Cuando las noticias golpean con inusitada intensidad y hacen que despertemos de nuestro letargo cerebral, entonces nos percatamos de que la realidad es mucho más dura de lo que parece. Nunca quisimos aceptar que en esas bolsas que las cámaras de seguridad captaron en las manos del asesino yacían los cuerpecitos de Anna y Olivia y preferíamos imaginarnos que su padre se las había llevado a otro país y que, en el peor de los casos, las había secuestrado y que el dolor de esa madre sería apaciguado por el pensamiento de que en algún lugar seguirían vivas.
Pero no, la vida no es muchas veces como nos la imaginamos. Cuando vimos al buque del Instituto Español de Oceanografía (IEO) Ángeles Alvariño empezar a rastrear con un sonar los fondos marinos de la costa de Santa Cruz de Tenerife, nuestra mente se negaba todavía a aceptar un desenlace fatal y, ante el descubrimiento de una funda nórdica y de una botella de oxígeno del padre de las niñas, respiramos por un instante. Mientras tanto, la difusión de fotos y vídeos de Anna y Olivia nos aliviaba en cierta manera, creyendo más que nunca en la hipótesis del secuestro. El impacto fue tremendo. Ya no había posibilidad de imaginar otro desenlace. Ni de que solo hubiera matado a Olivia y de que Anna siguiera viva. Poco a poco se descubrió el plan macabro de Tomás Gimeno, ideado para crear un daño perpetuo y permanente a la madre, lo que se ha denominado como violencia vicaria.
Y aunque la vida sigue, no hemos podido permanecer impasibles ante el horror, frente a esa salvajada que se traduce en el asesinato de un padre contra sus propias hijas, con el objetivo de causar el mayor dolor a esa mujer a la que, ahora lo sabemos, había maltratado y humillado durante años. Y nos hemos mimetizado con Beatriz, la madre de las niñas, con su pena, y hasta con ellas mismas, compartiendo ese dibujo de dos sirenitas, aunque no supiéramos por qué lo hacíamos. Seguramente era una manera como otra de mostrar nuestra solidaridad, nuestro apoyo en la lejanía, una pequeña demostración de amor que muchos han criticado después. La propia autora, la ilustradora MadeByCarol, ha respondido así:
“El amor no duele, no humilla, no chantajea, no persigue, no controla, no genera miedo, no prohíbe, no insulta, no acompleja, no viola, no esclaviza, NO MATA”.
Y mientras el dolor permanece en nuestros cuerpos, parece que no hay tregua para el rencor ni para el odio. Y entonces aparecen monstruos en el escenario de la fatalidad en forma de capellán estrafalario que tiene la desfachatez y la desvergüenza de echar la culpa a la madre, por su infidelidad, sostiene. Y un torero machista, quizás todavía con las manos manchadas de sangre y con la adrenalina supurando por sus poros, afirma que ese asesinato no es un crimen machista, apoyando las tesis de esos otros machistas que se apartan de las pancartas de rechazo a la violencia de género con excusas sin fundamento.
Y a mí me gustaría que, en vez de payasos mediáticos, en vez de tanto engendro esperpéntico, apareciera en los platós Gloria Fuertes; y que, con esa voz rasgada hiciera un pequeño poema a Anna y a Olivia, donde personajes de todo tipo impulsaran de alguna manera algo de amor en todo esto. O quizás donde recitara su Poema del No, del no a la tristeza, del no a la violencia, del no a la injusticia y del no al dolor. Y que Federico García Lorca resucitara por un instante acompañado por cualquiera de sus personajes, y que sus pececillos de sombra y plata jugaran con su lagarto llorón; y que su canción tonta se transformara en dulce alegoría frente a esa violencia que mata a las mujeres; y que el simbolismo de su luna junto a la guitarra que llora no se dibujara más en sus labios. Federico se abrazaría a Juan Ramón Jiménez y juntos recitarían Platero y yo. Y Anna y Olivia aparecerían cubiertas de algodón, rozando las florecillas de todos los colores.
Todo sería diferente si en ese decorado comparecieran personas que se alejaran del morbo y se acercaran más a la plática sosegada, al respeto más absoluto y al rechazo sin tapujos a esa atrocidad. Desgraciadamente, prima el espectáculo, la exhibición, que acaba, inexorablemente, con la empatía y seguramente con las ganas de ir más allá. No debemos permitirlo. Anna y Olivia permanecerán por siempre en nuestras memorias, pero el lastre de la violencia machista permanecerá. Javier Aroca, jurista y antropólogo decía hace unos días:
“Lo importante es la cultura machista, la existencia de esta. No si las leyes o las penas son mejores o peores. Esa cultura machista se está fomentando, por ejemplo, en la televisión basura, en las parrillas basura. Ahí es donde debería empezar la educación de nuestros hijos y de nosotros mismos y no fomentando este tipo de mensajes basura”.
El tertuliano asiduo en el programa dirigido por Jesús Cintora Las cosas claras de TV1, añadía, además, que “esta clase de consignas van acompañadas de una apología de los partidos de extrema derecha que niegan la violencia de género y que intimidan a la propia derecha para que luche legalmente contra esta lacra”. Para acabar, Aroca va más allá.
“Nos entra cultura machista por los ojos en programas basura de la televisión, a través de comunicadores y comunicadoras muy importantes de este país. Están haciendo una apología de la negación de la violencia de género. Eso pasa todos los días. Cuando un país tiene poca cultura igualitaria y encima los partidos de extrema derecha niegan esta violencia, se crea el cóctel perfecto”.
Toca, pues, estar alerta. No vale lamentarse después. Anna y Olivia son las últimas víctimas de esa violencia que, a pesar de los esfuerzos, se va enquistando. Aunque solo sea por ellas, vale la pena seguir luchando para erradicarla del todo.
Foto portada: concentración en Sabadell por el hallazgo de una de las dos niñas de Tenerife, el pasado viernes. Autor: David B.
