Se cumplen 40 años de la matanza de Vitoria (sonido abajo: ‘Aquí ha habido una masacre, cambio‘). Nos lo han recordado diversos diputados en la primera sesión de investidura que tuvo lugar el pasado 3 de marzo. Y lo hacen permanentemente las hemerotecas y la red, adonde podemos acceder en cualquier momento. No cabe duda que la simbología estuvo presente y mucho en este debate. El famoso pico de Pablo Iglesias a Xavier Domènech, seguramente pactado y correspondido, las alusiones a las efemérides del día, los asesinatos de Vitoria y la ejecución de Puig Antich y la alusión a la cal viva, ponen de manifiesto una vez más que la Transición quedó inconclusa. Quizás no había otra salida, pero la ocultación de las verdades, la mirada hacia otro lado, esperando el olvido de la gente, no ha surtido el efecto que se esperaba.
Hay quien piensa que las grandes cloacas del Estado deben permanecer ahí, con una losa que presione para que no salga todo el hedor. Los hay que demandan investigaciones que saquen a la luz los casos más oscuros, que pongan sobre la mesa aquello que permanece en nuestras mentes o en las de nuestros familiares para que de una vez por todas se produzca el descanso emocional necesario.
Soy de los que creo que es urgente esta revisión histórica. Hace unos años comentaba con un concejal del PP la necesidad de investigar los crímenes del franquismo, de abrir esa herida precisamente para curarla del todo. Me espetó con una frase dolorosa. “Vaya manía que tenéis los rojos de sacar a los muertos de las cunetas!”. No pude callarme y me abalancé verbalmente sobre él y manteniendo la calma le respondí que si el que estuviera enterrado allí de manera indigna fuera su padre o su abuelo no hablaría así. Su disculpa no llegó. La rabia de las dos Españas subyace incluso entre los que no vivieron la guerra ni la postguerra y son todavía muchos los flecos que quedan sueltos en esta historia nuestra.
Sorprende que entre los jóvenes, exista una mayoría nada despreciable que piense que el pasado es historia que nada tiene que ver con el presente. A propósito de la conmemoración de los hechos de Vitoria, se me ocurrió explicarlos brevemente en una tertulia que mantenía con personas de diversas edades. Era y es imprescindible no arrinconar nuestra memoria y recordarnos a todos, pero especialmente a los jóvenes que si hemos llegado aquí es porque antes otros han luchado para que podamos vivir mejor. Las palabras de Alberto Garzón (IU) a una apropiación indebida de la democracia por parte de Albert Rivera (C’s) son aquí precisas e implacables:
La democracia no la trajo Fraga, ni Suárez ni Carrillo. La trajo la gente que luchó en la calle contra la dictadura, las clases trabajadoras, la gente que estuvo allí. (…) No use sus acuerdos para justificar nuestra historia”.
Como decía, quería repasar ese fragmento, ese residuo de nuestra Transición que quedó allí pegado en Vitoria pocos meses después de la muerte de Franco. Desde enero de 1976 se producían movilizaciones de trabajadores en toda España, pero es en el País Vasco donde éstas son más intensas, con enfrentamientos con la policía y paralización total de la actividad laboral. Ese fatídico día 3 de marzo se convoca una asamblea en donde únicamente podían celebrarse en esos momentos, en una iglesia, en la parroquia de San Francisco. Unas 3.000 personas dentro y otras tantas fuera apoyan las reivindicaciones. La policía interviene desalojando la iglesia introduciendo botes de humo. La salida de los trabajadores no hace presagiar la tragedia que se iba a producir, pero los mandos disparan indiscriminadamente fuego real produciendo cinco muertos y más de 150 heridos. La famosa frase de Fraga lo resume todo: “La calle es mía”.
Uno de los jóvenes treintañeros que escuchaba mi relato mostró desde el primer momento una absurda indiferencia, como si le molestara mi pequeño discurso, haciendo aspavientos con los brazos y muecas con la cara. Diríase que pasaba de batallitas que personas más mayores que él y consecuentemente con más conocimiento, pretendían analizar un período de nuestra historia común. Al finalizar mi parlamento clavó su aguijón verbal comparando la puesta en libertad de Otegi con los hechos de Vitoria, mostrando un desconocimiento completo de las dos realidades.
La ignorancia es atrevida y por eso hay que hablar y explicar más. Los jóvenes viven en un mundo a veces virtual donde la inmediatez les ciega y les paraliza el cerebro. El pasado no existe o no les interesa y pretenden conocer el presente sin echar la vista atrás. El desconocimiento de lo lejano les impide valorar lo que tienen, de lo que disfrutan y por lo que tanto han trabajado sus padres y abuelos. Una nube de torpeza e incultura los absorbe hasta aniquilarlos mentalmente. Por fortuna, no son todos. Existe una generación muy potente de jóvenes entre 25 y 35 años que sí que tiene muy claro que esas “batallitas” ancestrales son siempre el germen de una sociedad mucho más justa y solidaria. Lo malo es que los falsos demócratas bien peinados, con corbata y recubiertos con cera brillante, tal naranjas bien envasadas, van a hacer lo imposible para evitar que la gente piense y razone por sí misma. “Quien olvida sus orígenes, olvida su identidad”, dijo Raimon. Así es y así será.

