Martes, 21 de abril, plaza de la Concordia. Tres de la tarde. Espero el autobús sin prisa. Voy con tiempo al médico. Aparece veloz desde la avenida Josep Tarradellas, cargado a la mitad con gente del norte de la ciudad. Sabadellenses como yo; un poco más mayores quizás. El recorrido sigue de norte a sur sin sobresaltos. Todavía no es la hora de la salida de los colegios. Menos mal.
Al pasar por el edificio donde tienen su sede los dos sindicatos más importantes de este país, se observa una cola de gentes diversas. Rápidamente pienso que se trata de personas que necesitan ayuda para regularizar su situación en España. Una mujer de avanzada edad, de las que venían del norte, quizás de Ca n’Oriac, de la Roureda o de Can Deu, dice en voz alta: “Para ellos, todo; para nosotros, nada”. Todo el mundo calla. Ella prosigue: “Es que en España se vive bien. No trabajas y cobras. Cualquiera que venga, se apunta, y a vivir del cuento”. Un joven le responde que él vino a España hace años y le dice que, si no trabaja, no cobra y, por lo tanto, no come. La mujer, lejos de reconocer la verdad, le espeta: “Pues perdona que te diga que eres un poco tonto o no has tenido suerte porque aquí funciona así. Además, siendo como eres, quiero decir que, con tu color de piel, te dan todas las ayudas que quieras. En cambio, a los de aquí, el gobierno no nos da ni los buenos días”.

Bajo del autobús decepcionado porque pienso que esa señora fue inmigrante, llegó a Sabadell seguramente, por la edad que le imagino, allá por los años 70, y tuvo que adaptarse a una nueva situación. No eran épocas de ayudas, aunque podía optar a algún piso de esos del Movimiento. En el peor de los casos, junto con otras personas, vivió en precario o se construyó su casa por las noches.
Voy al médico y me explica el resultado de las pruebas. La mejor noticia del día. Todo correcto. Hasta el año que viene. Vuelvo a la parada del autobús. Esta vez, de sur a norte. Llega una mujer de unos 50 años con su madre mayor. Oigo perfectamente lo que dice: “Vaya, ya está la parada llena de moras y de panchitos. Tranquila, mamá, esperamos a otro autobús donde haya más de los nuestros”. Llega el de la línea 3, ya bastante lleno. He cogido la hora crítica, la de la salida de los colegios. Me doy cuenta de que muchos chicos y chicas en edad escolar bajan al centro y al sur a los colegios concertados. La gente se acumula a la entrada de la puerta delantera del autobús. No hay empujones, pero sí aglomeración normal. La mujer con la madre permanece sentada en la marquesina, pero lanza un exabrupto: “Cómo se nota que vienen de la selva”. Esa frase me ha hecho mucho daño. Me giro y la miro sin pudor. Me sostiene la mirada y mueve la cabeza en actitud desafiante. Dudo entre ignorarla y gritarle: “Hija de la gran…”. Se lo digo mentalmente.
Ya dentro del autobús, otra señora mayor ha observado la escena. “¿Ha visto usted? ¿No cree que esa señora es muy hija de la gran…?” Respiro algo aliviado, pero mi mente no para. Discursos de odio que planean por todas partes, en cualquier lugar. Y cuando miro a las caras de esos que lo incitan, veo que fueron todos inmigrantes, que pasaron dificultades, hambre, desprecio, humillaciones, acosos de todo tipo. Quizás quieren lo mismo para los que llegan con ganas de trabajar y forjarse un futuro. Es lo que me dijo también ese mismo día un vecino. “Es que mire usted. No hay derecho a que ellos vengan aquí y ya puedan tener sanidad gratuita. Nosotros sufrimos, pues ellos también”. Yo le respondo que la sociedad ha evolucionado, que entre todos contribuimos al bienestar de todos, que debemos tener empatía con los más vulnerables y le doy un medio discurso de esos en los que sale mi parte más humanista. No me sirve de mucho. Me mira y me dice: “Pero hombre, ¿dónde va usted con esos pensamientos? Eso ya no se lleva. Lo nuevo y actual es reivindicar lo nuestro, lo que hemos logrado con nuestro sudor. No queremos que se lo lleven otros. Va usted por muy mal camino si va diciendo esas cosas. Algún día alguien le dará un susto. No quiero decir que le vayan a pegar ni nada de eso, pero ándese con cuidado. Lo mejor es que, si piensa así, se calle y no diga nada”.
Otra decepción. Y van tres. Me meto en mi casa pensando en las palabras del médico, que han sido las que me han alegrado el día, bueno, unos minutos. Cojo una cerveza negra y me siento en el sofá. Pienso en esta Sabadell que hemos levantado entre tanta gente y en la diversidad que me he encontrado en el autobús. Me acuerdo de una reflexión que me hizo un amigo hace días, diciéndome que esos a los que se critica son los que cotizan para pagarles las pensiones o las ayudas a las personas en ciertas situaciones de vulnerabilidad. Pero mi mente vuelve al tema y pienso en otra frase racista que había oído meses atrás. “Es que subo al tren o al autobús y ya no estoy en mi país”. Yo hago lo mismo y me siento sabadellense, de mi ciudad, de mi país. Poco o nada me importan las personas o las lenguas que se hablen a mi alrededor. Pero parece ser que a muchos sí que les molesta. A mí me preocupa más el silencio de la mayoría, ese silencio que permitió la llegada de Hitler al poder. Me acordé de la cita del pastor luterano alemán Martin Niemöller:
“Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.
El silencio no debe ser el camino ni la solución.
L’espai d’opinió reflecteix la visió personal de l’autor de l’article. iSabadell només la reprodueix.
