Se acabó el Campeonato del Mundo de Fútbol con la merecida victoria de España, después de tantas suspicacias por las ayudas arbitrales y trumpistas a Argentina. Ganó el fútbol y, como dijo el seleccionador nacional, Luis de la Fuente, pocas horas antes del partido definitivo, “por el bien de Argentina, el arbitraje tiene que ser impecable”. Y parece que lo fue, al menos así lo vi yo. No obstante, el futbol a gran escala tiene esa connotación manipuladora y alienante, capaz de hacernos olvidar por un tiempo todas las desgracias que nos ocurren a nuestro alrededor.
No voy a detallar aquí todas las formas de esa alienación, pero basta con comprobar el esfuerzo de muchas personas por comprar camisetas, gorras, banderas, incluso de pagar cantidades desorbitadas de dinero por asistir a la final. Es un espectáculo que me sorprende cada vez que ocurre un acto de este tipo, de qué manera somos capaces de mirar hacia un único punto por un interés deportivo o patriótico a pesar de que esto signifique hipotecar nuestra vida o nuestro salario.
Este mundial ha sido, según mi opinión, un claro ejemplo de desviación de la realidad con claros objetivos políticos. Teniendo a Trump como presidente de los Estados Unidos, ya podíamos imaginar que, por ejemplo, las pausas de hidratación lo serían de publicidad para hacer ganar mucho dinero a empresas afines. También, lo del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quitándole la tarjeta roja a un jugador norteamericano. No obstante, la manipulación más hipócrita no ha sucedido entre jugadores, sino en la ceremonia celebrada durante el descanso del partido España-Argentina y en la canción interpretada por Justin Bieber, Everything Hallelujah. A pesar de esta última palabra en hebreo, no se trata de un himno religioso, sino de un tema aburrido y hasta empalagoso donde se resalta la importancia de las pequeñas cosas como un beso, un amanecer, un bebé gateando, dar un paseo, ver la salida del sol, soñar, amar, mirar, nadar, respirar el aire… Una especie de We Are the World de Michael Jackson, con una intencionalidad clara, la de adulterar y engañar, la de hacernos creer que EEUU es el gran país de la democracia, de la humanidad. No somos estúpidos y, si nos paramos un poco a pensar, Trump sigue aplaudiendo el genocidio en Gaza, a pesar de esos bailes histriónicos al lado de nuestra selección. Una mentira en forma de canción y que es un insulto a los que están muriendo por culpa de Trump y Netanyahu y que no pueden hacer nada de lo que dice Justin Bieber con normalidad.
Y creo que es de justicia recordar que allí, en Gaza, en medio de la destrucción, en medio de una masacre que no cesa, que mata cada día a personas inocentes, un hombre, un trabajador humanitario palestino, Mohamed Fawaz al-Wahidi, había logrado instalar una pantalla gigante para que los gazatíes pudieran ver el encuentro entre Argentina y Egipto. No podemos ni imaginar el esfuerzo de esta persona que, junto a sus compañeros del Comité Egipcio de Ayuda en la Franja de Gaza, logró esa proeza. El esfuerzo era encomiable, dada la falta de suministros y de toda clase de instrumental técnico. Aun así, lograron instalar esa pantalla que era, además, un símbolo de humanidad en medio de la muerte, una clara intención balsámica para unos ciudadanos que tenían también derecho a disfrutar, aunque solamente fueran unos minutos.
Pero Israel hizo el trabajo que lleva haciendo más de setenta años: acabar con la esperanza de los palestinos. De una manera u otra, matándolos directamente, destruyendo hospitales y ambulancias, matando a médicos y personal sanitario, contaminando pozos o negando la entrada a la ayuda humanitaria. Israel envió un misil al coche que trasladaba a Mohamed Fawaz al-Wahidi al lugar donde se iba a poder ver el partido. En ese bombardeo, en ese asesinato selectivo, también fallecieron más personas: Ahmed Jehad Rajab Doghmosh y dos hermanos, Fadi y Hamash Abdulla al-Deiri, de ocho y doce años respectivamente, que transitaban por la calle justo en el momento en el que el misil impactó el auto en el que viajaba Mohamed. Hace tan solo seis días, el futbolista de la selección palestina sub-17, Fadi Nassan, y jugador del club local Al Mughayyir, también fue asesinado por colonos israelíes en la Cisjordania ocupada.
Lo más grave, a mi entender, es el silencio de la FIFA, pero también de los jugadores y de las selecciones nacionales. Entre la algarabía del triunfo y los sollozos por las derrotas, debiera haber alguien que nos recordara que están asesinando a gente que tiene el mismo derecho que cualquier otro a disfrutar el deporte. Cuando se calla, se es cómplice; cuando se mira hacia otro lado, se es cómplice; cuando se dice que el deporte no es política, se es cómplice; cuando se asesina a futbolistas, a periodistas deportivos, a personas que, como Mohamed Fawaz al-Wahidi, solo querían que, por unos instantes, sus ciudadanos se evadieran de la muerte, se es cómplice.
Y parece que en este loco mundo hay más cómplices que personas dispuestas a denunciar la barbarie. Nos hemos acostumbrado a ese dolor que sufren otros sin percatarnos de que alguna vez puede llegar a los nuestros. Quizás nos mentimos a nosotros mismos, por miedo, por ignorancia. Y así nos va… Mohamed Fawaz al-Wahidi no es un héroe. Es el símbolo de una humanidad que sigue luchando por no caer en el pozo de la indiferencia. En poco tiempo muchos olvidarán su nombre. Hasta es posible que algunos de mis lectores hayan dejado de leer porque creen que ya pasó, que no tiene importancia, que es un muerto más en una guerra. Para mí, no lo es. Gracias, Mohamed. No te olvidaremos nunca.
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