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No sucumbiremos a la erosión de la empatía

12 de abril. Moll de la Fusta en el puerto de Barcelona. Decenas de barcos con banderas palestinas se disponen a zarpar hacia Gaza. En tierra, un enorme escenario ofrece música, cánticos, proclamas en defensa de la libertad de un pueblo que lleva sufriendo demasiado tiempo. La tristeza, la desesperación y la impotencia se mezclan con la esperanza, que es lo único que impulsa a ese nuevo viaje lleno de incógnitas, repleto de almas cuyo único objetivo es alcanzar las costas de la ciudad del Fénix para llevar lo básico.

Imposible relatar la cantidad de elementos y de emociones que se unen en ese espacio. Nada importan los insultos que puedan recibir por parte de los sionistas o de una extrema derecha abonada a los discursos de odio y a una cobardía intrínseca que les une a los avasalladores. Allí se encuentran gentes de todo tipo, humanistas a los que se les revuelven las conciencias cuando Israel asesina a niños y a niñas, a mujeres. Personas que, ante la pasividad de los gobiernos europeos, no pueden permanecer impasibles frente a los bombardeos de hospitales, escuelas, universidades y frente a las matanzas deliberadas de fotógrafos y periodistas.

Acte de sortida de la Flotilla cap a Gaza, fa unes setmanes, al Moll de la Fusta de Barcelona. Autor: ACN.
Acte de sortida de la Flotilla cap a Gaza, fa unes setmanes, al Moll de la Fusta de Barcelona. Autor: ACN.

Percibo que muchas de las personas que se encuentran en tierra desearían subir a uno de esos barcos, esperando poder dar en mano a cualquier habitante de Gaza una botella de agua, un kilo de arroz o un abrazo. Cualquier cosa que pudiera darse a esas gentes sería agradecida. No obstante, solo unos cuantos van a poder hacerlo, al menos hasta que Israel decida abordarlos, humillarlos, maltratarlos. Esa imagen se proyecta en las miradas de todos los presentes, pero eso no impide que la fuerza de sus convicciones, que son también las mías, impulse el viaje y todo lo que conlleva.

Una de las integrantes de esa flotilla que intenta llegar a Gaza es Emi. Ella es el claro reflejo de la tristeza interior que renace impulsada por la humanidad, pidiendo tan solo que no nos olvidemos de Palestina, que cada uno haga lo que buenamente pueda. Lo hace con humildad, sabiendo que no es fácil levantarse del sofá después de ver las imágenes de la destrucción en Gaza. No nos obliga a hacer nada. Su prudencia, su templanza y su mirada transmiten esa paz necesaria también en nuestros espíritus. De nada sirve soliviantarse, indignarse o quejarse si luego no somos capaces de salir de nuestra zona de confort. Por eso nos pide que recordemos al doctor Hussam Abu Safiya, que lleva más de seis meses detenido arbitrariamente por las autoridades del estado genocida de Israel. Fue capturado tras el asalto al hospital Kamal Adwan, poco después de que su hijo fuera asesinado y él mismo resultara herido por un ataque con drones. Sabemos por los datos que aporta Amnistía Internacional que ha sufrido torturas, agresiones y falta de atención médica y que ha perdido más de veinticinco kilos. Además de colaborar y de participar en las campañas en marcha para pedir su liberación impulsadas por diferentes organismos y entidades sociales, Emi nos propone un acto de una sencillez abrumadora, que le escribamos cartas, que, aunque es muy probable que los sionistas las intercepten, pensemos por un momento en que le llegan, las lee y conseguimos por un momento que le reconforta, que se abstrae de su cautiverio y, consecuentemente, se apercibe de que no está solo, de que miles, decenas de miles, millones de personas están con él.

La historia de este médico, enfrentándose al ejército de Israel después de que este destruyera el hospital donde trabajaba ya en condiciones muy precarias y matara a la mayoría de facultativos, es digna de elogio. Pero no solamente por la valentía de plantarse sin armas, con las manos vacías, ante las fuerzas de ocupación; Hussam Abu Safiya debería ser un ejemplo, de hecho, ya lo es, frente a la mentira, frente a la cultura de la guerra; un modelo que se basa únicamente en el respeto a las normas internacionales, a la justicia, a la paz.

El olvido es siempre injusto. La destrucción deliberada de la cultura y de la historia palestina, así como de las personas que la conforman, no podrá nunca borrarse, a pesar de esos lobbies y esos poderosos que aplauden la idea del Gran Israel como divina. Es duro transmitir la idea de que sobre la destrucción de todo un pueblo tenemos la obligación de asentar los cimientos del nuevo, pero es la única salida a toda esta sinrazón.

Acte de sortida de la Flotilla cap a Gaza, fa unes setmanes, al Moll de la Fusta de Barcelona. Autor: ACN.
Acte de sortida de la Flotilla cap a Gaza, fa unes setmanes, al Moll de la Fusta de Barcelona. Autor: ACN.

Cuando veo las imágenes de la devastación de una de las más importantes bibliotecas de Gaza, con centenares de libros esparcidos entre los escombros y, acto seguido, a varias personas limpiando uno a uno el polvo que se adhiere a sus páginas, barriendo, impregnando un poco de dignidad a una de las salas, pienso que no está todo perdido. Cuando veo a una niña leyendo uno de esos libros en la soledad de otro edificio destruido, pienso que no hay nada perdido. Cuando veo a Emi hablar frente a una cámara en alta mar, en la cubierta del barco de la esperanza destino Gaza, creo aún más en el ser humano. No podemos sucumbir a la destrucción de la empatía que nos quieren imponer unos cuantos. No podemos y no debemos.

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