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‘No es país para viejos’, por Josep Asensio

Ni país, ni sociedad. Lo viejo huele a viejo, valga la redundancia; y mucho antes de la pandemia. Allí se vio claramente el calvario que sufrían miles de personas mayores en residencias, la mayoría privadas, que subsistían en condiciones deplorables. Madrid fue, sin duda, el punto más caliente de una desafección hacia esa franja importante de edad que ya molesta, que rompe los esquemas de una administración que percibe a nuestros mayores como una carga. En el fondo, no es más que el reflejo de una sociedad enferma, donde el humanismo ha perdido todas las batallas.

Hace unos días presencié un hecho que me llamó la atención y al que no tuve más remedio que responder. Un hombre se acercó a unos jóvenes que tomaban unas cervezas en pleno centro de Sabadell. Los saludó efusivamente y les preguntó por su situación actual. Intuí rápidamente que había sido su profesor unos años atrás y que, aparentemente, sentían aprecio hacia él. La conversación duró unos minutos en los que cada uno de aquellos jóvenes expuso su recorrido después de la salida del instituto. El profesor, por su parte, mostró su alegría por esa nueva etapa en la que se encontraba, lejos ya de la docencia, confesando que echaba de menos el contacto con esos estudiantes. En definitiva, que había disfrutado con su trabajo y que se sentía orgulloso de la labor desarrollada. Se despidió con la misma sonrisa con la que había llegado, deseándoles a sus exalumnos mucha suerte en la vida.

Lo que yo había percibido como un encuentro amable y sincero, no fue más que un teatro, un cínico espectáculo cargado de la más absoluta hipocresía. Apenas unos segundos después de la partida del profesor, aquellos jóvenes empezaron a criticar su decrepitud, su manera de andar, su doblez en ese cuerpecillo y su calvicie. Durante casi 15 minutos, despedazaron su personalidad, buscando aquellos defectos inherentes a su edad, con un señalamiento brutal hacia su aspecto físico sin ningún tipo de vergüenza. Me levanté crispado y me dirigí hacia aquella mesa en la que la dignidad estaba ya por los suelos, donde ese ultraje hacia su antiguo profesor me dolía a mí también. Me planté ante aquellos jóvenes y les dije: “Espero, en primer lugar, que lleguéis a la edad adulta; y en segundo lugar, que eso que habéis dicho de vuestro profesor, lo oigáis vosotros en vuestros propios oídos”.

Sé que fui duro, pero no podía reaccionar de otra manera. Hacía tan solo un par de horas que había escuchado el testimonio de Mariano Turégano García, de 82 años, criticando las condiciones en las que viven los ancianos en las residencias, un grito de auxilio apagado por la inmediatez, por esta sociedad que decide aparcar a nuestros mayores porque ya no son productivos. Una vulneración flagrante de los derechos humanos que hemos ido olvidando, quizás porque, en el fondo, nos incomoda ese viejo o vieja que va perdiendo facultades, sin ser conscientes que, tarde o temprano, nosotros mismos seremos ellas y ellos.

La manifestación del pasado día 17 de septiembre en Madrid, reclamando otro modelo de residencias, pretendía visualizar lo que todo el mundo calla, el negocio en el que se han convertido esos aparcamientos para mayores, en los que la falta de los servicios más elementales pone en peligro su propia vida. Desgraciadamente, en muchas de esas pequeñas cárceles de la muerte conviven personas con diferentes grados de dolencias, algunas mentales, otras físicas, lo que dificulta el trabajo de los profesionales. A todo ello se añade la usura de unos empresarios que únicamente buscan una ganancia económica y hacen lo posible por escatimar los recursos disponibles, a pesar de que reciben el dinero de todos los contribuyentes. Curiosamente (o no), durante la pandemia las residencias públicas gestionaron mejor el caos que sobrevino y, en general, no son las que reciben las críticas de los usuarios, lo que demuestra el afán y la especulación de los gerentes de las privadas.

Pero ser viejo es algo más que quedar aparcado en una residencia. Incomprensiblemente, la jubilación representa en nuestra complicada sociedad una fractura, una amputación de consecuencias no suficientemente valoradas. La persona queda huérfana de vida, pero es que, además, esa sociedad ya no cuenta con él o con ella; pasa a un estadio en el que, como decía Miguel Delibes, “la jubilación es la antesala de la muerte”. La gran incongruencia de esta época es tener a los viejos más activos de todas las épocas apartados y encerrados en sus propios guetos, en sus propias actividades, en círculos cerrados donde no existe la posibilidad de esa relación entre generaciones que sería tan provechosa.
Pero ¿son los jóvenes los que no quieren saber nada de los mayores o son estos últimos los que prefieren relacionarse con los suyos? A mi entender, las dos cosas. Las personas mayores han ido perdiendo esa fuerza, esa importancia dentro de la familia, de la sociedad. Pero tampoco ayuda la creación de aulas y extensiones universitarias para mayores, como si estos no fueran capaces de sobrellevar actividades más “para jóvenes”.

Siempre me he preguntado por qué en las actividades pedagógicas desarrolladas por algunos ayuntamientos en sus museos o edificios singulares no hay personas mayores que vivieron aquellas épocas. Siempre encuentro un joven que se aprende de memoria la historia, pero es incapaz de traspasar un mínimo de empatía. Está claro que no podemos trasladarnos al pasado para explicar, por ejemplo, las vicisitudes de un ciudadano en la Barcelona de la Edad Media; pero sí que podemos escuchar las palabras de los que trabajaron en las minas de sal de Cardona porque muchos de ellos todavía siguen allí, con toda seguridad aparcados y olvidados delante de cualquier televisor. Estoy convencido de que les encantaría poder explicar con sus propias palabras todo lo que allí vivieron.

Mientras no valoremos a nuestros mayores, mientras sigamos viéndolos como un estorbo, como un material de desecho, la sociedad en su conjunto seguirá estando enferma. En una época donde parece que empezamos a mirar con lupa las actuaciones de empresas, de colectivos, de jefes y patronos, donde nos interesa la ecología, lo que comemos, quizás sería importante empezar a preocuparse por esa gente que, en soledad, sufre el más absoluto abandono, porque, lo repito, tarde o temprano, todos y todas pasaremos por allí.

Foto portada: un ancià en una parada de bus de l’avinguda de Barberà. Autor: M. Tornel.

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