iSabadell.cat
‘Orestes y Jaime: empatía versus deshistorización’, por Josep Asensio

Muchas veces no sabemos por qué, pero nos atrapa algo que nos hace olvidar las miserias que inundan las televisiones y las redes. Puede ser un anuncio, una serie, un programa, un hecho que se sucede cada día a una determinada hora. Y entonces, como si se parara el tiempo a nuestro alrededor, nos sumergimos en eso que nos hace felices por unos instantes y dejamos la mente en blanco, únicamente absorta en ese contexto, en esa especie de mundo al que echamos de menos si no está.

En mi caso, son muchos esos instantes en los que mi cerebro se evade de las problemáticas cotidianas, en los que pareciera que desea respirar y dejar de lado todo aquello que otros quieren que veamos. Desgraciadamente, la guerra en Ucrania lo acapara todo y cada vez dan más ganas de volar hacia otros lugares, hacia otros estados más placenteros. Y, como digo, eso lo ha logrado durante muchas semanas el duelo entre Orestes y Jaime en Pasapalabra. Alguien podría pensar que, en definitiva, se trata de una chorrada, de un entretenimiento más, de una huida hacia adelante completamente superficial. Otros dirían que la mente necesita esas circunstancias para poder coger aire, para seguir activa, existiendo. El caso es que Orestes Barbero y Jaime Conde han conseguido que me plante cada tarde poco antes de las nueve de la noche ante la pantalla para vivir ese duelo que significa el rosco y adivinar con ellos las palabras definidas. La propia cadena organizadora del programa reconoce que miles de telespectadores se conectan solo para ver el rosco, el momento más importante de la emisión tan bien presentada por el andaluz Roberto Leal.

Y poco a poco se produce un proceso de asimilación hacia uno u otro de los participantes. No sabemos cómo, si son sus respuestas, sus explicaciones, sus miradas o sus roscos completados casi al completo, lo que consigue que empaticemos más con uno de los dos. Y poco a poco vamos conociendo sus historias personales, sus anhelos, sus preocupaciones. Y ahí estamos nosotros, vívidos de saber, de conocer aún más sobre esos personajes que nos alimentan, también, el espíritu.

Y tras ciento dos enfrentamientos, Jaime ha caído en la silla azul, esa sanción impuesta desde la organización del programa para aquel que pierde en el rosco el día anterior. Y las lágrimas de Orestes se hacen virales en redes. Los hay que, en el anonimato del sistema, le insultan llamándole payaso, dudando de sus sentimientos; otros, se alegran de la doble pifia de Jaime, metiéndose con su tímida personalidad, humillándole y riéndose de sus nervios. Un programa de entretenimiento convertido en vertedero de telespectadores frustrados y fracasados. ¡Qué le vamos a hacer!

No obstante, vale la pena resaltar el poder que esos concursantes tienen sobre los que les siguen. El propio Jaime reconocía en una de sus intervenciones que lo paraban por la calle para agradecerle esos momentos de dicha, de satisfacción, de espectadores que, por cualquier motivo, estaban en casa, sin salir. El rosco se convertía, por decirlo de alguna manera, en un bálsamo, en un alivio momentáneo, del que muchas veces los participantes en el concurso no eran conscientes. Y Jaime, según mi modesta opinión, ha sido algo así como el representante de los tímidos, que se ha ido abriendo poco a poco, demostrando la humanidad que llevaba dentro y que, por diversas circunstancias, era incapaz de transmitir. A su amplio conocimiento y a su humildad se han unido sus muestras de cariño hacia los invitados al programa, al propio Roberto Leal y a Orestes. Todo esto lo digo sin menospreciar la personalidad atrevida y dicharachera de Orestes. A decir verdad, los dos han formado un tándem increíblemente empático, cercano, con una conexión total con todos.

Las casualidades no existen y ha llegado a mis manos un artículo sobre lo que se llama deshistorización. Deshistorizar es quitar y obviar la historia del individuo, desentenderla, desatenderla. De alguna manera deshabitar su vida. Es decir, que veamos a una persona solo por el rol que ejecuta en ese momento, dejando de lado todo lo demás, un proceso que conlleva a su vez cierta fosilización identitaria de los sujetos sobre quién recae. De hecho, es casi inevitable que, a pesar de esa apertura efectuada durante tanto tiempo, veamos a Orestes y a Jaime como dos simples concursantes, obviando su “historia”, su vida personal. Quizás es mejor así, aunque en este mundo morboso en el que vivimos nos empuje a conocer detalles más íntimos. Les invito a hacer la prueba escribiendo sus nombres en un buscador y se darán cuenta de lo que les digo.

Y justamente leyendo este artículo y comprendiendo el concepto de deshistorizar me viene a la mente la cantidad de veces que etiquetamos a individuos por su trabajo, por su posición. Y vemos a aquella cajera de supermercado como eso y nada más. Nos importan un pimiento sus sentimientos, sus vivencias personales y, consecuentemente, la tratamos como “cajera” y no como “persona”. Lo mismo con un barrendero o con un albañil. No digo yo que tengamos que investigar o adentrarnos en la vida de la persona que nos pasa un artículo por un escáner, pero si pensáramos un poco más en las interioridades de las personas con las que tratamos, quizás el mundo iría un poco mejor.

Nou comentari

Comparteix

Icona de pantalla completa