Es posible que algunos quieran ver el asalto al ayuntamiento de Lorca como una anécdota, como una acción de unos vándalos, de unos energúmenos, de una minoría que no acepta que se empiecen a poner las bases para una economía más sostenible. Pero el silencio de Pablo Casado, la asistencia de las alcaldesas de Fuente Álamo y de Puerto Lumbreras y las sonrisas cómplices de los concejales, todos ellos del PP, dan un giro a todo este asunto. La violencia de la acción, también verbal, traspasa todos los límites y es un atentado a la democracia. Leo que, si esto hubiera pasado en Alsasua, por ejemplo, las fuerzas del orden hubieran actuado con más contundencia y ya estarían todos los autores detenidos. Yo no voy a tirar por ese camino.
La Región de Murcia es un laboratorio sociológico muy interesante. Los bandazos electorales son muy llamativos en una comunidad autónoma donde ha gobernado la derecha desde hace más de veinte años y donde el porcentaje de votantes, sumando la extrema derecha, se mueve en torno al sesenta por ciento. A pesar de ese gran apoyo, en las elecciones municipales de 2019, la izquierda ganó en los municipios más importantes de la región, entre ellos, el de Lorca, donde, el voto de los concejales de Ciudadanos, fue indispensable para que el PSOE se hiciera con la alcaldía.
Así pues, es sorprendente constatar que, en poco espacio de tiempo, se han producido amplias movilizaciones que han conseguido su propósito a pesar de la férrea oposición de los cargos electos murcianos vinculados a la derecha más extrema. Una de ellas fue la que reclamaba el soterramiento de las vías del AVE a su paso por la ciudad de Murcia. El ayuntamiento, en manos del PP en ese momento, hizo todo lo que estuvo en su mano para aplastar las numerosas concentraciones multitudinarias, en las que la actuación de la policía y la aplicación de la Ley Mordaza, no consiguieron el efecto deseado. Muy al contrario, la visualización de las demandas y la implicación, no solo de la sociedad murciana en su conjunto, sino también de amplios sectores de la sociedad española, obligaron a los responsables a sentarse y a negociar. El daño que se podía producir no soterrando las vías era enorme, pues significaba aislar definitivamente los barrios más pobres del sur. Afortunadamente, el final es feliz y Murcia (ahora con gobierno de PSOE y Ciudadanos) puede presumir de ese soterramiento que va a significar, especialmente, una remodelación de la parte superior en forma de grandes zonas de recreo y de paseo, además de unir para siempre barrios que estuvieron siempre a expensas de los pasos a nivel.
La otra gran movilización fue como consecuencia de la contaminación del Mar Menor. La Iniciativa Legislativa Popular logró su cometido reuniendo más de las 500.000 firmas necesarias, a pesar de las trabas del gobierno regional en manos de PP, Ciudadanos y Vox que se unieron en el tramo final de la recogida de firmas, percibiendo el éxito de la campaña y por miedo a quedar retratados aún más. No obstante, durante este periodo tuvieron lugar las elecciones generales, donde, paradójicamente, en el entorno del Mar Menor, el que más está sufriendo la huida del turismo de sol y playa, el voto mayoritario fue para Vox, con porcentajes cercanos al 40 por ciento, partido que defiende que todo siga igual, que no se actúe de ninguna manera contra la contaminación de los acuíferos y de las ramblas que vierten los fluidos nítricos a la laguna causando la muerte de todo ser viviente.
Explico todo esto porque tiene relación con lo sucedido en Lorca. Durante todos los años de gobierno de la derecha en Murcia, ya sea en la región o en los ayuntamientos, la anarquía y la corrupción ha sido la norma. Las leyes se han respetado muy poco y el aumento de explotaciones agrícolas y ganaderas ha sido descontrolado y nada inspeccionado. El dinero negro es una constante en este tipo de empresas y los diferentes gobiernos han hecho la vista gorda porque existía, de facto, todo un entramado de corrupción y amiguismo que daba sus frutos de formas diversas. La construcción de amplias urbanizaciones, campos de golf y recalificaciones de terrenos iba asociada (y todavía ahora sigue siendo así) a esos empresarios que, además, siguen contratando a miles de trabajadores sin papeles, sin derechos y al margen de la ley.
Precisamente en Lorca, como en muchos municipios de la Región de Murcia, puede verse a horas tempranas del día, a decenas de personas esperando en algún lugar a que una furgoneta pase y el conductor les diga que suba. Trabajarán de sol a sol doce horas por 20 euros que se pagarán al final del día, esperando que, al día siguiente, ese ‘empresario’ cuente con ellos. Hay más. Ya a las afueras de Lorca se percibe ese olor a purines, a granjas que se encuentran por doquier, en cualquier sitio, a tan solo unos metros de escuelas o centros de salud. Muchas de ellas no cuentan con las preceptivas licencias y hacer inspecciones es poco menos que peligroso dado la actitud de esos pseudoempresarios. Y esas alcachofas, ese brócoli, ese tomate o ese embutido serán el fruto de un esclavismo y una falta de ética aceptados por la sociedad, aplaudidos por la derecha y la extrema derecha y que algunos bienintencionados quieren eliminar. Por eso Lorca es el síntoma de una sociedad enferma, el reflejo de una parte de la ciudadanía que no quiere plantearse un futuro mejor para sus hijos o nietos, que, o no se cree o no quiere creerse la brutalidad del cambio climático que se avecina o se toma a broma los malos augurios o es conscientemente egoísta o pasa de todo. O todo junto.
Todos, absolutamente todos los estudios, hablan de una Región de Murcia convertida en un desierto en poco menos de 30 años y un Mar Menor completamente inundado por la subida del mar Mediterráneo. Ante todas estas evidencias muchos, muchos más de los que pensamos, optan por seguir el mismo camino, como si nada pasara. En Lorca, por ejemplo, los científicos alertaron de que los terremotos en la zona son consecuencia de la sobreexplotación del acuífero del río Guadalentín. Los ganaderos lorquinos, apoyados por la derecha y la extrema derecha, apuestan por las macrogranjas, llamando ‘comunistas’ a los que les advierten del peligro que se avecina. Muchos murcianos confiesan en privado y en público que para qué se van a movilizar si no hay ninguna posibilidad de revertir la situación. Una posición de pasotismo que ralla lo absurdo. Al más puro estilo de la película No mires arriba. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Foto portada: captura de pantalla del asalto al ayuntamiento de Lorca.
