Vaya por delante mi respeto a todos los católicos que durante las fechas de la Pascua celebran en la intimidad una fiesta que les pertenece. Como no puede ser de otra manera, la tolerancia hacia todas las confesiones es uno de los pilares de la convivencia y así debe ser reflejado en todas las normativas sean éstas del tipo que sean. No caben medias tintas en este asunto y hay que ser muy cauto a la hora de valorar si la religión tiene o no cabida en las diferentes manifestaciones que se celebran en las calles.
Los ponentes de la Constitución de 1978 no tuvieron el valor suficiente para plasmar la laicidad del Estado y prefirieron una fórmula light en la que utilizaron la palabra aconfesional, aunque con una mención específica a la Iglesia Católica con la que se mantendrían lazos especiales. Se garantizaba la libertad religiosa pero se cerraba la puerta a un estado laico. Por este motivo, las escuelas e institutos siguen ofertando la asignatura de Religión, la católica en exclusiva, eso sí. También como consecuencia de ese párrafo, las procesiones siguen llenando las calles de numerosas poblaciones ofreciendo un espectáculo desigual, pero anclado inevitablemente en la España de la postguerra.
He tenido la suerte de disfrutar de unos días de descanso que han servido para desconectar del trabajo y para observar y analizar otras maneras de proceder. Tengo la sensación de que cuando salgo de mi hábitat viajo muchas veces en el tiempo. La sociedad española en su conjunto es muy diversa y por tanto las tradiciones son también muy variadas, cuando no dispares.
No obstante, me sorprende la contemplación de procesiones donde lo militar se funde con lo religioso, donde la parafernalia, la ostentación y suntuosidad priman por encima del carácter más espiritual, donde la presencia de la Guardia Civil es un símbolo de algo que desconozco, donde suena el himno español cuando sale y entra la Virgen de la iglesia. Me explica un lugareño que todo esto forma parte de la tradición española, que no hay que plantearse nada y que si está allí es porque lo ha estado durante siglos. Sigo sin comprender. Pero la visión del alcalde detrás del trono, bien trajeado y con su bastón de mando me produce un disgusto supremo. Pregunto su afiliación y me dicen que es socialista, pero que eso no importa, que el alcalde tiene que aceptar las tradiciones porque si no lo hiciera perdería votos. Intento argumentar que el alcalde debe serlo de todos y que no debería posicionarse a favor de una confesión religiosa concreta. Me responden que España es un país católico y ahí acaba la conversación.
Estupefacto por el diálogo de besugos mantenido con un vecino, mi mirada se dirige hacia los participantes en la procesión. Dan caramelos, suenan las cornetas y los tambores, algunos temas recuerdan a Paquito el Chocolatero, son pasodobles, el Señor está muerto, pero la indumentaria de los integrantes de la comitiva no lo refleja. Alguien desde un balcón canta una saeta. Algunos gritan. Siguen regalando caramelos. Ya no sé si estoy en Carnaval. De hecho hace tiempo que este conglomerado llamado Semana Santa se ha convertido en un desfile que intenta más o menos salvar los muebles. No dudo de que haya gente que la viva en clave mística, que se emocione con la visión de la Dolorosa y que mantenga firmes los valores por los que se celebra. Pero el respeto lleva consigo tener en cuenta a todos. Si consideramos las procesiones un carnaval, no hay nada que decir. Vistámonos todos con nuestros mejores atuendos, colguémonos cruces y medallas, compremos velas y cirios y salgamos a la calle a divertirnos. Pero si lo que se quiere es ensalzar una manifestación de tipo religioso, entonces hay que tener en cuenta que quizás hay un grupo importante de personas que o bien son agnósticas o ateas o bien pertenecen a otras confesiones que por culpa de esta Constitución restrictiva no pueden expresar su espiritualidad en la calle. Muchas de ellas son apartadas en polígonos industriales cuando celebran sus fiestas, como si tratara de apestados o de leprosos, tan bien tratados en la Biblia.
Empiezan a haber pequeños cambios. La petición para que se retiren los símbolos militares de las procesiones ha sido bien recibida y aceptada por muchas cofradías. Si éstas tienen que celebrarse porque una mayoría lo quiere, adelante. Pero la máxima autoridad local tiene que retirarse. No se trata de una desconsideración; es un acto de firmeza a favor de la libertad. Si no se hace, se traduce en miedo, que es lo que parece que tienen muchos ediles que prefieren bajar la cabeza y aceptar sin plantearse nada más.
Aun así, hay que tender al modelo europeo, más concretamente al francés, donde la religión es exclusiva de la familia y de las parroquias. Mientras no sea así nos seguirán viendo como país de charanga y pandereta. Si Antonio Machado levantara la cabeza se percataría que nada ha cambiado. ¡Qué pena!
