No hay como viajar para conocer gentes de diversa índole que dan también una imagen de esta España en la que estamos inmersos, llena de problemáticas diversas y de bulos, muchos bulos. Al final, uno llega a la conclusión de que se cree lo que quiere creerse, que, aunque nos expliquen con pelos y señales que no, que esa noticia es falsa, acabamos asimilando la mentira como cierta.
En mi último viaje a tierras navarras coincidí con unas 50 personas. Ya en la primera comida, las miradas prejuiciadas resultaban clarificadoras de lo que podía suponer una semana juntos. Así pues, acababas sentándote al lado de aquellas que considerabas más o menos de tu estilo, aunque yo no tuve demasiada suerte en ese sentido, porque coincidí con una señora claramente racista y con una retahíla de bulos que iba explicando al resto de los comensales en referencia al accidente de trenes de Adamuz y las incidencias en Rodalies. Como era de esperar, no tardó demasiado en lanzar el que se refería al “regalo” del gobierno español, socialcomunista y sanchista, que le había hecho a Marruecos. La frase: “Mientras aquí faltan medios para nuestras infraestructuras, se regala dinero a Marruecos” Antes, había vomitado su odio contra inmigrantes, menores no acompañados, con el típico discurso de que vienen a robar y a violar a nuestras hijas, okupas de pisos, defendiendo a los que dignamente se ganan la vida alquilando pisos de una habitación a 1.000 euros. Quien no pudiera pagarlo, pues que se fuera a otro lugar. Un símil parecido al de Isabel Díaz Ayuso cuando dijo que las mujeres que quisieran abortar lo hicieran lejos de su comunidad autónoma.
En ese viaje, pudimos visitar un monasterio de clérigos teatinos, una orden que, lo confieso, no había oído nunca. El sacerdote encargado de explicarnos tanto la historia del edificio como la vida monacal tenía experiencia pedagógica, pues intentó con éxito evidente trasladar de manera muy amena las normas y los quehaceres diarios de la comunidad formada por unas diez personas. En un momento dado, habló de Jesucristo, de cuando recorría Palestina. Al acabar, esa misma señora le espetó diciéndole que Palestina nunca había existido y que, en todo caso, era Judea. Otro clérigo aseguró que lo que sí existía en esa época era Israel. Los dos se equivocaban y los dos estaban de acuerdo implícitamente en la desaparición para siempre de Palestina.
El primer monje calló, quizás por prudencia, pero casi seguro que por no entrar en la polémica de tintes racistas que podía desencadenarse. Yo me inmiscuí en el asunto advirtiendo que la Biblia nombra varias veces Palestina, no como un gobierno, no como un estado, sino como una zona en la que se incluyen Judea, Galilea y Samaria. Por ejemplo, en el Éxodo, el segundo libro de la Biblia, o en el Libro de los Salmos. La mujer, ya muy alterada, me respondió que “esa gente no tiene derecho a existir”.
Me separé de ese monstruo de manera inmediata, sabiendo que iba a expandir su odio por todos los lugares, allí donde pudiera, tratando de manipular la historia, inmersa en esa ola que lideran personajes llenos de maldad. La verdad es que no sabía adónde ir. Me había afectado tanto la última frase de ese engendro que quería huir. No obstante, mis oídos captaron la del monje que había pronunciado la palabra Palestina y que había estado callado. Dios acepta a todos los hombres y mujeres en su reino. Ni lengua, ni raza, ni condición son obstáculos para que Dios los abrace. Los palestinos también son hijos de Dios.
Respiré algo más tranquilo al percatarme de la valentía de aquel ser vestido con túnica blanca y que emanaba una bondad casi imposible. Su afrenta, entre solidaria y humanista, iba más allá de una mera declaración religiosa. Suponía, de hecho, una clara apuesta por un mundo donde cupiéramos todos. La maldad, representada por esa mujer, quedaba fuera de Dios, fuera del mundo. Ella, con semblante desdibujado, quizás creyendo que la Iglesia aplaudía el racismo, se apartó del cura, como el que ha visto al diablo, no sin antes decirle que gente que vive debajo de un puente no puede ser nunca hijos de Dios. Ella, claro, vivía en un apartamento de casi 200 metros cuadrados frente al mar. Sus dos hijos trabajaban en sendos organismos internacionales y ganaban una pasta. Y esa pasta, o la parte de los impuestos que genera, nunca iba a ir a mantener a indeseables.
Desgraciadamente, todavía no se había producido el anuncio de la regularización de inmigrantes por parte del gobierno de España. No obstante, estoy convencido de que ese monje hubiera estado, como Jesucristo, al lado de los pobres, de los vulnerables, de los más desfavorecidos, en la línea de la Conferencia Episcopal y de Cáritas. Gracias, padre Manuel, por su humanidad, por, desde un valle escondido entre montañas en Navarra, recordarnos que Palestina existió, que sigue existiendo, que las gentes a las que quieren matar y aniquilar también son hijos de Dios, hijos del mundo. Gracias.
