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‘Madrid: un paseo de la libertad entre los muertos’, por Josep Asensio

“Los matrimonios de los cócteles. Las familias de la misa del domingo. Los ricachones de palco en el Bernabéu y acciones en el club de golf. Las señoras de las obras de caridad. Las de casas en Marbella. O en Sotogrande. Porque lo de Ibiza se lo dejaban a los nuevos ricos horteras. Como mucho, toleraban Menorca”.

Carme Chaparro. Fragmento de su última novela No decepciones a tu padre.

“Madrid lo hicieron entre Carlos III, Sabatini y un albañil de Jaén, que era el que se lo curraba”.

Francisco Umbral, escritor

He dudado mucho en escribir este artículo. También en el título. Básicamente, porque tengo amigos en Madrid (ciudad y comunidad autónoma) y no quería ofender a nadie; aunque, a estas alturas, a quién le importa lo que allí tenga que ver con el sufrimiento, con la humanidad. Cuando en una sociedad el bocata de calamares o la cerveza es más importante que la salud y la vida de las personas, algo va mal. O es una colectividad enferma o se han perdido ya todos los valores. Cuando la economía se convierte en el único estandarte, en la única salvación, girando la cara a los derechos más fundamentales de hombres y mujeres, entonces o se denuncia constantemente o huimos de las proclamas y del lugar. Yo prefiero rebelarme contra esa falsa libertad que Ayuso no para de pregonar y que produce unos efectos colaterales muy dolorosos que se callan deliberadamente. Soy consciente, también, que en mi artículo no hago diferencia entre Madrid capital y la comunidad. ¿Acaso la hay en lo que se refiere al tratamiento de las personas, en cuanto al desprecio hacia lo público?

Madrid es una ciudad impresionante. Los típicos tópicos que suelen ser sinónimo de prejuicios, quedan automáticamente diluidos en la heterogeneidad de sus habitantes, en la mezcla de culturas, de acentos. Porque si algo define a Madrid es su interculturalidad, su facilidad para atraer a gentes venidas de todas partes y que se integran aparentemente sin dificultades. Una convivencia que la ciudadanía madrileña ha ejercido a pesar de los ataques constantes de la élite que ha ido esquilmando poco a poco las arcas públicas (explicado perfectamente en el artículo del médico especialista jubilado Carlos Barra Galán, El interminable hilo del expolio), y la corrupción en la Comunidad de Madrid creando mecanismos para privatizar la sanidad, ofreciendo descaradamente dinero público a fondo perdido a escuelas privadas, destruyendo, también, la democracia. No obstante, por encima de toda esta casuística, los madrileños han disfrutado y ejercido esa libertad que ahora ha sido, ya definitivamente, secuestrada por la extrema derecha, por una prepotente de libro, Isabel Díaz Ayuso, que ha sabido arrastrar a una no despreciable cantidad de ciudadanos hacia tesis que menosprecian los problemas y ensalzan el ocio, la restauración, la juerga, en definitiva, el dinero, por encima de otras consideraciones. Un carpe diem con muertos encima de la mesa.

La lista de agravios es tan extensa que da para más de un artículo, pero he decidido concentrarlo en uno solo para que los lectores indaguen en lo que les explico o, si lo prefieren, aplaudan las acciones que consideren. En eso, sí que hay libertad. Nada más faltaría. Yo empezaría por aquellas decisiones que se tomaron en pandemia para no derivar enfermos domiciliarios, ancianos en su mayoría, al hospital, aunque ahora se ha sabido que esa orden también llegó a los ambulatorios. El binomio salud y economía que ha enarbolado Ayuso durante la pandemia tiene como resultado más de 7.000 muertos en residencias y casi 17.000 hasta el día de hoy. Su última afrenta, pasar de todo cuando le recuerdan esos fallecimientos. Su arrogancia no tiene límite. Y esto no acaba con la vacunación. El sector privado ya absorbe uno de cada dos euros del dinero destinado a la sanidad pública de Madrid, mientras que se mantienen cerradas las urgencias en la atención primaria y se desechan más de 100.000 vacunas tras caducar en las neveras y 800.000 madrileños siguen en listas de espera de más de seis meses pasa ser atendidos en centros de salud, un 36 por ciento más que el año anterior. El recorte presupuestario en la sanidad pública se corresponde con el plan de Díaz-Ayuso para el desmantelamiento de la atención primaria en Madrid y que recortará más de 2.000 empleos en los centros de salud y consultorios. Y con una inversión pública en tauromaquia que dobla la del ejercicio anterior. ¿Saben quién está detrás de ese negocio? Pues nada más y nada menos que Florentino Pérez, el grupo alemán Fresenius y el holandés DIF. Madrid es, de lejos, la comunidad con mayor grado de privatización sanitaria de toda España. Y la lista de corruptelas no para. La semana pasada se supo que Ayuso adjudicó a dedo 1,5 millones de euros en mascarillas a un empresario amigo suyo.

