El viernes pasado presencié un robo en un supermercado. Más exactamente, fui testigo de la detención de una persona que, supuestamente, había cogido algo y pretendía pasar por caja sin pagar. De hecho, al entrar, me percaté de la presencia de un hombre de mediana edad algo nervioso que deambulaba por el establecimiento de manera aleatoria, sin un orden. Eso fue precisamente lo que me llamó la atención. Me miraba y daba la vuelta. Así que pensé que trataba de llevarse algo.
Cuando me encontraba precisamente en caja, fue cuando el encargado lo retuvo, a la espera de que llegara la policía, que no tardó ni dos minutos en llegar. Imagino que lo había visto como yo o por las cámaras y había avisado inmediatamente. El hombre permaneció tranquilo, casi más que cuando estaba cogiendo lo que quería llevarse. Todas las miradas fueron a parar a él, y muchas más cuando los viandantes observaron la presencia policial frente al supermercado.
El individuo no opuso resistencia. Se plantó en un rincón del establecimiento y dijo que solo quería comer. Efectivamente, sacó de la mochila unos huevos y una lata de algo que no identifiqué. Inmediatamente, me fijé en la actitud de los que allí estábamos. Los de fuera, pegados a la luna del comercio; los de dentro, mirando inquisitoriamente al ladrón. Alguien podría haber propuesto que se lo pagaba, que no hubiera escarnio sobre esa persona. Pero en estos casos, quizás lo mejor es mantenerse al margen. La gente no quiere problemas.
La llegada de la policía fue exagerada. Un empujón desmesurado al hombre que había bajado la cabeza, como aceptando lo que había hecho, unos cuantos gritos también innecesarios y una falta de sensibilidad impropia de un servidor público. Sé que muchos de mis lectores pensarán que, bueno, que era un ladrón, que se merecía ese trato, que los comercios están hartos de ese tipo de hurtos, mínimos la mayoría, pero que suceden a diario. Tienen razón; pero humillar y agredir, aunque solo sea con un empujón, a una persona que no se resiste, que reconoce lo que ha hecho, que no grita, que está callado, aceptando lo que se le viene encima, es un acto de prepotencia, un abuso de autoridad completamente lamentable.

El hombre intentaba dialogar con la policía, cosa harto improbable viendo la violencia verbal que estos uniformados utilizaban. Él repetía que no tenía dinero para comer, que solo eran unos huevos y una lata…
Salí de allí en cuanto la policía lo metió en un cuarto del interior de la tienda. La vida siguió su curso. Los que hacían cola en la caja se dispusieron a depositar sus artículos en la cinta transportadora; los de fuera intentaban ver más allá, pero, al percatarse de que el individuo ya no estaba al alcance de sus vistas, continuaron su camino.
Sé que algunos pensarán que no sé nada de ese hombre, que puede mentir como cualquiera, que quizás llevaba algo más caro metido entre el pantalón, que era un delincuente, un drogadicto, un violador, qué sé yo… A veces no somos conscientes de la facilidad que tenemos para señalar a alguien, para aniquilarlo, poniéndole tantas etiquetas como hagan falta, tantas como para tapar nuestras responsabilidades.
Decía que quizás me llamen demagogo porque comparo este hecho con los robos que se producen diariamente por parte de los bancos, de los fondos buitre tan de moda estos días, de los políticos como Isabel Díaz Ayuso, que pretendía robar un ático a todos los madrileños. Y me duele que los que acusan directamente a un hombre que se lleva unos huevos de un supermercado, llamándole ladrón, sean incapaces de llamar delincuentes a esas empresas distribuidoras que suben precios en los supermercados, obligándonos a pagar lo que nos piden. Y esos mismos, igualmente ladrones, nos roban haciendo lo mismo en los campos, chantajeando y coaccionando a los agricultores para que acepten sus precios, para que empresarios que se las dan de buenos españoles puedan después triplicarlos o cuatriplicarlos en las estanterías de sus negocios.
Me duele que esos que señalan a los pobres, a los vulnerables, a los que no pueden ni siquiera protestar, no sean capaces de percatarse de esa realidad tan cruel como los desahucios, tres al día en Sabadell. Me duele esa hipocresía que trata al pobre como delincuente y es incapaz de señalar a ciertas grandes empresas que se hacen ricas robándonos a todos. Me duele la inacción cuando los de arriba suben los impuestos; callamos y pagamos religiosamente.
De hecho, bajamos la cabeza cuando nos roban. Igual que ese hombre. Al menos él tuvo el valor y la dignidad de confesar lo que había hecho. Otros, la mayoría por lo que veo, aceptan ese robo continuo y cotidiano, incapaces de reaccionar. Al menos, tengo la esperanza de que las movilizaciones por una vivienda digna socaven la cobardía que esa mayoría lleva dentro. Quizás es un paso, un pequeño paso, pero importante. Los poderosos tiemblan, porque muchos de nosotros nos estamos dando cuenta de que quieren precisamente que seamos nosotros los acusadores, los delatores, los recriminadores de esos pobres. Pobres contra pobres, la historia de siempre. Cuantos más, mejor. Así no nos paramos a pensar en los verdaderos ladrones. A ver si nos damos cuenta de una vez por todas…
