“Espérame ahí donde estés, donde no hay dolor ni maldad”
Andrea, viuda de Younes.
En memoria de Younes Bial
Younes murió de tres disparos a quemarropa efectuados por un exmilitar que arrastraba desde hace tiempo problemas mentales. A pesar de su enfermedad, su domicilio se había transformado en un auténtico arsenal. Parece ser que Younes había salido en defensa de una camarera increpada por el asesino por estar hablando con unos marroquíes que se hallaban sentados en un bar. Después de varios forcejeos, el exmilitar se marchó y volvió con un arma con el que asesinó a Younes al grito de “no quiero moros en este lugar”.
Estos son a grandes rasgos los hechos que deliberadamente se han silenciado en cierta prensa y en algunos noticiarios de las grandes cadenas. Un asesinato más, un loco que anda suelto por ahí y en un instante de enajenación mental, aprieta el gatillo y deja viuda y tres huérfanos sin que la mayoría ponga el grito en el cielo a pesar de que se trata de un crimen racista (o igual por eso). La pregunta es obvia porque, además, ya se han producido esos mismos asesinatos, no muy lejos de Mazarrón (Murcia) donde Younes cayó muerto.
En El Ejido, hace ya 20 años, ocurrió lo mismo, pero al revés. Allí fue una mujer joven la que fue asesinada por un hombre migrante con trastornos psiquiátricos. La ira se desató en forma de decenas de vecinos que, con palos y barras de hierro destrozaron a su paso locales, comercios y viviendas de la población extranjera que trabajaba en los cientos de invernaderos de esa localidad que se ha enriquecido gracias al esclavismo que se ha hecho fuerte allí.
No es una incongruencia que El Ejido sea uno de los municipios de más de 20.000 habitantes con la renta per cápita más baja del país, tratándose de la huerta de Europa. Tampoco es una paradoja; es la constatación de la utilización de mano de obra en negro para llenar los bolsillos de unos habitantes del poniente almeriense sin escrúpulos, sin sentimientos, sin alma, y que se aprovechan de la miseria y de la necesidad de los inmigrantes para ofrecerles las migajas que a ellos les sobran. Pura inmundicia. En El Ejido, Vox ha sido, además, la fuerza más votada en las últimas elecciones generales y autonómicas, y en los comicios de abril de 2019 llegó a conseguir en esta localidad almeriense su mejor resultado en toda España en una población de más de 50.000 habitantes, casi un 37 por ciento.
Son tantas las preguntas que me vienen a la cabeza en estos momentos que soy incapaz de ponerlas en orden. Quizás la principal sea el porqué un asesinato como el de Younes se silencia de esa manera tan cruel, como si por el hecho de ser magrebí no implicara ser una persona, como si, a pesar de llevar años trabajando y cotizando en España, con hijos ya nacidos aquí, siguiera teniendo el estigma de la inmigración, del color de piel diferente, del indiscutible acento árabe. En cambio, ese español de pura cepa que fallece en las mismas circunstancias, en manos de un desequilibrado, es visto como una afrenta, como un ataque a todo un pueblo y provoca un estallido de violencia.
Me duele particularmente la posición de esas cadenas de televisión que todo lo magnifican, que todo lo convierten en un show, en un escaparate de cartón, con trampa incluida, donde lo que se pretende es lavar las mentes del espectador. Lo vemos tantas veces que ya no nos sorprende la redundancia de la información con el claro objetivo de que permanezca en nuestras memorias y estas sean incapaces de reaccionar.
Y está, además, ese permanente silencio de grandes sectores de la población que banalizan estos hechos y se echan las manos a la cabeza cuando una persona de raza diferente a la nuestra comete un delito, un asesinato, un robo. Incluso el lenguaje cambia deliberadamente para que nos quede una sola imagen. El Ejido es seguramente el símbolo de esa deshumanización, de esa ausencia de valores, de ese embrutecimiento de una sociedad que camina hacia su propia destrucción. Porque son los silencios de la mayoría los culpables de los grandes males de nuestro mundo. No lo digo yo. Los historiadores están de acuerdo en el hecho de que el fascismo, por ejemplo, llegó a Alemania de la mano de esa misma banalización que está instalándose vergonzosamente en España. Una banalización del lenguaje, de los actos, de los discursos, de los gestos, que nos lleva a un silencio cómplice. Bajo el manto de la libertad se esconden los demonios del odio que esperan el momento idóneo para asestar el duro golpe del que ya nadie pueda resarcirse. Además, como comentaban muchos de los presentes en la manifestación de repulsa por el asesinato racista, “el racismo ha subido un peldaño mortal en la Región de Murcia”. Les recomiendo la lectura del desgarrador informe de Elisa M. Almagro De cochinos muertos en mezquitas al asesinato a quemarropa de Younes: relatos de la escalada racista en la Región de Murcia, esclarecedor de la situación en esta zona. Si nos queda algo de dignidad, no debería dejarnos indiferentes.
Pocas horas después del asesinato de Younes, en Cartagena (otra vez Murcia), una mujer apuñalaba a otra en una de las llamadas ‘colas del hambre’ al grito de “nos quitáis la comida los inmigrantes”. Lo peor que es no hay un interés especial por parte de las autoriades en parar esta situación. Al menos de momento.
Y permítanme que sea claro. Ahí está Mediaset regocijándose en sus supervivientes, en sus platós y en sus tertulianos de pacotilla, mareando la perdiz en debates inconsistentes, en controversias absurdas e inútiles, con la evidente finalidad de que miremos hacia otro lado, para que, en definitiva, siga imperando un único pensamiento. Y todas las cadenas visualizando las manifestaciones de la ultraderecha, mostrando siempre en bucle a esos salvajes de la mentira, metiéndonos en la cabeza que “millones de inmigrantes entran en España a diario” para violar, para robar. Y la gente que se lo cree todo. Y risas y sonrisas de gente de bien que lo ve como un espectáculo, sin apercibir ese peligro que se cierne sobre todos.
Younes no existe para esa panda de (pongan ustedes el adjetivo). Tampoco para esos españoles cuyo cerebro está atorado y la bandera es lo único por lo que vale la pena movilizarse. Es uno más que cae en la jauría humana en la que estamos inmersos. Nadie se va a movilizar para pedir justicia, excepto su propia familia que, en la soledad, la clama al viento. De hecho, la manifestación de repulsa por su asesinato congregó a dos centenares de personas, la mayoría magrebíes y con una ausencia vergonzosamente reveladora de las autoridades, a excepción del alcalde, que acudió a título personal. Una muestra más de ese despiadado y cruel silencio que, no obstante, esconde el más feroz de los racismos.
En Mazarrón, donde por cierto también Vox ganó las últimas elecciones generales con un 32 por ciento, sus vecinos permanecen en silencio ante el asesinato de Younes. Prefieren abstraerse con cualquier estupidez televisiva y seguir la senda de El Ejido, aprovecharse de ese 20 por ciento de trabajadores del campo, pagarles en negro salarios de miseria e ignorarlos en todo lo demás. Y mientras tanto, ese mutismo interesado, esa afonía encubierta que tarde o temprano explotará. Y hará daño. A todos y a todas. No tengo la menor duda.
