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Opinión de Josep Asensio: ‘Eurovisión: Spain 0 points’

Soy un fan del Festival de Eurovisión; lo confieso. Quizás a lo largo de los años he ido perdiendo interés, pero aún soy reacio a prescindir del todo de ese deambular de países entre los que se encuentran aquellos que solamente oímos en esa fecha destacada. Formo parte de esa generación que, bocadillo en mano, se sentaba delante del televisor con la moral muy alta y con ganas de ser reconocidos en Europa al menos una vez al año. Soñábamos con los doce puntos como el que desea un tesoro. No importaba tanto la canción como el ver salir de los labios del miembro del jurado correspondiente la palabra Spain o Espagne. Tampoco interesaba la puntuación pero sí el país que la otorgaba y con lápiz y papel en mano íbamos desgranado aquellos que mostraban algo de interés por nosotros.

La historia del Festival de Eurovisión es larga. Ha habido momentos sublimes y otros patéticos, para olvidar. Entre los primeros destacaría los triunfos de Massiel y de Salomé. Para los más jóvenes recordar que la canción ganadora en 1968, La, la, la, tenía que defenderla Joan Manuel Serrat, pero se empeñó en cantarla en catalán en una época donde la dictadura franquista todavía era fuerte. Massiel fue la sustituta y ganó. Al año siguiente, Salomé presentó Vivo cantando y también se alzó con el triunfo. Posteriormente distinguiría las actuaciones de Mocedades, de Sergio Dalma, Betty Missiego, Karina, el grupo Bravo, casi desconocido pero que quedó tercero con la canción Lady, Lady, Anabel Conde y David Civera. En cuanto a las intervenciones que deberíamos olvidar pero que siguen pegadas como una losa a nuestra memoria, las de Lucía Pérez, Rodolfo Chikilicuatre, D’Nash, Las Ketchup, Antonio Carbonell y Remedios Amaya. Vaya por delante que se trata tan solo una opinión y que aunque los cantantes hicieran lo posible por defender lo indefendible, el resultado final en su conjunto nos dejó por los suelos.

Hay mucha controversia sobre la importancia o no de este festival de música por lo que supone de escaparate al mundo. En la última edición, la de 2015, 200 millones de espectadores lo siguieron, por lo que pienso que es una oportunidad única de ofrecer una visión de un país, especialmente si éste arrastra tópicos indestructibles desde el principio de los tiempos. En nuestro caso, muchas canciones no han ayudado en nada a romperlos; al contrario, han potenciado la visión cerrada, monolingüe, unicultural de una España que a pesar de los pesares quiso estar en Europa. El desacierto nos ha acompañado durante décadas y, paradójicamente, los mejores resultados se produjeron entre 1961 y 1991. Salvo honrosas excepciones, los representantes españoles eran conducidos a un martirio que acababa desgraciadamente en una muerte letal que impregnaba para siempre sus carreras. Por eso, muchos de los que la tenían ya consagrada se negaban a participar para que la desdicha no les persiguiera. Desde hace diez años, los resultados son pésimos, escandalosamente deplorables, a pesar de algunos intentos democratizadores.

Es cierto también que este concurso se ha convertido en un perfecto juego de geopolítica y no hace falta ser demasiado espabilado para percatarse de que los países del mismo ámbito geográfico se votan entre ellos y los emigrantes residentes en un país determinado votan a los representantes del país de origen, por lo que España queda lejos ya de esas dos circunstancias.

Pero este año ha sorprendido la presentación de un tema enteramente cantado en inglés, Say, say, de la madrileña Barei. Amagos de introducción de la lengua de Shakespeare los ha habido, especialmente con algunos títulos: Dancing in the rain, I love you mi vida, Un BloodyMary, Europe’s living a celebration, Made in Spain y Lady, Lady. Pero esta puñalada por la espalda no debe quedar impune. De hecho, no ha habido demasiadas protestas, quizás porque el Festival de Eurovisión ya no nos interesa, pero demuestra una vez más la falta de visión de los miembros del comité organizador, encabezados por RTVE. Es posible que piensen que los continuos fracasos han sido debidos a la utilización del castellano, estando claro que se equivocan de principio a fin. Es evidente también que supone un ataque no solo a la lengua del Estado sino también a la propia de las comunidades autónomas, al catalán, al gallego y al euskera, que son lenguas que nos pertenecen a todos y que debemos proteger. Resulta insólito y chocante que mientras este 2016 se celebra el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, RTVE elige como lengua el inglés para representarnos en el mayor espectáculo musical europeo. Me gustaría saber el nombre y los apellidos de ese individuo que, sin contar con nadie, ha menospreciado todas nuestras lenguas y ha tomado una decisión que nos pone otra vez en el ojo del huracán, en una posición de la que ya nos cuesta salir y que servirá ni más ni menos para valoraciones negativas por parte de todos nuestros vecinos, o no.

Me da igual quién gane esta noche. España ya ha perdido. Ha perdido el norte, la dignidad y la honra. Me choca que no se diga nada cuando el orgullo queda herido. Me duele que la bandera se levante al más mínimo ultraje y en cambio sucumbamos a modas y estilos que nos sumen en la ignorancia más rancia. De mal en peor…

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