No hace ni un mes que escribí un artículo sobre la desvergüenza generalizada imperante en nuestro mundo actual. Puesto que es difícil resumir en unas líneas el complot mundial del que seguramente no podemos salir, me dispongo a relatar una serie de hechos que demuestran una vez más el poder de ciertos estamentos que pretenden, y de momento lo consiguen, quedarse en nuestras vidas, para hacerlas imposibles. Corren tiempos de indecencia obscena tan putrefacta que aquellos que pensamos que hay que destruir a los que la provocan, estamos obligados a utilizar todos los medios posibles para poner en evidencia las prácticas claramente perjudiciales para la mayoría.
Aunque el fraude de las tarjetas opacas en Caja Madrid ha sacudido a toda la opinión pública y representa uno de los mayores engaños a los ciudadanos de a pie, lo cierto es que la banca en general se ha caracterizado por ningunear a sus empleados y a sus clientes. Mientras los máximos dirigentes nadaban en la abundancia, sin vergüenza y con una prepotencia exagerada, los empleados veían como se les amenazaba con mandarlos a otras regiones, reduciendo sueldos y algunos mal llamados privilegios. Los clientes, esos que religiosamente pagaban lo que se les decía, eran vilmente vilipendiados cuando por alguna circunstancia no podían hacer frente a los pagos establecidos. Sin ningún atisbo de decencia, el banco, sin un ser humano que diera la cara o que prestara la mínima atención a esa eventualidad, los echaba a la calle y pasaba página. Gracias a las plataformas contra los desahucios, algunos empleados de banca han tenido que enfrentarse a sus superiores y pedir la humanidad necesaria, que en muchos casos nunca llegó.
Pero el caso que quiero exponer, hace referencia a la famosa cláusula suelo. Como sabrán, se trata de ese engaño mayúsculo que significaba que si el Euribor bajaba el cliente no salía beneficiado, y si éste subía, el cliente pagaba la diferencia. Es decir, la banca siempre salía ganando y el cliente no rechistaba. En la mayoría de los casos, el banco no informaba de esta formalidad, y los firmantes de las hipotecas se enteraban cuando veían aumentar el recibo mensual o no se reducía cuando oían en las noticias que el famoso Euribor bajaba.
Al estallar el fraude de las preferentes, salió también a la luz el de esta cláusula y no fueron pocas las asociaciones que se pusieron a trabajar en defensa de los intereses de las personas afectadas. Viendo la fuerza que iban tomando estas agrupaciones, dos importantes entidades bancarias, una afincada en Bilbao y otra considerada la primera cooperativa de crédito, decidieron suprimir esta penalización en todas las hipotecas activas. Ésta última, con total alevosía y mala fe, decidió unilateralmente pasar un recibo de 10 euros a todos sus cooperativistas, sin ninguna explicación previa. Como si fuera una broma, los devolvió solamente a los que protestaron. Eso sí, aumentó descaradamente las comisiones de mantenimiento y puso todo tipo de trabas para acceder a cuentas sin penalizaciones.
Si ya todo este planteamiento denota una falta de ética impresionante, esperen a saber lo que me cuenta un amigo que decidió embarcarse en una odisea para recuperar el dinero que su banco le había sustraído como consecuencia de la abusiva cláusula suelo. Animado por lo que le decían otras personas, se puso en contacto con una organización de consumidores y a través de sus abogados denunció al banco. Al comprar una segunda vivienda no fue informado de esta cláusula y por lo tanto decidió dar los pasos que le podían llevar a recuperar el dinero. En un primer momento la demanda tenía que ser presentada en los juzgados del lugar donde tenía escriturada la vivienda, pero su sorpresa fue enorme cuando recibió una llamada del bufete de abogados en el que le comunicaban que en esa comunidad autónoma no se ganaban demandas de ese tipo, que los jueces eran reacios a apoyar a los ciudadanos y sí a los bancos. ¿Por qué? ¿Los jueces también sucumbían a los chantajes y a la extorsión?
Mi amigo no podía creerlo. Había oído en algún momento de su existencia que alguien había dicho que la justicia era un cachondeo, pero no creía que en su insignificante caso, los jueces en su casi íntegra totalidad de una zona de España, cayeran en la salvaje acción de la banca que, estoy convencido, les pasaba los sobres correspondientes para lograr su objetivo.
Como pueden imaginar, la opción de los abogados era buscar “juzgados justos”, jueces que valoraran objetivamente las demandas y sentenciaran como debe ser. Como en este caso no importa dónde se presenten, ahí esta la organización de consumidores rastreando España en busca del magistrado con principios. Mi amigo alucina y reza para que éste exista, que parece que sí que los hay y pueda recuperar el dinero robado.
Un caso, uno más, y no el último que nos amarga un poquito más la vida, pero que debe alentarnos a no desfallecer, a luchar por nuestros intereses y a buscar e indagar las conductas honestas y decentes que todavía subsisten. No queda otro remedio.
