota de 1.200 euros mensuales. Dirigido por los Padres Agustinos de la Provincia Matritense del Sagrado Corazón de Jesús, se inauguró el 6 de octubre de 1969 y, según reza en sus estatutos, los jóvenes son “educados en valores humanos y cristianos por medio de la convivencia, la cultura, el deporte y la solidaridad”. Nada más lejos de la realidad. Los más de 3.000 alumnos que han pasado por allí representan ni más ni menos que a una manera de ver la vida en la que la mujer no es más que una coneja, una zorra, a la espera de la llegada del macho ibérico, “una especie bastante evolucionada, con una masa craneoencefálica muy superior a la de otras manadas colindantes”, según palabras del exdirigente del PP Pablo Casado, otro de los alumnos de esa institución que también aplaude la simbología nazi.

De todo lo que he ido leyendo estas semanas me quedo con la reflexión del periodista Enric González en la Cadena SER, Ellos y ellas, donde retrata brevemente las características de unos “cachorros” de familias pudientes y que, basándose en las tradiciones, denigran y humillan a todo lo que no va con ellos y ellas. Nos advierte de que, en unos años, esos jóvenes que llaman putas a sus vecinas, estarán gobernando, en consejos de administración de grandes empresas, en puestos de poder y, consecuentemente con sus pensamientos, “sabemos cómo nos tratarán”.

Los que quieran ver una broma, una novatada con cierto mal gusto y banalizar la situación se equivocan completamente; los que quieran ver el reflejo de toda la juventud, también. Pero es que aquellos que se preguntan mil veces qué hemos hecho para crear a estos monstruos tampoco deberían martirizarse otorgándose el papel de culpables. La sociedad, las sociedades en su conjunto, son complejas y no cabe una generalización que lo que consigue es una desmoralización gradual y la vuelta al caos. Por eso son tan importantes las campañas de concienciación, la puesta en marcha de programas que pongan el acento en el respeto mutuo, en la necesidad de denunciar actitudes machistas que puedan derivar más tarde en violencia de género. La prevención, la educación, son la base de actuaciones futuras.

No es ningún secreto que los alumnos de esa escuela, como de otros colegios mayores del mismo estilo, sean estos masculinos o femeninos, pertenecen a familias con unas ideas muy concretas. Católicos de misa, cercanos a la extrema derecha, con un racismo implícito hacia todo lo que represente pobreza, son el caldo de cultivo de una masa heterogénea de gente guapa, a la que le estorban otros especímenes más apegados a la libertad. Ellos y ellas, por el contrario, están más cercanos a esa ‘libertad’ que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha prostituido. Una libertad en la que no cabemos todos, en la que cualquier intento de mejorar la vida de todos y todas es tachado de ‘comunismo’. Ella es la que prácticamente se ha quedado sola, no queriendo condenar los gritos machistas de los alumnos del colegio Elías Ahúja. Una posición que nos debería preocupar.

Y, en cambio, nos debería alegrar saber que la Fiscalía abrirá diligencias de investigación para estudiar si esos cánticos machistas entonados por decenas de jóvenes del colegio Elías Ahúja pudieran constituir un delito de odio. La prensa de extrema derecha madrileña ya se ha apresurado a asegurar que la investigación no prosperará, alineándose con esos sectores que creen fervientemente en la consolidación de las ‘tradiciones’, negando también la democracia como valor de unidad, ignorando que la mayoría de la sociedad vamos en otra dirección. Eso es lo que más nos debería preocupar. La no aceptación de leyes y normas tendientes a acabar con aptitudes generadoras de violencia por parte de un grupo que se hace fuerte en instituciones de dudosa ética democrática. Lo estamos viendo ya en Europa, en Hungría, en Italia. Esos niños mimados, criados en ambientes burbuja, llegan al poder y giran la cara a lo que les molesta, a lo que no representa ese mundo ideal, de guapos y guapas que todo lo tiene. Ellos y ellas, como decía Enric González. Si no les paramos los pies, acaban con nosotros.

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa