¡Libertad, libertad! ¡Estamos secuestrados! ¡Papi, mami, sacadnos de aquí! ¡Es inhumano estar encerrados en una habitación! ¡Ya no sabemos qué hacer! ¡Nos aburrimos! ¡Que venga Ayuso y nos saque de aquí en nombre de la libertad! ¡No lo soportamos más! ¡Que alguien haga algo!
Bueno, bueno, aquí tenemos una de las consecuencias de esta generación burbuja, acostumbrada a hacer lo que le da la gana con el beneplácito de sus padres, a los que les deben una falta de responsabilidad ignominiosa, una inmadurez pegada a sus cuerpos de adolescentes y que arrastrarán seguramente toda la vida. Una promoción de vividores, de egoístas e insolidarios que, a pesar de no ser mayoría (o quizás sí, quién sabe), pasean sus “penalidades” allí donde se encuentran, llorando por sandeces, implorando esa camiseta de marca, apuntándose a botellones y fiestas diversas donde el alcohol corre por sus venas. Unos conductos incapaces de reaccionar por el bien de todos, un circuito donde la sangre pocas veces llega al cerebro y, si por casualidad lo hace, es para reforzar ese materialismo implícito, ese vergonzoso canibalismo que se lleva por delante a cualquiera y que ahuyenta cualquier atisbo de humanidad, de fraternidad, de defensa del conjunto de la sociedad.
No olvidemos que estos niñatos de pacotilla, los que fueron a pasar sus vacaciones a Baleares, con la connivencia de sus papás y mamás, también de las agencias de viajes que les ofrecían la juerga como pilar de sus diferentes estancias, nunca tuvieron en sus mentes la palabra prudencia. ¿A quién le importaba entre los que querían emborracharse, practicar sexo, bañarse en la piscina o estar hasta las tantas en cualquier plaza haciendo botellón y los que se frotaban las manos con el dinero que iban a ganar existe una fraternidad (esa sí, claro) que los une y de qué manera?
Esos irresponsables, unos y otros, papás y mamás incluidos, nunca pensaron en la posibilidad de los contagios porque, en el fondo, qué importa un muerto más o un muerto menos si, al fin y al cabo, fallecen los mayores, esos que ya no pintan nada y, bueno, los jóvenes lo pasan sin darse cuenta, asintomáticos, dicen, y que hay que vivir, que son cuatro días, y que, bueno, si alguien cae por el camino, pues qué se le va a hacer, es ley de vida, de algo hay que morir, que nos quiten lo bailao. Un carpe diem completamente interesado. Vergonzoso.
Lo vivido estos días, con esos adolescentes consentidos en los balcones pidiendo ser rescatados, es el fruto del trabajo hecho por una parte de la sociedad que ya no acepta los límites, que ha prostituido el término “libertad”, que empezó hace ya tiempo con políticos, autoridades y personajes mediáticos que se jactaban (y se jactan todavía) de haber traspasado líneas, de haber incumplido normas y leyes y no les ha pasado nada. Esos jóvenes han escuchado las declaraciones de Kiko Matamoros, por ejemplo, en las que confesaba su adicción a la cocaína, y se enorgullecía de ello, y no pasaba nada. Y lo hacía en un programa de máxima audiencia, no para educar y concienciar a los más jóvenes de que no se engancharan; todo lo contrario, era una declaración de principios en los que aseguraba que seguía sin pasar nada, que allí estaba, con una fuerza indestructible, como un toro, vamos. Y no digamos ya una Verónica Forqué completamente desdibujada, instalada en una decrepitud intelectual preocupante, haciendo apología del consumo de marihuana, también en ese espejo televisivo que está haciendo mucho daño en una juventud que carece de referentes humanistas y que se ve obligada a apoyarse en individualismos egocéntricos, narcisistas y con un materialismo exacerbado, su único pilar y en el que basan sus vidas.
¿Qué reacción podemos esperar de esos chicos y chicas que han comprobado que ningún sancionado por el incumplimiento de las leyes pandémicas, ha pagado las multas impuestas? ¡Es que este país es la hostia! Y esa generación que lloriquea porque tiene que guardar cuarentena en un hotel de lujo, que tiene que confinarse por el bien común, aplaude a los negacionistas, ningunea a sus abuelos, también a esos padres que se arrastran en sus entornos laborales para que sus hijos e hijas puedan tener el último modelo de móvil o puedan chillar ¡libertad! aun ignorando su significado completo. Los miles de contagiados les importan un rábano. Sus intentos de huida son proporcionales a la oquedad de sus cerebros y valdría la pena que alguien propusiera su internamiento por un tiempo para intentar entender sus actuaciones, su falta de empatía con los miles de muertos, su falta de sensibilidad con su propio entorno familiar, padres y abuelos, también con ellos mismos. Tanta información hace que se queden con lo que les interesa y, claro, la playita, el viaje, el hotel y lo que surja, está muy por encima del velar por la vida de la colectividad. Esos niñatos necesitan urgentemente un psicólogo.
Con unos padres y madres, no solo ya desorientados, sino ausentes y que han tirado la toalla, cabe destacar el papel de los educadores. Aunque en un primer momento se especuló con que habían sido los propios centros escolares los que habían organizado los viajes, poco después se supo que se habían negado desde el principio y que fueron los alumnos y alumnas los que contactaron con las agencias de viajes y montaron todo el tinglado; unos viajes donde iban menores sin acompañamiento.
Y, no es un dato banal, alumnos de centros privados, en su mayoría, que han hecho aumentar los contagios en los barrios de clase alta de sus ciudades. Pijos, muy pijos todos… Qué quieren que les diga… Después de miles de contagios se buscan responsables. ¿Las agencias de viajes? ¿Los menores? Clarísimamente, los padres. No dejen de leer el artículo Pijos no acompañados, de Antonio Maestre, y la carta de una jefa de estudios recriminando a sus alumnos por “ir a Mallorca en busca del coronavirus”.
¡Cuántas veces habremos oído que la escuela está muy alejada de la sociedad! Pues en este caso, me alegro, y mucho, de esa distancia. En la escuela se enseñan valores, se trabaja por una sociedad más justa, solidaria. Después salen a la calle y es la selva. ¿La escuela tiene que preparar para la selva o para luchar contra ella? Yo lo tengo claro. Hace tan solo unas décadas, el vínculo entre las familias y los educadores era sólido y compacto. El respeto al profesorado gozaba de una férrea fortaleza y las actuaciones eran consensuadas. El presente, lo sabemos todos. La escuela se ha convertido en un reducto donde se inculcan esas capacidades, esas aptitudes, que nos deben llevar a un mundo mejor. Y ese refugio, a pesar de su soledad, debe seguir así por siempre, luchando contra ese Goliat que autodestruye al ser humano. Bienvenida esa distancia. Mientras no vuelva a solidificarse esa unión, es lo que nos queda. Y hay que apostar por ello. O eso o el caos. Y, desgraciadamente, estamos en el caos. Salir de él es el reto.
Foto portada: estudiants confinats a l’hotel de Mallorca. Autor: Reuters via ACN.
