Foto portada: niños en la franja de Gaza, en 2015. Foto: Pixabay

‘Israel: la obscenidad perpetua’, por Josep Asensio

Suena el despertador, temprano, como cada día, como cada lunes. Cuesta levantarse. El frío ha hecho su aparición de manera sorpresiva, sin esperarlo. La calefacción ya funciona a pleno rendimiento y se hace necesaria una ducha donde el agua tibia relaje y despierte sincrónicamente. El café hará el resto. Una tostada, una loncha de jamón y un zumo de naranja. De fondo, un locutor analiza la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro en las presidenciales de Brasil. Lo llama el Donald Trump del trópico y advierte de una desestabilización en la zona y, quizás, en el mundo. Poco después se hace referencia al aniversario de la declaración de independencia de Catalunya y al programa de Jordi Évole que fue de los más vistos ese domingo. También a la derrota de los partidos tradicionales en las elecciones regionales en Alemania y el ascenso de los Verdes y de la extrema derecha. Sin respiro, el periodista augura un cese inminente del Lopetegui al frente del Real Madrid después de la clara derrota ante el Barça. Acabo mi desayuno, apago la radio y me dispongo a leer las noticias en diferentes medios escritos.

Paso por encima de las que me parecen menos relevantes y reparo en una que vuelve a golpearme. Ya no me sorprende que esté situada en un ángulo, casi imperceptible, con titulares minúsculos, como si el que la hubiera escrito no quisiera que se leyera, como si hubiera sido publicada por obligación. Esta vez han sido tres niños los asesinados por Israel. A nadie le importa ya. Un dron ha efectuado los disparos que han provocado su muerte casi instantánea. El mayor tenía 14 años. Se encontraban al lado de la valla y el ejército sionista, en un ejercicio de absoluta mezquindad, explicó que “aparentemente estaban dañándola y también aparentemente colocaban un explosivo”. La sola sospecha les llevó a la muerte. Una muerte, como todas en Palestina, olvidada, ausente de este mundo donde importa más la de un magnate del deporte en un accidente que la de unos niños en Palestina. Como ocurre siempre, las autoridades israelíes no permitieron el paso de las ambulancias hasta una hora después, con el objetivo de asegurarse de que estarían bien muertos cuando llegaran las asistencias sanitarias, como así ocurrió.

La sistematización de estas prácticas convierte al estado de Israel en un asesino sin escrúpulos. De todos es sabido, de todos es aceptado. Porque ese silencio, de los medios, de los políticos, de gran parte de la sociedad, se convierte en cómplice directo de esas matanzas selectivas. La limpieza étnica que Israel está efectuando sobre la población civil palestina es de tal envergadura,  que merecería la atención de toda la comunidad internacional. La impunidad con la que se actúa no produce los efectos deseados en la sociedad y, a pesar de las campañas de boicot, muy loables y necesarias, la verdad es que la muerte planea a diario sobre los empobrecidos habitantes de la franja de Gaza y de Cisjordania.

Pero esas matanzas no lo son solo mediante la actuación militar. Mujeres embarazadas se desangran en los pasos fronterizos esperando la autorización para acceder a un hospital; enfermos de cáncer agonizan ante la imposibilidad de conseguir medicación o una operación. El cáncer es precisamente una de las enfermedades que más ha aumentado en esta zona. La utilización de productos químicos, la mayoría prohibidos, es otra de las fórmulas que el gobierno sionista utiliza para llevar a cabo esa limpieza étnica encubierta. Y el daño colateral de esta situación es el aumento espectacular de los suicidios y de las enfermedades mentales.

Pero este genocidio lo es también contra los árabes que viven en Israel, que han visto como su lengua ha sido apartada de las instituciones en un claro intento de excluirlos también de la vida pública y de las instituciones para, así, ignorarlos y, por lo tanto, desatenderlos y expulsarlos. Israel se ha convertido no solamente en un estado asesino sino también en un ejemplo de hostilidad hacia los más elementales derechos de las personas, obviando deliberadamente las resoluciones de la ONU y atacando también de manera premeditada a los ciudadanos que no son judíos, y eso teniendo en cuenta que más del 20 por ciento son árabes. Otra forma de selección de la raza…

De hecho, la aprobación de la “Ley Fundamental” a mediados de septiembre lo deja bien claro: Israel queda consagrado legalmente como un Estado para los judíos, garantizando su carácter étnico-religioso, imponiendo el hebreo como único idioma oficial y garantizando por ley los privilegios de los ciudadanos judíos.

Ya no sorprenden los silencios colaboradores de los gobiernos del mundo. Ni los muertos anónimos, ni los disparos del ejército israelí contra la población indefensa palestina, disparos, dicho sea de paso también, que se producen con armas que pretenden destrozar las extremidades y causar daños irreparables en las personas. Pero sí que sorprende el silencio del Papa Francisco, que ha demostrado en diversas ocasiones su empatía y su apoyo a comunidades indefensas. Y la de líderes mundiales que podrían hacer algunos gestos que desactivaran la maldad del estado de Israel. Mientras tanto, la prensa colabora con ese silencio que resulta mortal para todo un pueblo.

A pesar de las fotos icónicas, de los muertos diarios, de la destrucción de viviendas, de la colonización indiscriminada y salvaje, de expolio de campos de olivos y de pozos de agua, seguimos tomándonos nuestro café con la más absoluta tranquilidad.

Alguien me dirá que no podemos hacer nada y yo le respondería que al menos que nuestra mente no aparque este sufrimiento, que pensemos en el boicot a los productos de Israel como solución realista y con efectos también efectivos. Pero lo más importante es que no lo olvidemos. Que los palestinos y las palestinas existen y que ese dolor perenne que les impide vivir dignamente tiene un responsable, Israel, pero que nuestro olvido es susceptible de convertirse, si no lo ha hecho ya, en culpabilidad.

Foto portada: niños en la franja de Gaza, en 2015. Foto: Pixabay