Parece ser que España ha vuelto a convertirse en uno de los países más visitados del mundo, no solamente en época estival, sino también durante todo el año. A la lista de franceses, alemanes, italianos y otros turistas europeos, se han unido desde hace ya varios años, cientos de miles de extracomunitarios, rusos, brasileños, japoneses, norteamericanos y chinos, mayoritariamente. El turismo de sol y playa, tan criticado en las últimas décadas, sigue atrayendo a extranjeros que, vengan de donde vengan, quieren pasar unos días de sosiego y de tranquilidad. No obstante, la oferta cultural de comunidades autónomas y ciudades se ha desarrollado de manera gradual, hasta convertirse en un pilar para el sostenimiento de ese turismo que también quiere diversificar su estancia.
Una de las actividades vacacionales que gustan a los extranjeros, aunque igualmente a españoles de toda condición, son los mercadillos. Éstos se instalan por doquier en todos los puntos de la geografía española dándole un punto de tipismo comparable al de los caballos cabalgando por Sevilla o a la artesanía de damasquinado de Toledo. Denostados a las afueras de las medianas y grandes urbes, los mercadillos reivindican su presencia, clamando por ser reconocidos y valorados. Si bien es verdad que los precios asequibles atraen a miles de personas a estos lugares, en los últimos tiempos cada vez son más los comerciantes con local propio que se desplazan hasta pueblos y ciudades para ofrecer sus mercancías. Éstas conviven con senegaleses que venden relojes, pulseras, cinturones; con árabes especializados en marroquinería y ropa en general; con gitanos que también venden prendas de segunda mano, o flores o ropa interior. No hay que olvidar la importancia del sector de la alimentación, también presente y que constituye en muchos lugares una apuesta decidida por la agricultura de proximidad, ofreciendo productos cercanos a bajo precio.

La presencia de extranjeros en estos mercadillos es cada vez más abundante. No ya por el folclore que representa, pues a todo el colorido explosivo de los diferentes puestos, toldos, personajes y productos, se puede añadir una ración de churros con chocolate y el hallazgo de productos nunca vistos. Por ejemplo, es habitual descubrir por vez primera los higos chumbos y los azufaifos, especialmente en la zona del sur de España, que se venden al lado de limones, patatas y tomates. También diversas conservas como los pepinillos, las alcaparras y los alcaparrones, aunque éstos ya empiezan a verse en algunos supermercados.
La diversidad étnica y cultural de los mercadillos es digna de un estudio sociológico, así como la capacidad de adaptación de los comerciantes que, en muchos casos, aprenden palabras básicas de los turistas que les visitan para así poder comunicarse mejor con ellos. Pero no solo eso. Los centenares de mercaderes que se dan cita en un determinado terreno durante unas horas a la semana, forman una especie de amalgama capaz de congeniar, de trabajar en común y, a pesar de la lógica competencia, ejercitan un sentimiento de colaboración extraordinario. Es inevitable que surjan problemas, como en todas las comunidades, pero el mercadillo es en sí un pequeño territorio, donde entenderse es esencial, donde la colaboración entre extraños da sus frutos y donde las voces de unos se compensan con las miradas de otros.
Otro aspecto que me llama la atención de estos lugares es la pérdida de la vergüenza, de la timidez. Bien sabido es el típico comerciante, de raza gitana preferentemente, simpático o simpática que al grito de “tres bragas un euro”, intenta llamar la atención. A falta de probadores, el cliente es prudentemente invitado a subir a la furgoneta o a cambiarse detrás de una cortina cutre. No falta amabilidad, ante la carencia de medios más habituales. Es más, son capaces de averiguar la talla de un calzoncillo con tan solo una mirada y decirte sin tapujos que “tu paquete no es tan grande como para comprar una talla más”.

Si todo este montaje, con sus colores y sus dialécticas ya nos sorprende a nosotros, podemos imaginar la cara de un extranjero que nos visita por primera vez. Y aún más si viene del norte, donde el clima les obliga a permanecer casi siempre encerrados. Quizás por eso vienen, encontrándose un país donde pueden convivir perfectamente grandes avenidas con lujosas tiendas y mercadillos de apariencia astrosa, pero con un poderoso poder de atracción.
Hay quien empieza a reclamar que estos “lugares sagrados” sean también anexionados a las diferentes guías turísticas. No me parece mal; pero sin dañar su identidad, sin unificar diferentes aspectos que podrían destruir su valor intrínseco. Los mercadillos lo son por salirse de la norma, del recuadro, por conjugar artículos baratos con más caros, por combinar jarapas con toldos y estructuras de hierro con las de cañas, por mezclar sostenes con camisetas y por tener que agacharse para lidiar con otra persona por aquellos zapatos.
Un amigo que había visitado durante este verano diversas ciudades europeas, me comentaba que la uniformidad es tal que ya no sabía dónde estaba. Las calles parecían escenarios de cartón donde las mismas tiendas, las mismas marcas, se alineaban unas al lado de las otras. Lo mismo en Praga, en Viena, en Berlín o en París. Afortunadamente podía huir y disfrutar de vez en cuando de la majestuosidad arquitectónica de esas ciudades. Echaba en falta la sencillez y el caos del mercadillo de su pueblo. Al volver, fue lo primero que hizo. Y respiró tranquilo al ver que nada había cambiado.
