La guerra injustificada, peligrosa y fuera de la legalidad, iniciada por los EEUU e Israel contra Irán, que ya se ha cobrado miles de vidas civiles y que puede extenderse sine die, no responde a los motivos que pretenden vendernos las partes agresoras (liberar al pueblo, armas nucleares, defender a las mujeres, finiquitar una dictadura…). Los objetivos geoestratégicos son mucho más oscuros y peligrosos para el futuro del planeta y la humanidad, a saber: el control del petróleo, el debilitamiento de China y Europa, y otros motivos de índole inconfesable como tapar ese thriller de terror que revelan los papeles de Epstein, en los que el convicto Trump aparece como uno de los actores principales y que Netanyahu esté siendo perseguido por la Corte Penal Internacional presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad por el genocidio en Gaza (un trágico sarcasmo que nuestro destino esté en manos de semejantes personajes). El propósito final es establecer un nuevo (des)orden internacional basado en la ley de la selva.
Además de los imperdonables asesinatos masivos, las repercusiones ya la sufrimos en todo el mundo. Los precios del petróleo y del gas al alza, podrían alcanzar niveles desorbitados, especialmente si se bloquea el estrecho de Ormuz. Esta vía es una arteria vital para la economía global por la que transita el 20% del petróleo mundial, el 25% del gas licuado y el 33% de los fertilizantes. Cualquier alteración en el tráfico por este corredor no es un simple problema regional, es una catástrofe económica global que trasciende la economía: significa que millones de hogares europeos y mundiales pagaremos facturas astronómicas, que la industria sufrirá parálisis y que los compromisos de transición energética decaerán. Nos enfrentamos a una tragedia de dimensiones incalculables, provocada por las políticas imperialistas del gobierno sionista de Israel y del neofascista de los EEUU, junto con sus vasallos (votantes, gobiernos y partidos que dan su visto bueno a semejante tropelía y chamanes que lo bendicen).
Lo de China es una obviedad. Irán es uno de los principales proveedores de petróleo de China, con quien mantiene acuerdos estratégicos que el gobierno estadounidense considera una amenaza a su hegemonía global. Al cortar o dificultar el suministro energético iraní, Washington pretende asfixiar económicamente a su rival asiático, obligándolo a depender de suministros más costosos y controlados por Occidente.
Y el otro objetivo más perverso si cabe es el debilitamiento de Europa (irónicamente, países aliados). El encarecimiento del petróleo y el gas perjudica especialmente a las economías europeas, que aún no se han recuperado de la crisis energética provocada por la guerra de Ucrania. Mientras EEUU, con su producción de hidrocarburos, puede beneficiarse de precios altos como exportador neto, Europa se ve obligada a importar gas estadounidense a costos crecientes, aumentando su dependencia energética y reduciendo su autonomía estratégica.
Y hoy, veintitrés años después de aquella fotografía infame -Aznar, Bush y Blair en las Azores sellando con sonrisas la falsedad de las armas de destrucción masiva y que desembocó en la masacre del 11M-, PP y VOX vuelven a recurrir a la mentira para apostar por la guerra como instrumento de política exterior, por la fuerza sobre el derecho, por la subordinación sobre la dignidad nacional. Cegados por su obsesión enfermiza contra Pedro Sánchez, no han extraído ninguna lección del pasado y están dispuestos a sacrificar vidas humanas, la estabilidad internacional y el estado de derecho en aras de una sumisión servil a los intereses imperialistas de EEUU e Israel. Con ello, dejan al descubierto su profunda ignorancia, también en materia de política exterior y desnudan su patriotismo de cartón piedra rindiendo pleitesía a Trump aun cuando ello atente a los intereses de España
Detrás de esta complicidad se esconden intereses económicos. El presidente Sánchez acierta al afirmar que “los únicos que ganan cuando el mundo deja de construir hospitales para construir misiles son los de siempre”. PP y Vox no actúan como “patriotas” sino como como franquicia de una elite global que buscan establecer un orden internacional basado en la ley del más fuerte, donde la fuerza militar sustituya al derecho y donde las corporaciones armamentísticas y energéticas se beneficien de la devastación ajena.
Defender la paz hoy es un acto de resistencia democrática frente al camino sin retorno a la barbarie. El apoyo y el silencio ante las mentiras geoestratégicas solo alimenta los beneficios de las élites económicas, mientras empobrece moral y materialmente a la ciudadanía. Es imperativo rechazar el vasallaje a intereses extranjeros y reivindicar el Derecho Internacional como herramienta para evitar que la “ley de la selva” destruya nuestro futuro común. Ni antes, ni ahora, ni nunca: ¡No a la guerra!
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