En otro orden de cosas, Madrid es la ciudad europea con mayor mortalidad por la contaminación del tráfico, mientras que el mes pasado se descubrió que uno de sus vertederos tiene las emisiones de metano más altas de toda Europa y que el 73 por ciento de la basura que generan los madrileños no se recicla y va a parar precisamente a esos lugares que van envenenándolos poco a poco. En vez de reaccionar, se ha aprobado una nueva ordenanza municipal que, lejos de avanzar hacia la movilidad sostenible, hará aumentar el tráfico de automóviles y motos en Madrid Central, planteándose más restricciones para las bicicletas y suprimiendo medidas tan demandadas como las Zonas de Aparcamiento Vecinal. Y relacionado con el desprecio a la muerte, considerándola como un daño colateral para la supervivencia económica, cabe resaltar que Madrid ha perdido más de un millón de gorriones en diez años, un claro ejemplo del veneno que recorre sus calles. Ajenos a esta circunstancia y fiel a su soberbia y engreimiento, Ayuso autorizó el pasado mes de octubre la caza de pájaros cantores como jilgueros o verderones, una práctica que motivó un expediente de sanción europeo contra España suspendido en 2019 al paralizarse los permisos en todas las comunidades autónomas.

A todos estos datos, que muestran la descomposición de una sociedad, la madrileña (quién sabe si también es reflejo de lo que pasa en este planeta), se unen las risotadas de indiferencia de Ayuso y sus hooligans, cuando se les recuerda que se han recortado 5.000 profesores en la escuela pública y que 30.000 jóvenes se han quedado sin plaza en FP; y cuando se les advierte que la Cañada Real lleva un año sin luz y que no se puede rechazar la ley de alquileres del gobierno. Esa panda de estómagos agradecidos sonríe con sorna cuando alguien les conmina a que hay que cerrar a las casas de apuestas que se encuentran cerca de los institutos y que hay que actuar contra la obesidad infantil y que hay que denunciar el negocio de los agentes inmobiliarios en zonas humildes de Madrid que consiste en conquistar a los vecinos para que vendan sus viviendas. De esta manera, pueden alquilarlas a precios desorbitados, lo que ha llevado a más de seis mil ricos a mudarse a Madrid en cinco años, también por las bajadas de impuestos.

Acabo con un dato escalofriante. Otro más. Las víctimas de violencia de genéro, en su mayoría mujeres, han estado más de seis meses sin un establecimiento municipal específico en el que poder refugiarse después del cierre del albergue que abrió Manuela Carmena. Una eternidad para esas personas que han tenido que buscar desesperadamente algún lugar donde esconderse. Por si esto fuera poco, en marzo, Ayuso declaró que “los hombres sufren más agresiones que las mujeres”, a lo que la periodista Carme Chaparro le respondió: “Que vaya a una casa donde hay mujeres escondidas porque, si sus parejas saben dónde están, las matan”. Hay más. Médicos y ONG denuncian que la Comunidad de Madrid dificulta el acceso a tratamientos de VIH a inmigrantes en situación irregular que ya lo habían iniciado o que acaban de llegar a España.

Por eso y por el dolor que todo esto genera en las personas, no entenderé nunca que el futbolista Gerard Piqué confiese que sienta “envidia sana de Madrid”, añadiendo que “es un ejemplo para todo el mundo”. Y que el director catalán Jaume Balagueró reconozca que “la libertad” es lo que más le gusta de Madrid. Será porque han caído en la trampa de taparse los ojos ante la desgracia humana y prefieren deslumbrarse con las campañas publicitarias de la comunidad de Madrid donde todo es diversión, espectáculo y felicidad. Ver para creer. Yo prefiero confiar en que alguna de las diferentes querellas que familiares agrupados en la Marea de Residencias han presentado contra Ayuso salgan adelante, a pesar de que algunos tribunales madrileños las están archivando, una muestra más de que algo huele a podrido en esa comunidad. La esperanza no hay que perderla. Por dignidad.

Foto portada: la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, en un acto con restauradores durante la última campaña electoral madrileña.

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