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Opinió de Josep Asensio: ‘Con la música a otra parte’

Que la música forma parte de nuestras vidas no lo discute casi nadie, aunque un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigaciones de Bellvitge ha constatado que entre un 1 por ciento y un 5 por ciento de la población podría verse afectada por una patología que impediría su disfrute. Los resultados no son concluyentes, por lo que podrían quedarse en una mera anécdota. Lo que sí es cierto es que la mayoría de los humanos poseemos una debilidad hacia ese sistema complejo de combinaciones de notas dando lugar a sonidos de toda índole y que escogemos según pautas que quizás ya nos vienen dadas.

La escucha de la música ha evolucionado de una manera vertiginosa. Los gramófonos, aquellos grandes aparatos que solo se veían en casas pudientes y acomodadas, desaparecieron rápidamente para hacer un hueco muy importante al tocadiscos, éste sí, más popular y que fue toda una revolución, tanto por su precio como por su sonido. No tardó mucho en llegar el casete que permitía la grabación desde la radio y consecuentemente poder transportarlo encima y poder escuchar música, por primera vez en la historia, mientras hacíamos otras cosas. A finales de los 80 se produjo una nueva revolución con la llegada del CD y su sonido casi perfecto y en estos momentos vemos su declive marginado por aparatos reproductores de mp3 y, especialmente del móvil. Si dibujáramos una gráfica veríamos que en los inicios el sonido era bastante deficiente, para transformarse en la base de la audición con el CD y los aparatos de música que surgieron a él asociados, con grandes marcas en el mercado que a duras penas sobreviven. La llegada del móvil como reproductor de música supone un nuevo varapalo a la capacidad de escuchar música de calidad.

No obstante, uno de los conceptos que más ha cambiado en estas últimas décadas es el de la velocidad que, dicho sea de paso, acecha a toda nuestra sociedad. Las pistas o cortes musicales lo son de entre tres y cuatro minutos y raramente un joven tiene la capacidad de escuchar temas más largos. Nos invade una especie de hiperactividad colectiva que nos impide relajarnos por completo para prestar atención a la obra de un artista. Recuerdo que cuando era pequeño mi padre colocaba el preciado vinilo en el tocadiscos, previa delicada limpieza con el paño adecuado, y nos sentábamos a oír lo que se manifestaba por los altavoces. Unos días eran sinfonías clásicas; otros, zarzuelas o música de jazz, de Glenn Miller o de Joan Manuel Serrat. Pero lo cierto es que lo escuchábamos completo, pacientemente y sin atisbo de nerviosismo.

¡Cuánto ha cambiado todo esto! Los profesores de música se echan las manos a la cabeza cuando sus alumnos observan que se prepara una audición vía Youtube de más de diez minutos y fluyen las protestas. No obstante, su labor es encomiable y debe proseguir más si cabe, para culturizar un poco a estos adolescentes clavados a la pantalla. En esta línea, muchas orquestas están sentando las bases para acercar a públicos más jóvenes a sus conciertos. No se trata de rechazar a los clásicos como muchos se creen, sino de, por una parte, incorporar temas más modernos y más cortos para ir avanzando hacia atrás en el tiempo. No es ya un misterio que la música de películas ofrece esa combinación ideal para que los no iniciados puedan emocionarse y llegar a apreciar la música sinfónica.

La adaptación a los nuevos tiempos es esencial para recuperar a una masa de jóvenes a los que les encanta la música pero que se ven muy lejos de conciertos pomposos y serios. En este sentido, el violinista Ara Malikian es uno de los artífices de este plan de rescate, ofreciendo espectáculos donde domina la música clásica a pequeñas dosis junto con estudiados métodos pedagógicos que incluyen las explicaciones pertinentes al auditorio. También la Film Symphony Orchestra, cuyo repertorio se basa únicamente en música de películas y que logra llenos absolutos allí donde actúa. Igualmente la mayoría de orquestas sinfónicas españolas que ya se han dado cuenta que sus seguidores superan ya una edad respetable.

¿Cómo es posible que en una ciudad como Sabadell con varias escuelas de música con miles de jóvenes estudiantes, éstos no acudan nunca a los conciertos que se organizan? ¿Cómo es posible que se funden orquestas de jóvenes para espectadores sexagenarios?

Luchar contra las evidencias puede ser romántico pero nada efectivo. No atraeremos a los más jóvenes a golpe de sinfonía y mucho menos si ésta dura 45 minutos. Por eso es destacable la labor de estas orquestas que pretenden ni más menos ese acercamiento a la música de calidad venga de donde venga. Ya se empiezan a adaptar temas musicales de artistas pop a orquestas sinfónicas y parece que eso gusta. Por citar un ejemplo, el desaparecido George Michael grabó Symphonica en 2014 con una orquesta de más de 40 músicos en directo. Algunas ya se atreven con Michael Jackson. Renovarse o morir.

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