“La peor gestión de la peor pandemia en un siglo ha salido ya no reforzada, sino lo siguiente. Ni residencias de ancianos, ni porcentajes de muertos, ni sanidad pública destrozada por décadas de liberalismo pepero. Nada de eso ha importado al final. Al final han importado las cañas. Ou mama, hazte un meme”.
Pablo Rivas, Periodista.
Me gustaría saber qué están pensando en estos momentos esos muertos madrileños que perdieron la esperanza de recuperarse en un hospital, a los que se les metió en una bolsa negra y en una cámara frigorífica para, poco después, ser incinerados sin que nadie de sus familias pudiera al menos estar a su lado. Me los imagino revolviéndose, queriendo salir de allí donde se encuentren y gritar “¡Libertad!”.
Lo sucedido en Madrid, con ese triunfo arrollador de la extrema derecha, va mucho más allá de una contienda electoral. Es la victoria de las malas formas, del desprecio como arma arrojadiza, como escudo contra los valores democráticos y del poder de lo indigno. También, el síntoma de una sociedad enferma, donde prima un carpe diem obsceno que le hace un guiño al dinero negro, a los sobornos, a la corrupción, a las amenazas y a la extorsión, con el único fin de sobrevivir en un mundo salvaje. Donde, por si eso fuera poco, la prensa alienta el enfrentamiento, con proclamas incendiarias, llamando ‘rata’ a quien no sigue el camino establecido. La ética, pisoteada; la educación, ni existe ni se la espera. No importan los muertos colaterales, ni los políticos ni los reales. No importan los ataúdes que por docenas salían de las residencias de mayores; no importan las listas de espera en la sanidad pública; realmente, ya no importa nada. Por una vez estoy de acuerdo con Gabriel Rufián: ‘Se gana abriendo bares y cerrando hospitales. Es terrible’.
Me pregunto qué pensarán esos miles de jóvenes a los que se les intenta trasladar la preocupación por el desastre que se avecina con un cambio climático que solo la extrema derecha niega y que siguen cegados por el alcohol que corre por sus venas
¿Qué pasará cuando en 2050 Madrid alcance los 50 grados, tal y como señalan los científicos? ¿Seguirán con sus cañas en la mano y sus bocatas de calamares, con sus noches de borrachera y con sus corridas de toros? Se adaptarán, no cabe duda. Se trasladará la ‘fiesta’ a la madrugada y seguirán aplaudiendo el triunfo de los que les ofrecen ‘libertad’ a cambio de nada, manifestándose en la calle Génova, símbolo inerte de la putrefacción política.
El dolor que siento en estos momentos y que me durará un tiempo, no es como consecuencia de unos resultados electorales trágicos para Madrid y para toda España y que pueden cambiar con el paso de los años. Lo es por lo que representa, porque es una herida mortal a los valores de solidaridad, de respeto a las personas, vengan de donde vengan, tengan el color que tengan, se encuentren en la situación que sea. Es una lesión que se silencia con una bandera y una palabra, pero que lleva implícito un cáncer que pretende acabar con décadas de trabajo constante por la igualdad, por la tolerancia, por el humanismo, en definitiva. Una apuesta, la de la mayoría de madrileños, por el egoísmo más rancio, por el rechazo a que quien más gane aporte más para lograr de alguna forma un poco más de justicia social. No, no quieren eso; sí lo contrario. El desprecio a lo que huela a colaborar, a darse la mano, a consensuar ideas, a sostener a los más desfavorecidos, como fórmula ganadora.
Sé que muchos me van a tachar de demagogo. Es lo que suele pasar cuando los estúpidos no quieren ver lo que tienen delante y se dedican a banalizar ciertas conductas. Otros me dirán que la izquierda tiene que hacer autocrítica y que más que un triunfo de la derecha extrema es un fracaso de la izquierda que ya no sabe por dónde va. No es verdad.
Estos resultados en Madrid no son más que la exaltación de la tribu, de un ‘nadie nos tiene que decir lo que tenemos que hacer’, en línea de los postulados de Mateo Salvini en Italia y de Marine Le Pen en Francia. Un elogio a las emociones con banderas nacionales terroríficamente enormes y que callan la boca a cualquier intento de uniformidad, de tirar del carro todos unidos. Un ‘sálvese quien pueda’ digno de la más terrible insolidaridad.
Quiero recordar en estos momentos los comentarios de un conocido, llamémosle así, que me confesaba que había recapacitado y que estaba convencido de que la mujer tenía que volver a la cocina y los homosexuales al armario. Me eché las manos a la cabeza. No podía entender que una persona culta, de mediana edad, se cargara de un plumazo todo el esfuerzo por la igualdad que se había hecho en estas últimas décadas en España. Me decía que la mujer no podía tener ese protagonismo, que se nos estaba yendo de las manos, que ‘hordas de maricones’ se habían adueñado de las instituciones, de la televisión… Y que todo esto había que pararlo como fuera. Con un lenguaje belicista se veía al frente de un desfile deteniendo a esa gente que, según él, ponía a España en peligro. Cuando llegué a casa, caí exhausto en el sofá, preguntándome mil veces qué habíamos hecho mal como padres, como educadores, como ciudadanos, preguntándome el porqué de tanto odio.
La noche del pasado día 4 de mayo recordé que mi ‘amigo’ me había dicho en esa misma conversación que ‘había que comer’, que el carro no podía pararse porque los ‘rojos’ quisieran cambiar la sociedad, porque la sociedad no podía cambiarse. Lo tenía tan claro como que no le importaba que los agricultores sobrexplotaran los acuíferos y eso pudiera provocar daños gravísimos, como así se demostró en el terremoto de Lorca en mayo de 2011. Tampoco le dio importancia a la contaminación de los mares, de las aguas, a los microplásticos que ya ingerimos por todas partes, porque según él, ‘había que vivir’. Y me lo imaginé aplaudiendo a Ayuso frente al televisor, con lágrimas en los ojos, orgulloso de que sus tesis ya gobernaran Madrid. Y soñó que esa misma salvadora de la patria se convertía en presidenta del gobierno y él podía seguir pagando en negro a esos inmigrantes hambrientos que recogía en una furgoneta cada mañana y que vivían hacinados bajo unos plásticos en el campo. Y giraba la cabeza ante esas colas del hambre, porque al fin y al cabo no eran más que vagos y parásitos que no querían trabajar.
En la otra punta de España, también en Bélgica, había gente que aplaudía la conquista de Madrid, porque también soñaban con una crispación que les permitiera, ahora sí, dar ese paso hacia la unilateralidad. Llevaban años deseando que esa mano tendida, que esa moderación que se había instalado en la Moncloa, desapareciera para siempre. Así se llenaban de argumentos. Y veían, por fin, entrar los tanques por la Diagonal, el sueño hecho realidad, y los muertos se contaban por centenares.
Una visión apocalíptica que daba un rédito enorme a esos extremismos a los que nos les importa nada ni nadie. Y se veía gente llorar, agazapada en cualquier rincón preguntándose, como yo, que dónde estaba el sentido común y la humanidad. Y se veía un túnel.
Foto portada: pla mitjà d’esquenes del president del PP, Pablo Casado, i de la guanyadora de les eleccions madrilenyes, Isabel Díaz Ayuso, al balcó de la seu del carrer Génova saludant els simpatitzants congregats, el 4 de maig de 2021. Autor: ACN.
